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A propósito de la Semana Santa: Los que más reclaman tolerancia menos la aplican.




“Hay que ser tolerante y respetar las creencias religiosas” se oye con frecuencia. Son esos “tolerantes” los que reclaman castigos pecuniarios, y aún carcelarios, a una concejala madrileña por haber participado en una protesta, reclamando que no hubiese capillas católicas en la universidad pública.

Independientemente de lo curioso que resulta que entre el casi centenar de jóvenes que se manifestaron aquel día, solo hayan sido dos miembros de Podemos, que gobierna en el Consistorio madrileño, los llevados a juicio por vulnerar un absurdo y retrógrado artículo del Código Penal, que castiga la ofensa a los sentimientos religioso -la ofensa a los sentimientos de los agnósticos o ateos no figura en el CP-, lo que exigieron los manifestantes en aquella ocasión, que la religión no invada la universidad pública, no tendría que ser objeto de manifestación en un país moderno porque no existiría tal avasallamiento de espacios públicos por parte de los “tolerantes católicos”.

La objetividad o la tolerancia no parece, desde luego, un don que adorne a los muy católicos practicantes. Hace unas semanas la policía se lanzó como hienas contra unos titiriteros, a los que acusaron de terroristas, por una función de guiñol más o menos afortunada. La indignación partió de padres de niños que denunciaron que aquella función no era ni mucho menos adecuada para las frágiles mentalidades infantiles. Sin embargo, durante toda la pasada Semana Santa que hoy concluye, los niños de todo el país se han visto obligados, y llevados por sus progenitores, a presenciar procesiones con escenas que, aún a muchos adultos, dan pavor.

Imágenes de cristos cubiertos de sangre, torturados y azotados, acompañadas por encapuchados descalzos muy siniestros, muy semejantes a los integristas del Kukuxklán, al son de marchas militares y acompañadas por uniformes, que nos recuerdan, por si tenemos la tentación de olvidarlo, que el nazionalcatolicismo sigue teniendo poder en este país, cuyas procesiones despiertan el desconcierto, el miedo o el sarcasmo de infinidad de europeos que contemplan atónitos imágenes que parecen revivir el siglo XVII en la anacrónica España del XXI.  

En nombre de esa reclamada “tolerancia”, a los ateos nos obligan a ver las calles de nuestras ciudades colapsadas, nos impiden transitar tranquilamente por las vías públicas, a cuyo uso tendríamos que tener el mismo derecho que los que las ocupan en nombre de su religión y sus ritos.

No son pocos barrios y pueblos en los que los ateos se ven obligados sufrir las tinieblas impuestas por los “tolerantes” creyentes durante la “procesión del silencio”, el jueves de la llamada “semana santa” por unos católicos que no se conforman con practicar tranquilamente su fe en los templos, si no que invaden las calles de todos, imponiendo sus creencias y sus molestias.

No conformes con esa invasión que puede ofender nuestro sentimiento racional -del mismo modo que algunos actos ofenden los sentimientos religiosos de los católicos, que las leyes permiten tengan la piel más fina que los no creyentes-, hemos de tragar a carretadas las imposiciones de los creyentes, los organizadores de los desfiles procesionales con santos de palo, correajes militares y bandas de música, que se ofenden si los políticos de los nuevos ayuntamientos no acuden a participar, bajo palio en algunas ocasiones como en tiempos del dictador, de su sarao sádico-festivo-religioso, confundiendo el culo con las témporas.

Dicen que en este país hubo una transición de la dictadura a la democracia, mas no se nota cuando los muy tolerantes católicos ocupan los espacios públicos y avasallan con su imaginería siniestra a quienes no participamos de esos espectáculos que se empeñan en obligarnos a sufrir.

Reclamando una tolerancia que no practican con quienes no participan de sus supersticiones.

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