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Los pactos de Gobierno y el señor de la cal viva.




Durante doce días esta bloguera ha permanecido callada, mordiéndose la tecla, con sentimientos encontrados y a la expectativa de la posibilidad de un pacto de izquierdas que nos libre de unas políticas hechas a la medida de los bancos alemanes, la oligarquía del IBEX y la derecha.

Por primera vez en mi vida la actitud de los políticos me ha dejado muda, sin saber qué pensar, aunque sabiendo muy bien qué desear, observando, con dolor, cómo el PSOE ponía palos en las ruedas a un pacto de izquierdas al contar con el apoyo de un partido de derechas que, por fin hoy, se ha quitado la careta y muestra su intención de facilitar un gobierno de la derecha a la que pertenece por mucho que haya engañado a un ingenuo, o torpe, Pedro Sánchez. Nunca es tarde y aún puede el Secretario General de los socialistas hacer caso a sus compañeros Tapia y Madina, y desoír a ese jarrón chino, cada día más armatoste y estorbo en el PSOE que es Felipe González.

Las palabras de Pablo Iglesias Turrión -no confundir con Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE ¿o sí? Parece que el de la coleta está mucho más cerca de las ideas del segundo que los actuales dirigentes del partido que creó hace más de ciento treinta y seis años-, sobre la cal viva, sacudieron la ira de los socialistas, y despertaron en esta bloguera recuerdos de su ceguera política. Han tenido que pasar casi treinta años para que esta escribidora tomara conciencia de lo que sucedía en aquellos años de plomo y mugre en el seno del que entonces era su partido. Aclaro esto porque sé que este artículo será leído por más de un socialista que aún, por juventud o por esa fidelidad mal entendida existente entre algunos militantes del PSOE, Felipe González es una figura intocable a pesar de la tozuda realidad de la historia.

Esos socialistas con los que compartí ceguera durante muchos años son incapaces de aceptar una realidad que los hechos demostraron terrible y vergonzosa: que Felipe González era realmente la X de aquella siniestra organización llamada GAL y del terror ocurrido con aquellos muchachos llamados Lasa y Zabala, dos jóvenes etarras sin delitos de sangre y que contaban en su haber con el atraco a un banco; no eran asesinos, como tampoco lo era Segundo Marey. Y aún en el caso de que hubiesen sido los peores de los criminales, lo que el Estado y el Gobierno presidido por Felipe González, estaba obligado a detenerlos con el fin de que se sentasen ante una Justicia que, afortunadamente, y tras la aprobación de la Constitución del 78, no contempla la pena de muerte y prescribe la tortura.  Ese personaje, siniestro, visto con el paso de los años y comprobada su participación, o impulso de los GAL, es el que ahora se opone a que su partido pacte con Podemos un gobierno que supondría un bálsamo para una sociedad víctima de unas políticas que, además de corruptas, han sido crueles con millones de españoles.

En la memoria desmemoriada de esta escribidora golpearon las palabras de Iglesias Turrión como el aldabonazo que hace despertar los recuerdos de muchos años de incredulidad sobre las acusaciones que, desde la izquierda, hacían a Felipe González, a Barrionuevo, al general Galindo o al teniente coronel Vaquero. Era imposible aceptar aquella espantosa historia de la cal viva sobre los cuerpos de dos jóvenes cuyo delito fue atracar un banco y pertenecer a una banda terrorista, combatida entonces con el terrorismo de Estado de González que nada solucionó. Acabaría con ETA, muchos años después, y la historia se lo reconocerá, sin terrorismo de Estado y sin violencia, otro presidente socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, marcado por la sombra de su error de cobardía de aceptar las presiones de la banca alemana y del IBEX, pero que pasará a la historia como el Presidente que acabó con ETA sin asesinar a nadie, como su predecesor Felipe González, que no logró sino más muertes y darle razones a los terroristas.   

