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La irreal España del mensaje Real.



Según los datos recogidos en diversas empresas de audiencias televisivas, el tercer mensaje del rey Felipe VI, registró una audiencia media de 5.822.000 espectadores y un 57,6% de cuota de pantalla en el conjunto del total de cadenas que lo emitieron en directo, lo que supone el peor registro de los últimos 18 años, que, según diversos estudios sobre medios de comunicación, y con relación a 2015, ese resultado supone un descenso de 844.000 espectadores y 7,5 puntos de cuota de pantalla. 
 
Es de temer que las empresas que llevan a cabo encuestas no vayan a preguntar a la ciudadanía el porqué de su desinterés por el mensaje real. Es muy posible que, de hacerlo, un alto número de consultados, afirmasen que, sin ser adivinos, ya suponían lo que iba a decir el monarca. Simpatías, indiferencias o claras antipatías aparte, el discurso del Felipe VI describió una España irreal, o ficticia, dibujándola a hechuras de las consignas del PP.

Hizo un discurso el Borbón en el que dejó patente que los problemas de lo que, en su lenguaje y su concepto, es ‘su pueblo’, no existen para él, o no son objeto de sus preocupaciones. No hubo en su discurso ni una sola mención a la insoportable brecha social que se padece en España, a los míseros salarios y a la falta de prestaciones, que mantienen a un 30% de la población, más de trece millones de ciudadanos, en peligro de exclusión social. 

Tampoco aludió, desde su confortable despacho en el que se podía ver a su bien alimentada familia, al alto número de niños que sufren problemas nutricionales a causa de la precaria situación económica de sus padres, ni al drama de los desahucios y a la no menos dramática situación de los sin techo.  Ni, en su absoluta insensibilidad social, tuvo una palabra para la memoria de las casi cien mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas a lo largo de 2016. Igual es que, como devoto seguidor de la secta católica que parece ser, al igual que toda su beata familia, comparte con un cardenal, de cuyo nombre no logro acordarme, el criterio de que a las mujeres las matan sus maridos por insumisas y rebeldes. 

Tampoco tuvo sensibilidad social ni solidaridad humana para los refugiados que mueren en el Mediterráneo que ya no es, como hace años, un charco que transmita culturas, sino una siniestra fosa que acumula millones de seres humamos, sin nombre y sin derechos, a causa de las infames políticas de los países europeos. Y el nuestro no es ajeno a ese drama, dado que, después de comprometerse en la UE a acoger 17.680 refugiados, solo dio cobijo, hasta el presente, a 481. Eso no debe ser para el Borbón objeto de inquietud o preocupación. 

Él parece tan satisfecho con los resultados económicos y la salida de la crisis como el PP, sin pensar que quienes están saliendo de ese trance son los empresarios sin alma, esos que criticó certeramente esa rara avis del empresariado, Antonio Catalán, que manifestó que hay que subir los salarios y que el empresariado debiera ser menos avaricioso. Mas está demostrado el monarca que sus simpatías e ideas están más cerca de las de Rosell, el negrero presidente de la patronal, que de ese empresario atípico que quiere derogar una Reforma Laboral de la que ya opinó el Borbón que le parecía adecuada. El Rey, que dice serlo de ‘todos los españoles’, o al menos eso decía su real progenitor, y él debiera haber asumido esa enseñanza, parece, sin embargo, serlo tan solo de los empresarios del IBEX, de los especuladores y los patronos millonarios y de quien legisla para ellos: el PP. 

Desde luego, digno heredero de quien heredó su padre la Jefatura del Estado, del dictador genocida Francisco Franco, que sentó en el trono a Juan Carlos I, no es el rey de aquellos que perdieron la guerra provocada por el golpista Franco y sus secuaces. Porque, de serlo de todos los españoles, y querer una reconciliación sin afrentas e injusticias, hubiese tenido el tacto de no ofender a quienes reivindican algo tan natural y digno como poder enterrar a sus muertos, perdidos en la ignominia de las cunetas, con los mismos derechos y el mismo decoro que a los vencedores. 

Sin embargo, Felipe VI, sucesor por línea directa del dictador que colocó a su padre en la Jefatura del Estado ‘a título de Rey’, carente de sensibilidad y respeto por millones de integrantes de su ‘su amado pueblo’, se permitió, en su poco seguido discurso navideño, manifestar: “son tiempos para profundizar en una España de brazos abiertos y manos tendidas, donde nadie agite viejos rencores o abra heridas cerradas”, o, en Román paladino, pidió que los vencidos olvidemos las afrentas y nos conformemos con lo acordado en la falsa transición que tanto benefició a los borbones y al sistema implantado en toda Europa, de capitalismo, entonces no tan salvaje como en el presente. 

El poco visto discurso del monarca parece que a lo único que dio lugar fue a la reacción de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, que inmediatamente presentó una queja ante la Oficina del Defensor del Pueblo por las afirmaciones realizadas por el Rey en su mensaje de Navidad, al entender que “podrían atacar a los derechos de las familias de los 114.226 desaparecidos de la dictadura franquista”.

Y, ante las inoportunas palabras de Su Majestad, la ARMH anunció que “enviará a Felipe VI los informes de la ONU relativos a las víctimas de la dictadura franquista, así como la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas y los  Informes del Grupo de Trabajo contra la Desaparición Forzada e Involuntaria de la ONU y del Relator Especial para la Verdad, la Justicia, la Reparación y las Garantías de no Repetición, publicados en 2014, que recomiendan a las instituciones españolas la protección de las víctimas de la dictadura, la atención a sus derechos y el cuidado que merecen por parte de las instituciones de un Estado democrático”. Para que, si el monarca alega desconocimiento de estos asuntos -y es tan grave que los desconozca como que, conociéndolos, hiciera esas manifestaciones en su discurso-, se entere del problema con más profundidad de la que le haya informado el PP. 

Que es quien parece que le escribió el discurso, y el Borbón se limitó a leerlo, cual alumno dócil y aplicado. 

Él sabrá lo que hace…
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