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Debate ¿Qué debate?




El amago de debate que se celebró anoche en A3 no fue sino eso: un amago, una caricatura y casi podría decirse que una tomadura de pelo a los espectadores. El propio Juan Carlos Monedero, en su artículo de la sección “Comiendo tierra”, reconocía que el líder de Unidos Podemos estuvo plano y le faltó nervio. No era el Pablo Iglesias al que la gente está acostumbrada a ver y que levanta fervorosas dosis de admiración. Tanto quiso mostrarse contenido y presidenciable que resultó fríamente desapasionado, distante y nada contundente en ninguno de los asuntos sobre los que se debatió, ni respondiendo a un Albert Rivera faltón, difamador y sin argumentos. 

El líder de Cs apareció, en el amago de debate, que no fue sino una sucesión de intervenciones que nada tenían que ver con lo que decían el resto de contendientes, hasta mermado físicamente. Otro al que le faltó contundencia y originalidad. Evitó enfrentarse con Sánchez, soñando de nuevo con una coalición imposible, que no permitirán las cifras, a poco que las encuestas acierten algo. Rivera seguramente quede fuera de juego tras las elecciones del 26J y sus escaños no darán ni para apoyar al PSOE ni al PP de Mariano Raxoi, o de quien ocupe su puesto tras unas elecciones que, aunque ganen, cuestión un tanto dudosa, los escaños obtenidos no le darán para gobernar. 

No hay que olvidar que las encuestas, con esa ‘cocina’ que todo lo falsea, tira de resultados electorales anteriores para sumar puntos al partido que le encarga la encuesta, o al medio afín al partido político al que dan por ganador, según sus deseos.
Sea como fuere, ninguno de los contendientes en ese amago encorsetado y torpe de debate, en el que los periodistas más parecieron convidados de piedra que moderadores que, entre otras cosas, dejaron que el importante asunto del terrorismo machista se liquidara en unos segundos, tolerando que los intervinientes fueran a su aire autista, de decir aquello que querían decir, aunque nada tuviese que ver con lo que habían expresado el resto de políticos. 

Resultó patético ver a un Pedro Sánchez sin apenas proyectos, repetir cual loro agónico que, si no se habían aplicado ya determinadas medidas sociales, era porque Podemos no quiso darle su apoyo. Naturalmente nunca reconocerá, ni en ese debate ni en mitin alguno, que si Podemos no apoyó al PSOE fue porque este firmó, sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo y menos aún a la razón política, un pacto con un partido de derechas como el de Albert Rivera, que desea el contrato único que lesiona los derechos de los trabajadores, que es partidario de negar la sanidad a los inmigrantes sin papeles, y que pretende cargar al profesorado de este país -ya demasiado presionado con mil ocurrencias que programan siempre políticos, psicólogos o expertos en cetrería, pero nunca docentes-, la obligación de enseñar, además de las asignaturas en las que son especialistas, la lengua de Shakespeare, o, tratándose de alguien como Rivera, tal ver la jerga que habla Donald Trump.

Sánchez sabía que con sus ataques a Pablo Iglesias no hacía si no mentir como un bellaco, porque bien claro lo dejó José Antonio Pérez Tapias, el representante de la corriente Izquierda Socialista del PSOE, que en un tuit manifestó que fue el Comité Federal, el que cerró cualquier posibilidad de pactos con Podemos.
El supuesto líder del PSOE lo sabe, del mismo modo que debe saber que estar preso de las decisiones de un Comité Federal dominado por la vieja guardia de jarrones chinos y barones agarrados a la poltrona cual lapas, aunque algunos gobiernen en sus comunidades con el apoyo de Podemos, supone su ruina política y su fracaso personal. Y que si el PSOE se empecina en negar su apoyo a Podemos, si se produce el sorpasso, o si no lo hace y es la segunda fuerza más votada, y pacta con Rivera o, peor aún, cae en la torpeza de aceptar una Große Koalition con el PP, será el responsable de la desaparición de un partido con ciento treinta años de historia. 

Mariano Raxoi fue a lo suyo, en lo que es especialista desde las pasadas elecciones de 2011, falsear cifras, negar la realidad y hacer promesas hueras, que es de esperar no convenzan a nadie más que a su más cerril y ágrafo electorado, ese que puede ver a los miembros del PP llevándose la caja fuerte de un banco, o robándole el bolso a una viejecita, y negar que sean ladrones. Cuando intentó hablar de logros sociales solo supo recurrir a la falacia de la creación de puestos de trabajo. No respondió ni una sola vez al reproche que le hicieron, suaves y tímidos, sus contrincantes sobre los empleos que promovió con su reforma laboral: Precarios y mal pagados, responsables de que miles de trabajadores estén bajo el umbral de la pobreza, aun teniendo un trabajo. 

Las cifras sobre la precariedad social que nos afecta a más de la cuarta parte de la población fue reducida por Sánchez, Rivera o Pablo Iglesias, que parecieran no querer dar las reales de la crisis que padece el pueblo para no molestar a un presidente mendaz, al que se le adivinaban sus falacias porque sabido es que a Raxoi se le dispara un tic en un ojo cuando miente, y miente mucho.  

Qué lograron los candidatos con el no debate del lunes por la noche, aparte de aburrir a los más devotos seguidores de cualesquiera de ellos, es un arcano. Dado lo plano de los monólogos de cada uno de los intervinientes -solo hubo un poco de diversión con las alusiones a la corrupción en el PP que suelen poner histérico al presidente en funciones- hay para dudar que lograran alguno de ellos ganar un solo voto con esos planos monólogos sin interés, capaces de aburrir a un elefante sordo. 

No hay datos, no han querido darlos, los promotores del acto, sobre los espectadores que abandonaron, somnolientos, los sucesivos monólogos ya conocidos de memoria. Ni siquiera Pablo Iglesias, que suele poner la pimienta en sus intervenciones, logró atraer la atención de quienes asistían a una ceremonia de mediocridad y ausencia de nervio.
Afortunadamente faltan aún once días, en los que los políticos podrán, a través de intervenciones en mítines que recogerán los medios, ilusionar algo a un electorado que, de haber tenido que votar al día siguiente del encorsetado monólogo a cuatro, se habría abstenido procurando cotas inimaginables de falta de participación. 

Es muy posible que la mayoría de los electores, en contra de lo que dicen las encuestas, tengan ya claro a quién votarán y a quiénes no le darán su voto ni hartos de vino. Y que el debate, o monólogo de cuatro, solo sirviese para prescindir esa noche de los psicotrópicos o la valeriana, según el gusto de cada espectador.

Comentarios

  1. Si solo fuese que aburren. El problema es que defraudan, desilusionan y acabaremos sufriendo otros cuatro años de fascismo.
    Un abrazo

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