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Mamá (saudade de una noche de Reyes)



Hablaba el otro día en su blog mi amigo Javier Gómez Angulo, en un texto lleno de sensibilidad y emoción de esa nostalgia, morriña o saudade, que le invade a uno cuando se recuerdan los felices años de la infancia aquellos que los tienen. Cada vez que llega la noche de Reyes, yo recuerdo cómo mi madre me hizo tener uno imborrable y nostálgico de aquella noche de Reyes de los años sesenta o cincuenta y muchos. 

He de aclarar que mi madre era como un hada, o una sirena, y en aquellos años no me hubiese sorprendido nada si en los maravillosos veranos galegos sus esbeltas piernas hubiese devenido en cola de sirena, pues así de fascinante recuerdo a mi madre. Mágica como la ilusión e imaginación que ponía en todo. 

Desde que la perdí me siento como Bambi…

Regreso al recuerdo que tantas veces me hace sonreír con nostalgia. Era la noche de Reyes, y yo, aún convencida de su existencia con ese convencimiento que hace posible la ingenuidad de la niñez, no era capaz de dormirme y de poco en poco llamaba a mi madre para preguntarla sí los Magos de Oriente habían pasado por aquella hermosa terraza del barrio de Arguelles, perfumada por el verdor del Parque del Oeste próximo y por las innumerables plantas que mi madre hacía crecer y florecer como el hada que era. 

“¡Mamá! ¿han venido ya?” Inquiría insistentemente a cada ruido por muy leve que lo hiciesen ella y mi padre poniendo los paquetes de los regalos al lado de aquel Belén que montaba mi madre en el salón de respeto, en la única época del año en la que se permitía la entrada a la gente menuda a aquella pieza de la casa de mi infancia de la que aún tengo, también, una gran nostalgia, pese a haberla dejado hace más de cuarenta años. Aburrida debía estar de tan reiterada pregunta, pero como el hada que era, no hubo riñas por mi pelmacería, puso su toque mágico y amable, como hacía siempre al decirme: “Schistt calla, que me parece que acabo de ver el borde de una capa roja forrada de armiño que rozaba las plantas…no te muevas ni hables, que como te oigan se marcharán y no te dejarán nada…”

Una vez que mi madre salió de mi habitación fui corriendo a la ventana que también daba a la enorme terraza, y vi, podría jurarlo sin duda alguna, la capa roja bordeada de armiño de uno de los Magos, tal como había dicho mi madre. Volví a la cama, y quieta y en silencio me quedé dormida como un tronco para despertar a la voz de mi madre diciendo aquello de “Pirusa, ven, que vamos a despertar a la niña” que se repetía todos los días de aquella dorada y feliz infancia que mi madre me proporcionaba en calidad del Hada que era. 

Han pasado al menos cincuenta y tantos años de aquella noche de Reyes que mi madre, con imaginación y mano izquierda para calmar los nervios de la niña que era, y que no ha sabido dominar esa ansiedad por lo bueno o lo malo a lo largo de décadas, convirtió en una mágica visión que aún perdura en mi memoria. 

Al cabo de tantos años, aquella mágica noche de Reyes permanece imborrable en mi memoria y en la nostalgia que siento al recordar que mi madre era capaz de hacerme vivir momentos indelebles. Siempre vivirá en mi memoria como el hada que era…

Y yo, por muy vieja que me haga, siempre me sentiré como Bam

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