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De bípedos implumes sin cerebro, niños, animales torturados e inculturas varias.




“Habría llamado a la televisión para decirle a esa gente que es una atrocidad llevar a un niño a esos espectáculos. Yo recuerdo muy bien cuando, de pequeña, me llevaba mi familia a la fuerza a los toros y siempre salía llorando, aunque me engañaban diciendo que al toro no le habían hecho nada y que volvía al ruedo lavado. Pero cuando cambiaba de color la mentira no colaba. Dejamos de ir el día que mi madre vio llorar a un toro y se negó a volver”.

Esas palabras las pronunciaba una dama entrada en años con la memoria intacta, al igual que su inteligencia y amor por los animales, indignadísima ante la noticia, jaleada en los magacines matutinos de las televisiones, de que el inicuo descerebrado Francisco Rivera toreo a una indefensa vaquilla, un cachorrito de toro, con su pequeña hija en brazos. “A los niños no les deben llevar a esos espectáculos atroces, deberían esperar a que fueran mayores para que decidieran” apostillaba con total convencimiento.

El asunto no es baladí para los amantes de los animales y los defensores de los derechos del niño. Porque lo que parecen no saber esos pseudoperiodistas que justifican la patochada arriesgada del cretino hijo de Carmina Ordoñez, la Unicef es contraria a la participación de los niños en tales aquelarres de crueldad porque, como expresa la vicepresidenta del Comité encargado de proteger los derechos de los niños de la ONU,  Sara Oviedo, “la participación de niños y adolescentes en las corridas de toros constituye una grave violación a los artículos de la convención de los derechos de los niños porque  los introduce e involucra, directa o indirectamente, en un acto violento”.

La ONU también alertó sobre la presencia de niños en semejantes espectáculos cuando en España se consideró declarar este tipo de eventos como parte de una tradición cultural ancestral, más de 140 científicos y académicos firmaron una carta en la que se oponían a esta decisión con el argumento de que las corridas de toros desensibilizan a la población joven ante actos de violencia.

Afortunadamente, y según una encuesta realizada por Ipsos MORI para la organización defensora de los animales presente en todos los continentes World Animal Protection (Protección Animal Mundial), el pasado mes de diciembre, revelaba que el 84% de los encuestados, entre los 16-24 años de edad, afirmaba estar "poco" o "nada" orgulloso de estar viviendo en un país donde la tauromaquia es una tradición cultural. La encuesta mostraba que, de los adultos españoles consultados, de edades comprendidas entre los 16-65 años, solo un 19% se mostraba partidario de la barbarie patria por antonomasia, frente al 58% que se oponen a la misma –tres veces más-. 

Según la asociación de defensa animal esas opiniones suponen una fuerte caída si se compara con una encuesta similar realizada también por Ipsos MORI para Humane Society International (HSI) en marzo de 2013, en la que la tauromaquia era respaldada por el 30% de adultos españoles entre los 16-65 años. Es decir, el apoyo a esa salvajada ha caído de un 30% a un 19% en menos de 3 años. Esa repulsa generalizada por parte de una importante mayoría de ciudadanos -el 73% de los consultados se manifestó en contra de que esos crueles espectáculos se financien con dinero público- no parece hacer mella en la clase pseudoperiodística que protagoniza, con frecuencia, mítines a favor de la barbarie y sus protagonistas.  

Lo hicieron hace meses, cuando la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, acordó suprimir la subvención a la Escuela Taurina de la capital del Estado. Entonces, Fran Rivera, personaje con escasa formación y menor capacidad de raciocinio, cargó contra la primer edil Carmena, descalificándola como el bruto ultraderechista que es y ciertos medios jalearon al matarife. Ahora, ante las críticas surgidas en diversos sectores por la ocurrencia de torturar a una vaquilla con su bebé en brazos, ha vuelto a dar muestras de su estulticia y poquedad mental y, no conforme con el hecho, declaraba, el majadero, que él es “torero por la gracia de Dios”. Debe ser que, como hijo de una recalcitrante franquista como Carmen Ordoñez, se cree émulo de aquel siniestro genocida y dictador que se decía conductor del país “por la gracia de Dios”.

Las gracias habremos de dárselas a esos jóvenes con conciencia, que no se sienten en absoluto orgullosos de pertenecer a un país en el que la tortura infame contra indefensos animales se considera una seña de identidad y el máximo exponente de la cultura patria. 

Quienes defienden que la barbarie sádica es una seña de identidad patria no cabe duda de que son unos ignorantes que confunden tortura con cultura porque, sin duda, nunca visitaron el museo del Prado y contemplaron los cuadros de Velázquez o Goya, junto con enormes pintores españoles cuyos cuadros cuelgan de sus paredes y que jamás leyeron a Quevedo, Góngora o Cervantes, a Galdós, Unamuno, Miguel Hernández o Pio Baroja, entre miles de magníficos escritores. Son gente que, cómo dudarlo, nunca contemplaron extasiados el Pórtico de la Gloria del Maestro Mateo en Santiago de Compostela, o la Colegiata de Santillana del Mar, o la bellísima arquitectura románica de los valles de Bohì y d’Aran, o las agujas góticas de la Catedral de Burgos, o la Casa Milá de Gaudí, entre otras maravillas arquitectónicas de este país, rico en cultura de verdad, y no en la atrocidad de la tortura que algunos descerebrados sin alma se empeñan en identificar como seña cultural de este país, al que, ni respetan ni conocen en su riqueza intelectual.

Pobres necios descerebrados de los que, afortunadamente, cada día quedan menos como reflejan las encuestas.

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