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La injusta Ley D’Hont y el descorazonador futuro de la izquierda.




 Entre la ley D’Hont, las sospechas de pucherazo -al frente del Ministerio responsable de las elecciones un ministro tramposo y filofascista, y el recuento realizado por una empresa ligada a la trama Púnica, dos circunstancias a tener muy en cuenta- y los puristas de la izquierda dispuestos a castigar a ‘su’ partido al primer error de estrategia, más la campaña del miedo que cala en una población con escasa formación política y menor conciencia ética y social, la victoria del PP ha dejado a la izquierda perpleja, como quien recibe un golpe en la cabeza sin saber de dónde le ha llegado.

Analizando las cifras de las elecciones, más allá de los votos obtenidos por cada partido, la triste realidad es que 10.435.955 de electores se abstuvieron, no se sabe si cabreados por tener que votar por segunda vez, o porque quienes debieran haber formado gobierno no fueron capaces de ponerse de acuerdo. Aparte de la abstención, que se atribuye toda a la izquierda, y sobre todo a Podemos, se registraron 178.531 votos en blanco y 225.888 nulos.

De esas cifras, y por mor de una ley electoral que premia el bipartidismo y condena al ostracismo a partidos pequeños, los votos obtenidos por formaciones que la ley electoral considera ‘irrelevantes” cosecharon 592.757. Un ejemplo de la arbitrariedad de la ley D’Hont es que el partido animalista PACMA obtuvo 284.820 votos en las elecciones del 26J, más que PNV, EHBildu o CC, pero se quedó sin escaño, cuando la formación creada por Sabino Arana obtuvo cinco escaños con solo 286.215 votos, EHBildu recibió 152.782 que le permite contar con dos escaños en el Congreso y Coalición Canaria, que fue votada por 78.80 electores contará con un representante en las Cortes. Así de absurda resulta la ley electoral que rige el reparto de escaños en unas Cortes encargadas de, además de legislar, elegir quién preside el Gobierno. En total entre los votos que fuero a partidos que no obtuvieron escaños, los nulos y en blanco, cerca de un millón de españoles -997.166- no contarán con representantes políticos en las Cortes.

Cifras aparte, la triste realidad es que este país parece no ser capaz de librarse de la caspa de la derecha, de la reacción que lleva ochenta años -excepto unos pocos de gobiernos socialistas, más cercanos al socialiberalismo que a la izquierda-, explotando trabajadores, anulando formaciones académicas con leyes orientadas más a fabricar súbditos que ciudadanos, manipulando a la prensa y robando lo que aún no se ha escrito del todo.

Por desdicha, esas circunstancias no parecen afectar a un electorado que se deja vencer antes por el miedo que por el instinto de clase o de supervivencia, que permite que le manipulen con mensajes mendaces, alejados de la realidad, y que no tiene en cuenta que la corrupción no es solo que los gobernantes sean unos inmorales, sino que les están robando a ellos, y que al votarles se convierten en cómplices de los ladrones que defienden su impunidad amparándose en los votos de la estulticia o la cobardía.

Entretanto la izquierda sigue como los conejos de la fábula discutiendo si son galgos o podencos quienes les persiguen y elección tras elección van perdiendo adeptos. Esto es lo que ha sucedido estas elecciones, si se deshecha la posibilidad, nada despreciable, de un tongo propio de república bananera.

Podemos está al borde del colapso, sin acertar dónde está la herida, conjeturando razones para la pérdida de casi un millón de votos, y sus líderes comienzan a dar indicios de peleas internas, nada sanas para una formación que, como quien dice, acaba de nacer.

Por su parte en el PSOE se barrunta ya las ansias de poder de la líder andaluza, Susana Díaz, que, a pesar de los malos resultados obtenidos en su región, considera que el culpable es Pedro Sánchez y parece que ya mueve hilos para ser la próxima secretaria general de una formación que parece abocada a la desaparición si triunfan ella y el resto de barones reaccionarios que se inclinan, en contra del criterio del actual Secretario General, Pedro Sánchez, por apoyar la investidura de Raxoi.

A tres días de las elecciones los pactos se vislumbran prácticamente imposibles a izquierda y derecha. Si es impensable la posibilidad de una entente entre PSOE, Podemos y Cs, que garantizaría una mayoría absoluta y sacaría del poder a un partido reaccionario y podrido por la corrupción, la idea de que, a pesar de todo, y como obtuvo más votos y más escaños que el 20D, sea el encargado de formar un Gobierno al que no le llega con los votos de la gente de Rivera, castigado por el voto de derechas que se inclinó por la utilidad de darle mayor apoyo al PP, al contrario de lo que hizo el electorado de derechas en los comicios de diciembre.

Lo cierto, aunque a los partidos de izquierda no les guste aceptarlo, es que la división entre las dos fuerzas que podrían haber gobernado tras el 20D han abocado a la actual situación de fracaso, lo que hace pensar en un futuro bastante negro para la libertad y los derechos de todo tipo con los que arrasó el PP durante cuatro años.

La posibilidad de cambio estuvo al alcance de la mano en diciembre y los cinco meses de legislatura fallida, a causa del orgullo, los desencuentros y los intereses partidistas por encima del interés general del país, que debía haber sido sacar del poder a la formación reaccionaria que habremos de sufrir los próximos años, ya sea porque logre formar gobierno antes de agosto, o porque se vaya a unas terceras o cuartas elecciones en las que saque mayoría absoluta porque el electorado de izquierdas renuncie, como ya comenzó a hacer el 26J, a cualquier tipo de acuerdo y de esperanza, y se desinfle como un globo pinchado.


El futuro de la izquierda y la posibilidad de recuperar libertades y derechos se ha apagado con estas elecciones como la luz del día durante el crepúsculo.

Pasarán años hasta que vuelva otra oportunidad, porque el eslogan “Es ahora” ha periclitado tristemente.  


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