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El derecho a la información sobre la monarquía y los silencios sonrojantes.



El 15 de noviembre de 1930, Ortega y Gasset publicaba un artículo en el que la frase Delenda es monarchia supuso una especie de sentencia de muerte anticipada a la institución monárquica. El titular del artículo no era ese, sino “El error Berenguer”, en el que el filósofo ponía de manifiesto la torpeza de Alfonso XIII al nombrar al militar y aristócrata Dámaso Berenguer, como presidente del Directorio Militar que el monarca apoyó desde el golpe de Primo de Rivera.  El artículo se hizo muy famoso por la frase con la que concluía su escrito, “Delenda est Monarchia”, que contenía algunos juicios sobre la sociedad española que me van a permitir que reproduzca.

Decía Don José en uno de sus párrafos “La frase que en los edificios del Estado español se ha repetido más veces ésta: «¡En España no pasa nada!» La cosa es repugnante, repugnante como para vomitar entera la historia española de los últimos sesenta años; pero nadie honradamente podrá negar que la frecuencia de esa frase es un hecho”. La crítica es perfectamente aplicable a lo que sucede en el presente. En otro párrafo Ortega reprochaba: “El Estado en vez de ser inexorable educador de nuestra raza desmoralizada, no ha hecho más que arrellanarse en la indecencia nacional”. ¡Qué bien se ajusta esa frase a los “Resiste Luis” o el más reciente de la reina Letizia: “Sabemos quién eres, sabemos quiénes somos. Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Lo demás, merde”!

Lo triste del presente estado de cosas, igualmente repugnante que el que le hacía a Ortega y Gasset desear vomitar la historia entera de nuestro país, es que ante las ofensivas e inadmisibles palabras de la reina consorte, por cuanto tienen de desprecio por el sentimiento de ira, o el cabreo, del pueblo entero al verse robado -no olvidemos que el mensaje se dirige a uno de los beneficiarios de las tarjetas Black de Caja Madrid, cuyo rescate costó al pueblo más de 23.000 millones de euros- la presa oficial corrió un tupido y sonrojante velo sobre la información de los mensajes dirigidos por la egregia señora al estafador de lo público, y desde el Gobierno y los medios cortesanos llovieron críticas sobre el director del medio, eldiarioes, Ignacio Escolar.
Una vez más, como sucede últimamente en este país de mordazas y censuras bananeras, surgieron las amenazas contra el digital mencionado y su director, que bien claro expresaba lo que muchos pensamos en cuanto leímos el ofensivo texto que pone de manifiesto el nulo respeto de la reina consorte por los ciudadanos: “Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Los demás, merdé”. En esa “merde” quedamos despreciados todos aquellos a los que nos parece intolerable lo ocurrido con esas tarjetas en negro de Bankia y Caja Madrid. Y ese ‘merde’, escrito por la experiodista devenida en reina puede ser tan peligroso para la monarquía como peligrosa resultó para su suegro la bochornosa fotografía, mostrándose ufano de haber asesinado a un animal cuya especie está protegida.

Si la prensa de este país tuviese dignidad, y sentido de la responsabilidad, no habría cargado contra Ignacio Escolar y el diario.es por publicar el despreciativo MSM de doña Letizia Ortiz, sino precisamente contra ella por despreciar a los ciudadanos y colocarse por encima del bien y del mal y de la justicia al apoyar a quien estaba señalado en un sumario. Pero los borbones, y quienes les rodean, son así. Desprecian al pueblo y gustan de hacer lo que les da la gana, decir lo que se les antoja y esperan siempre el silencio amedrentado de una prensa cortesana y acobardada. Recomendaba otro periodista, de uno más de los digitales que permiten a los lectores enterarse de cuanto pasa al margen de los diarios de papel, de la prensa ‘oficial’ y oficialista, Jesús Maraña, que “al rey le convendría no olvidar que una de las causas de desprestigio de su padre fue su capacidad para rodearse de amistades con tendencia a acabar en los tribunales”

Si esa prensa, cuyos hilos mueven las grandes fortunas, las financieras y las peligrosas amistades de las que se rodea la monarquía, no estuviese sometida a la censura bananera impuesta por el poder monárquico los españoles nos habríamos enterado mucho antes de las aventuras del rey emérito, Juan Carlos I, con esa buscona de lujo llamada Princesa Corinna, a la que el rey, con el consentimiento de un gobierno cobarde y cortesano, permitió construirse con dinero público un nidito de amor en los Montes del Pardo. Si la presa no fuese tan cobarde y cortesana habría reaccionado a las palabras despreciativas de la señora de Borbón censurando su desprecio por el pueblo, cuya santa ira por ser robado es para ella tan solo ‘merde’.

Mas a los reyes, y los borbones lo vienen demostrando desde hace 316 años, poco les importa lo que piensa el pueblo. Se sienten agredidos en su intimidad si se habla de sus aventuras o sus deslices. En cualquier país con monarquía, el mensaje de la reina consorte, por ejemplo, en el Reino Unido, habría supuesto una avalancha de críticas y reproches. Aquí hasta los más críticos han dedicado unas muy moderadas diatribas a la reina consorte. No se sabe si porque todos tememos a la Ley Mordaza o porque llevamos en nuestros genes periodísticos el temor a hablar claro de la monarquía.

Estas cosas son las que darían lugar a que, de existir filósofos y literatos como Ortega y Gasset, se volviese a escribir la frase Delenda es monarchia.

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