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Y ahora qué, señor Sánchez. ¿Va a seguir como hermano siamés de Rivera?

Quienes han participado en la votación de Podemos sobre lo que la ciudadanía quiere respecto a un posible Gobierno han dejado bien claro que no están dispuestos a que se dé apoyo alguno a un gobierno de centroderecha, con Pedro Sánchez de Presidente y Albert Rivera, la marca blanca del PP, por no decir algo más brusco, de vicepresidente.

Los participantes en la consulta, casi 150.000, se pronunciaron a favor de un Gobierno de confluencias de partidos de izquierdas como Compromís o Las Mareas, frente a esa coalición contra natura que supone la irrazonable alianza entre PSOE y Cs. 
  
Desde el día 21 de diciembre, el posterior a las elecciones, el PSOE estuvo decidido a no pactar con Podemos y puso todos los palos posibles en las ruedas de una coalición, arguyendo las más peregrinas excusas. Es muy posible que Pedro Sánchez hubiese llegado de inmediato a un acuerdo con Pablo Iglesias, pero la carcunda del PSOE, los dinosaurios como Felipe González, Bono y otros cuantos que tal vez aparezcan cualquier día de estos en los papeles de Panamá, tocaron a rebato en el Comité Federal marcando no se sabe qué líneas rojas con el pretexto del nacionalismo, cuando la realidad es que su inquietud estaba en que un Gobierno en el que estuviese presente Podemos les podía despojar de todos los privilegios adquiridos durante los largos años de pseudodemocracia y cambalache con los bancos y las empresas del IBEX. 

Que existan, escasos, militantes de base que muestran un feroz odio a Podemos no es sino la anomalía entre las bases socialistas, más de izquierdas que sus dirigentes, exceptuando algunos necios seguidores de la prensa de la caverna que no merecerían tener el carné del partido fundado por Pablo Iglesias Posse que, de vivir, estaría en Podemos y no en las filas de esa impostura ideológica en la que se ha convertido el PSOE.  

Con el democrático resultado acordado por las bases de Podemos el señor Pedro Sánchez no tiene más opción que dar de lado al pacto contra natura con Cs, que ya se encargó en romper el propio Albert Rivera, al votar con el PP en contra de la paralización de la LOMCE, que salió adelante sin los votos de los dos partidos de derechas: PP y Cs. Y es que la LOMCE, también conocida como Ley Wert, suponía un retroceso ideológico en los planes educativos, retrotrayendo la formación de los jóvenes a la década de los años cincuenta, asunto que a Rivera no debía importarle mucho dada su ideología reaccionaria.  

La ruptura de ese pacto por parte de Cs debería ser suficiente para que Sánchez no se sintiese obligado a actuar como si Rivera fuese su hermano siamés. Si no lo hace, y no atiende a la voluntad de los votantes, que dieron 10 millones de votos a su partido y a Podemos, y otros casi tres a otras fuerzas de izquierdas, no solo estará firmando su propio suicidio político porque, de haber nuevas elecciones, la ambiciosa, derechista y arribista Susana Díaz ocupará su puesto, sino el del PSOE, y para los restos, si es la andaluza la que representa a esa formación a nivel nacional. Dado que una cosa es el voto cautivo andaluz y otra muy diferente que los votantes que hasta el pasado diciembre votaban al PSOE -y lo hicieron menos que nunca- estuviesen dispuestos a votar a una señora que lo mismo se fotografía con toreros fascistas –como si hubiese alguno que no lo fuese- que con delincuentes estafadores como Luis Pineda, sin que se le caiga su ancha cara de vergüenza.  

Del pacto con Podemos depende que Sánchez sea Presidente de un Gobierno progresista, o un cadáver político para los restos. Él sabrá qué hacer, si es que le dejan los dinosaurios de su partido, vendidos al capitalismo más salvaje y ladrón que hemos padecido en esta pseudodemocracia en los últimos años. O da un puñetazo en la mesa y se pone el traje de presidente, o baja la cerviz y se hunde, con todo su partido hasta la desaparición.

Y flotando quedarán, como las heces, esos viejos políticos del PSOE que abominan de Podemos y de la izquierda a la que jamás pertenecieron, fueron tan solo progresistas de salón, reaccionarios acomodaticios, dispuestos a servir al régimen franquista con sus disfraces de pseudosocialdemócratas, comprados con marcos alemanes y la bendición de la CIA.

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