Con el paso de los años, la imagen de un Felipe González que, en los años de mi juventud y la suya, despertaba la admiración y la adhesión incondicional de votantes y fervorosos militantes, se ha deteriorado tanto o más que su imagen externa. De la del joven sevillano con traje de pana que levantaba el puño a la denigrante fotografía de sus miserias físicas y morales en un yate, medio desnuda su humanidad y su catadura, han pasado muchas cosas y no pocos avatares ideológicos que han empañado el recuerdo del líder que desperdició una absoluta mayoría de supuesta izquierda, utilizándola no para nacionalizar y hacer más rico al Estado, si no para privatizar y reconvertir, dejando a este país al pie de los caballos de una UE que solo nos quiso a los españoles, entonces y ahora, como mano de obra barata para sus ambiciones.

Los de abajo, los que subsistimos con pensiones de escándalo, por su escasez, los que vivimos con el riesgo de perder el techo que nos cobija, con la espada de Damocles de la pobreza energética, con la desesperación de ver a nuestro país convertido en un esclavo de los intereses de los bancos alemanes, peores aún que sus antepasados teutones que arrasaban las tierras europeas, víctimas de una corrupción causante de la pobreza de todos, inocentes de la culpa de haber vivido por encima de nuestras posibilidades, como intentó, y aún intenta el PP, convencernos de que las privaciones nos las buscamos los españoles, cuando la causa no fue sino el latrocinio sistemático aplicado por las mafias de ese partido, llámense Punicas, Taulas, Gürtel, Acuamed, Brugales, Bárcenas, tarjetas black y el largo etcétera de indecencias, no podemos entender la renuencia del PSOE a pactar con Podemos, partiendo de la idea de que el partido que fundara Pablo Iglesias Posse, y en el que militaron personas tan respetables como Fernando de los Ríos, Juan Negrín o Julián Besteiro, Margarita Nelken, y más cerca en el tiempo Carmen García Bloise, sea una formación de izquierdas.

Aún tiene el PSOE la oportunidad de enmendar muchos años de rumbo equivocado, el tomado por el señor González, los Solchagas y toda la larga lista de socialiberales que destruyeron, inmisericordemente, el legado de los fundadores del partido y la fe de mucha gente que dejó de creer en unas siglas prostituidas por personajes que nunca leyeron a Gramsci o a Pablo Iglesias, que prefirieron la lectura y el camino marcado por los asesinos de Rosa Luxemburgo, por Duverger, y aún por Clausewitz. Los que se dejan aconsejar por los discípulos de Fred Bergsten, hijo ideológico de Kissinger, o por Jordi Sevilla y otros notables elementos a los que la socialdemocracia les queda muy a la izquierda. 

Aún es tiempo de volver a los orígenes, a la izquierda socialdemócrata y progresista que cuenta más con el empeño de devolver la dignidad a este país, que con trasuntos de derechas, se llamen Rivera o PP, con o sin Raxoi.   


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Comentarios

  1. Bien expresado Luisa, bien expresado. Un abrazo

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  2. El PSOE no tiene solución. Es una detrás de otra. He votado útil más de una vez y eso que después de lo del GAL dejé de tenerle confianza. Una y otra vez me he sentido traicionada.
    Ya no voto útil, voto en conciencia. Me puedo equivocar pero tendré la conciencia tranquila de haber votado a quien creo que defiende mejor lo que quiero y lo que siento.
    Si se repiten las elecciones, votaré lo mismo porque a quien voté, no me ha decepcionado, al menos todavía. Y mira que dude. Pero creo que no hay nada peor que traicionarse uno mismo.
    Lo que sí certifica tu post es que no hay más ciego que el que no quiere ver ni milagro más cierto que el del que lo quiere creer.
    Me alegro de verte y muchos besitos.

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    Respuestas
    1. Tienes toda la razón. Estuve ciega y lela durante años y años. Era como una víctima del síndrome de Estocolmo. La realidad me ha hecho rectificar, tarde quizá, pero ya no caeré en la ingenuidad de aquellos años.

      No me traicioné como periodista y no voy a hacerlo como ciudadana.
      Besotes mil.

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