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El panem et circenses que propicia la crueldad, el alcoholismo y el machismo en nuestra sociedad.







Aparecía en Twitter la siguiente frase, que debería hacer pensar a la gente que justifica, defiende, y de alguna forma, jalea los sádicos tauricidios que  llevan a cabo cada verano en todo este lamentable país miles de bípedos implumes: josé antonio troyano (@JosePatrinuri) escribía: “Ayer murieron o resultaron heridas varias personas por asta de toro. Dejad los toros en su hábitat y los humanos pónganse a leer.”
 

Ese es el problema, la raíz de todo cuanto sucede en este triste país de ágrafos, que la gente no solo no lee, si no que los políticos propician la ignorancia para mejor poder dominar a las masas que, de ser cultas, no permitirían gobernantes ladrones e incuros como los que sufrimos desde hace siglos, donde el panem et circenses ha sido una constante cultural, con la única excepción de los años de la II República.  

Con esa fórmula de impedir que las masas adquieran conocimientos y con ellos responsabilidad y sentido crítico, los gobernantes, durante siglos, y aún siguen, han propiciado el maltrato animal y el alcohol como válvula de escape de una ciudadanía mostrenca, que solo se divierte haciendo daño.

Las fiestas de verano, en pueblos y ciudades, se limitan a propiciar el maltrato animal y la dipsomanía. Cientos de miles de jóvenes son inducidos a divertirse maltratando animales y alcoholizándose, sin molestarse en pensar en alternativas más edificantes. Al tiempo el llamado ‘mundo del toro’ vive enfangado en la crueldad irracional y primitiva. Podía leerse en El País: “La estire de Lorenzo, el toro asesino, termina con él. Como manda la tradición el ganadero de Los Maños, de Casta Santa Coloma, mandará al matadero a su madre, la vaca Lorenza”. Asesinar a la pobre vaca porque el hijo se defendió de quien le estaba torturando supone el paradigma de la mentalidad taurina: cruel, zafia y ágrafa, con el mismo esquema mental de cualesquiera brujos de la tribu del neolítico.

Los medios del establishment censuraban esta mañana, como un solo editorialista las críticas a los toreros, y la falta de sensibilidad de los animalistas que no se han dolido de la muerte del torero que falleció en Teruel en el acto de torturar y dar muerte a un indefenso y disminuido bóvido que es de temer, tras su desesperada defensa, padeciese aún más crueldad que la de sus congéneres toreados en la misma tarde y con igual perversidad.

Censuraban diversos periodistas que en las redes sociales algunos animalistas se pasasen en su regocijo por la muerte del torero. Afirmaban, dolidos, que alegrarse de la muerte de esa persona tendría que castigarse por la ley, por las mismas razones que se persiguen otras manifestaciones de la libertad de expresión que no le gustan a la derecha rancia y represora. Mas el dolor por la muerte de quien, participando en una ceremonia de sadismo pierde la vida, no tiene correspondencia con el dolor que provoca en los escribidores o comentaristas la muerte de un albañil, un minero o un ferroviario que, en el ejercicio de su trabajo, pierden la vida con más frecuencia de la que sabemos, porque para los medios son menos importantes que esos mamarrachos vestidos de luces dedicados a torturar animales por lo que ganan diez, veinte o cien veces más que cualquier honesto paleta, arriesgado picador de carbón o conductor de locomotora.

Ese mundillo de sádicos, torturadores impunes de animales, e irracionales ágrafos, desatan todos los rasgos de su inicuo carácter con motivo de esas ceremonias de brutalidad, y en esas mal llamadas fiestas de Los Sanfermines, no se limitan a la burrez de perseguir bóvidos aterrorizados que resbalan por las calles, rompiéndose patas, babeando de miedo, y ahogándose por la carrera.

Además de eso, sus desaforados cerebros, anulada la escasa inteligencia de sus propietarios, propician el machismo más soez. Violaciones y abusos sexuales que ponen de manifiesto la catadura moral de quienes participan en tales espectáculos, propiciados por unos gobernantes que saben bien que, en tanto propicien la dipsomanía y la crueldad, miren para otro lado ante el machismo, y permitan esos desahogos de barbarie, recibirán los votos de los ágrafos estultos.
  
A finales del verano, las asociaciones animalistas darán la cifra de todos los desdichados animales torturados por cafres ignorantes y beodos, que propiciaron ganancias a unos zafios comerciantes de la vida animal que, como se puede leer en El País, combinan su crueldad junto con la superstición y el sadismo de los iletrados. Al tiempo los medios que propician esas atrocidades crueles, lamentarán con amargas lágrimas y laudatorias frases los muertos por asta de toro.

Que mueren a causa de su irracional cerrilidad, dipsomanía e ignorancia.   


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