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Ofender sentimientos.




Pareciera que en este país solo los practicantes de cualesquiera religiones tienen derecho a tener sentimientos, que pueden sentirse ofendidos por palabras o acciones ajenas. Los representantes de la Iglesia Católica y algunos de otras religiones se sienten, más que autorizados, impunes para ofender los sentimientos ajenos. Hacen lo mismo algunos periodistas o políticos.

La Fiscal del caso de Rita Mestre, procesada por un artículo del Código Penal impropio de una democracia, demuestra que lo que aquí vivimos tiene poco que ver con las democracias de verdad de los países civilizados. Es de lógica preguntarse por qué razón un Obispo puede ofender a las parejas homosexuales diciendo que su unión es igual que la de un hombre con un perro, otro puede permitirse decir que hay que constreñir la libertad de las mujeres porque pensamos demasiado y otros justifican la paidofilia con el descaro de un pederasta.

Hay un enorme desequilibrio entre la protección a esos personajes y la impunidad de políticos y periodistas que ofenden llamando “comunistas” a quienes no piensan como ellos, como si serlo fuese el mayor de los pecados o la locura más intolerable en una sociedad. El problema de esos personajillos que llaman “comunistas” a quienes no comparten sus ideas está en la raíz del actual régimen que sufrimos en este país, que no es sino una dictadura aseadita en la que, en los años 70, y tras la muerte del asesino genocida dictador de este país. Francisco Franco, y por indicaciones de la CIA y de lo que entonces se llamaba Comunidad Económica Europea, decidieron que España experimentase un lavado de cara, vistiendo a los militares con trajes de Cortefiel, suprimiendo los correajes de los falangistas por camisas blancas y corbatas negras -en duelo por el dictador- y en un perpetuo homenaje a Lampedusa vivimos cerca de cuarenta años creyendo que algo había cambiado, aunque la realidad es que todo sigue igual.

Es incomprensible que una Fiscal, de un país presuntamente civilizado, ofenda a las jóvenes que se manifestaron en su Universidad reclamando la desaparición de centros de culto en espacios públicos cuando la legislación señala una presunta aconfesionalidad -que no laicismo, porque nuestros padres de la Constitución tuvieron miedo del frufrú de las sotanas y colocaron con calzador eso de la preferencia a la Iglesia Católica-.

El problema que tiene este país es que durante demasiados siglos hemos andado a cristazos unos con otros, unos para imponernos sus creencias a sangre y fuego -desde el de la Inquisición a las armas que disparaban contra los republicanos por una parte, y el de la quema de iglesias y los fusilamientos de curas del bando contrario-.

El día en el que nadie se ofenda porque otro se declare ateo con la misma naturalidad con la que se declaran creyentes los defensores de la secta católica, y nadie considere una falta de respeto no creer en seres invisibles e omnipotentes, cuando los creyentes de una determinada fe dejen de imponer sus ritos en la calle cortando avenidas o apagando luces porque celebran la Semana Santa, y los laicos nos veamos exonerados de mantener a los fieles de una creencia religiosa con el 1% del PIB, el asunto de la religión se verá con la misma templanza e indiferencia que se ve en los países civilizados, en los que a nadie se le ocurre pedir años de cárcel a una joven estudiante por reclamar la desaparición de un ámbito religioso en un espacio público, entre otras cosas porque en los centros docentes la religión no tiene cabida, ni una Fiscal perpetrará faltas ortográficas en sus conclusiones escribiendo con mayúsculas Católicos o Sagrario, acción que no se sabe si merece que el Poder Judicial la llame al orden o para que le hagan copiar mil veces que esas palabras son comunes y no han de tener mayúsculas en su inicio.

Triste país éste en el que a los laicos se les pretende encarcelar por manifestarse en una capilla y a quienes ponen en tela de juicio el neoliberalismo salvaje de los recortes y la injusticia social se les califica de “comunistas” como si serlo fuese el más aberrante de los delitos.

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