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Daniel Feierstein: El historiador que explica el timo de la módelica "Transición'.




A la gente que teníamos entre veinte y treinta años cuando murió el dictador nos vendieron una moto sin ruedas, sin manillar, ni tubo de escape. Cansados de la represión franquista, ver en los medios los rostros de un Carrillo hablándonos de reconciliación nacional, de un Felipe González que nombraba a Prieto o a Besteiro, a Fernando de los Ríos o a Pablo Iglesias -Posse- nos hizo creer que la democracia era posible y que todo podía desarrollarse feliz y pacíficamente.

El recuerdo de Mª Luz Nájera, Yolanda González o Arturo Ruiz, los abogados de Atocha y centenares de personas más, en total 591 según los datos del autor del libro “La transición sangrienta”, Mariano Sánchez, dan cuenta de la mentira de la idílica transición que no fue tal, sino el cambio de apariencia de los mismos personajes. Sánchez explica en sus páginas: “La Transición no es el cuento de hadas que nos cuentan. Cada vez que había una fecha decisiva para el cambio político se recrudecía la violencia política en la calle. El objetivo era que la calle no fuera de izquierdas, así como controlar el proceso sin tocar a los franquistas ni los grandes capitalistas. Se pretendía desestabilizar y frenar el proceso democrático”. Y es evidente que se consiguió.

El historiador argentino Daniel Feierstein, uno de los mayores expertos en el estudio y análisis de las prácticas genocidas que asolaron al mundo en el siglo XX, señalaba en una entrevista que le realizó el diario digital “Público”, después de asegurar que el régimen franquista cometió un genocidio ‘de libro’, sin repercusiones políticas ni jurídicas, que “parte del objetivo de la Transición fue que no fuera transformado el orden económico, que no fuera transformada la Justicia, el orden político... que los cimientos que levantó el genocidio a través del terror no se puedan discutir. Y eso está en la base de la idea de la reconciliación. Siempre plantean la reconciliación en los términos del genocida, que no se pueda tocar o cuestionar nada de lo que el genocidio construyó. Este es el desafío fundamental para la sociedad española: el revisar toda la estructura concebida por las autoridades genocidas".

A estas alturas del siglo XXI, transcurridos casi cuarenta años de aquella falsa transición, un trampantojo político que engañó a toda una generación que hoy descubre, junto con los jóvenes que se rebelan ante las injusticias y la situación de crisis económica e institucional, que aquella cacareada ‘modélica’ transición no fue sino la aplicación cínica de la frase lampedusiana “cambiar todo para que nada cambie", basada en la cita de Alphonse Karr "plus ça change, plus c’est la même chose" ("cuanto más cambie, es más de lo mismo"), publicado en enero de 1849 en la revista Les Guêpes (“Las Avispas”).

Tras casi cuarenta años de un ejercicio pseudodemocrático bipartidista, en el que dos formaciones políticas se alternaban en el poder, del mismo modo que lo hacían los partidos políticos de la Restauración en el siglo XIX, muchos ciudadanos, jóvenes o abuelos, estamos asumiendo la triste realidad de una estafa histórica que se percibe desde la negativa de los sucesivos gobiernos a cumplir los dictámenes de la ONU respecto a los desaparecidos, la falta de colaboración con la jueza argentina María Servini, a la que se le niega la entrega de torturadores tan siniestros como Billy el Niño, que pasea su perversa ancianidad por las calles de Madrid con total impunidad, a las imposiciones políticas de un partido, sucesor descarado del régimen genocida de Franco, que lleva ya en su haber miles de muertos, causados por unos recortes sociales que bien pueden tacharse de genocidio social, y que, por otra parte, presume de crecimiento económico porque aumentaron los millonarios un 30% y las grandes empresas sus beneficios.  

El país no puede seguir perpetuando la falacia de la transición, esa historia edulcorada y maquillada. Hora va siendo de que el pueblo tome conciencia del engaño y ponga las bases de una verdadera democracia, sin someterse a los hijos ideológicos del dictador, a los poderes económicos impunes de la dictadura, y la farsa de una historia contada como un cuento de hadas, cuando, en realidad, las hadas no eran sino brujas perversas, las calabazas mazmorras, y los ratoncillos mágicos, sangrientos torturadores.



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