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Camps, otra vez Camps



Le perdimos la pista, aunque no del todo, porque siguió apareciendo esporádicamente por el Consell Jurídic Consultiu de la Comunitat Valenciana, al que pertenecen todos los expresidentes de la Generalitat no se sabe muy bien por qué. Salió airoso del caso de los trajes, juzgado por una serie de ‘hombres buenos’ que se sonreían y le guiñaban los ojos desde el estrado, representando la comedia bufa de la Justicia que se impartía en el País Valencià durante los mandatos del PP.

Cuando el entonces presidente del Tribunal Superior de Justicia, Luis Juan Luis de la Rúa, decidió en 2009, junto a los magistrados Juan Montero y José Francisco Ceres, ignorar un informe policial que, además de incluir nuevos datos sobre los trajes y otros regalos comprados en Milano y Forever Young, destapaba una posible financiación ilegal del PP valenciano a través de una trama de facturación opaca con Orange Market (mercantil fundamental en el caso Gürtel) y al menos seis constructoras, consiguió que Camps quedase bajo el paraguas de la protección de una Justicia supeditada al poder político y Camps se vio exonerado de los cargos del caso de los trajes que, un jurado de incondicionales del President consideró no culpable.

Al cabo de siete años el nombre de Francisco Camps vuelve a las portadas de los medios, y sus maneras entre el jesuitismo suave y la santa ira de los injustamente perseguidos, hizo que se retratase iracundo en medios afines como 13tv, después de que él propio interesado informase que se pasó toda una noche intentando que un juez censurase la información de la Cadena Ser que lo relaciona, en una investigación de la UCO, como como «el recaudador» de dinero en B para financiar al PP valenciano y el nexo entre el partido en la Comunitat Valenciana y la caja de dinero negro de la formación en la calle Génova. La información, que avanzó la Cadena Ser en Madrid, fue corroborada en fuentes de la investigación y sitúa al expresidente al frente del entramado de la recaudación del PP a través de mordidas en contratos públicos adjudicados en distintas administraciones, tanto en la Generalitat como en las diputaciones.

Ya no son ‘unos trajes que no valen nada’ como argüían quienes no se atrevían a desmentir que hubiese recibido tales regalos. Ahora se desvela que Camps, como Rita Barberá, y prácticamente toda la cúpula del PP, se han visto ‘pillados’ por jueces y policías que no son ‘más que amigos’ y hacen el trabajo propio de un país democrático, en unos territorios, los valencianos, en los que durante años sufrimos el expolio de lo público a manos de unos delincuentes que, con apariencia de niños buenos de la clase, con modos frailunos, e incluso de mártires, como aparentaba Francisco Camps, se llevaron, para sí o para su partido, todo lo que era de los ciudadanos.

Resultaba patético escuchar a Camps en 13tv, mostrando su berrinche por no haber logrado que un juez censurase la información que lo atañía, como hizo, durante años, con los medios valencianos, con Canal9, la “telesuya”, o los medios escritos a los que compraba con publicidad, situaba comisarios políticos y expulsaba de las redacciones a todos los periodistas que no se plegaban al baboseo impuesto. Más aún resultó su súplica de que no fueran a detenerle porque él puede explicarlo todo motu proprio, sin necesidad de policías ni jueces, tan solo con un micrófono y una cámara afines.

Ni Camps ni los suyos asumen que su época de impunidad y latrocinios han pasado, que ya no controlan ni medios ni jueces, y que ahora tendrán que enfrentarse, como cualquier otro delincuente, a las penas que les impongan los jueces por haber dispuesto del dinero ajeno. Ya no pueden, ni tan siquiera, elevar la mirada a Génova, donde un Mariano Raxoi, asustado e impotente, consciente de que pacte o no Sánchez con Podemos, haya o no elecciones de nuevo, nunca más volverá a presidir el Gobierno de España ni, seguramente y en breve plazo, su partido.

Han pasado, y ni Camps ni los suyos parecen haberse enterado, los tiempos de los contratos “secretos”, de pagarse los caprichos, como el Gran Prix de Fórmula1 que acabará por llevarle a los tribunales, con el dinero de todos. Han pasado también los tiempos de la beatería de un Consell y un Ayuntamiento que obligaban a los valencianos a financiar viajes papales y estatuitas de la virgen, tiempos en los que creyeron que la ciudad era suya para imponer su religiosidad a golpe de procesión y tracas.

La policía y los jueces los han pillado, y por mucho que Camps asegure, con la prepotencia de los orates, que si el volviese a presentarse a unas elecciones arrasaría, para luego decir que sus oponentes políticos son ‘la KGB’, esos que llevan años acusándole de lo que ahora se comprueba por vía policial y pronto se probará en sede judicial: que existía una caja B, donde iban a parar el dinero de los valencianos, ese que hurtaron al bienestar social, a la dependencia, a la sanidad y la educación que arruinaron, privatizaron y utilizaron para sus corruptas maniobras.
Desnudo de protección, horro de apoyos, Francisco Camps y los suyos deberían haber empezado a darse cuenta de que el tiempo de las impunidades había pasado cuando el poderoso Carlos Fabra entró en prisión, o cuando un Fiscal destrozó a su amigo, el diputado y todopoderoso alcalde de Torrevieja, Pedro Ángel Hernández Mateo, al que envió cuatro años a la cárcel e inhabilitó ocho, haciendo imposible su retorno a la política, porque cuando transcurran esos años no será más que un anciano, con los riñones bien cubiertos con todo lo que logró de forma torticera, mas anciano y derrotado para lo público.

Lo mismo que Camps y toda la cúpula del PP que tensaron en demasía la cuerda, convencidos de ser señores de horca y cuchillo, dueños de vidas, pero, sobre todo, de haciendas.

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