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Años de latrocinio e impunidad en el País Valencià.




Cuando hace ya, ni recuerdo cuánto tiempo, se conocieron unas cintas del corrupto empresario oriolano Fenoll, presumiendo de comprar votos para el PP, muchos fueron los convencidos de que en la Vega Baja los triunfos electorales del PP tenían truco. Compras de voluntades, ancianitos a los que se chantajeaba en las residencias públicas para que votasen al PP, mordidas y turbios asuntos que se comentaban sotto voce en la Ciudad de la Sal y en otras muchas ciudades del País Valencià, ese territorio que el Govern del PP decidió que había que llamar Comunitat, o mucho mejor, Comunidad, porque lo otro sonaba a catalanismo. No querían parecerse a los catalanes, pero, al igual que aquel ‘su problema es el 3%’ de Maragall, sucesivos gobiernos del PP valenciano, diputaciones y ayuntamientos recibían, según las investigaciones que lleva a cabo la UDEF en la operación Taula, el 3% de infinidad de mordidas de contratos públicos, que nos costaron mucho más dinero del presupuestado porque había que cargarlo a la factura final.  

Dicen los medios nacionales, y los valencianos, que lo que existió durante años en el PP, a todos los niveles, era una red corrupta generalizada, para blanquear cientos de miles de euros que sufragaban sus campañas de actos multitudinarios y adhesiones inquebrantables que acaban con triunfos electorales de mayorías absolutísimas en todas partes.

Los sobrecostos en la construcción de centros docentes fueron espectaculares en la Ciudad de la Sal. Y ahora ya sabemos que el empecinamiento en no construir colegios de ladrillos en pueblos y ciudades, y en Torrevieja lo padecieron miles de estudiantes, respondía a la corrupción que se enseñoreaba en la empresa pública Ciegsa, en la que desaparecieron mil millones de euros, con los que se podrían haber construido centros docentes que ríanse de los fastuoso College de Oxford del siglo pasado.

Nada de lo que se hizo en estos castigados territorios se llevó a cabo inocentemente. Todo tenía un porqué, una razón, siempre espuria, económica. Cualesquiera obras, cualesquiera adquisiciones estaban marcados por el interés privado de un partido que, tal y como se están revelando las investigaciones de la Operación Taula, bien podría decirse que más que una formación política pareciera una asociación de malhechores.

Cuando se conoció la noticia de que el nada honorable Presidente Camps quería construir un parque temático de Ferrari -a proyectos megalómanos no le ganaba nadie- esta escribidora comentó jocosa: “este lo que quiere es que le regalen un Testa Rossa”. Viéndolo en la distancia, y tal como se desarrollan las investigaciones de la operación Taula, aquella mal intencionada broma parece hasta posible.

Porque ni institución ni centro de poder, por muy pequeño que fuese, se libró de la avaricia y el ansia de saqueo de unos dirigentes que no dudaron en arruinar las instituciones que gobernaban hasta dejarlas exánimes. Según los cálculos mencionados hoy en el programa de La Sexta, “Más vale tarde”, la cifra del saqueo supone alrededor de 15.000 millones de euros, solo dos menos que los presupuestos de la Generalitat que rondan 17.000 millones. Saqueo que ha dejado en estas tierras valencianas una deuda de cuarenta mil millones de euros a lo largo de los años y las arcas públicas en estado de caquexia.

No hay que ser un lince para saber que las víctimas de la corrupción salvaje llevada a cabo durante años somos los que vivimos en estos territorios valencianos. También los son aquellos que miraban para otro lado y aseguraban que las acusaciones sobre corrupción no eran sino falacias con el objeto de desprestigiar a los vencedores de los comicios sucesivos, ganados, según ellos, en buena lid democrática. Aún quedan gentes con una venda en los ojos que se niegan a ver la realidad.

Fueron muchos años de latrocinio e impunidad, de robo de lo público, con una desfachatez más propia de los gobernantes de países tercermundistas que una región europea que intentaba presumir de nivel de vida y de progreso y que, en realidad, no era sino el coto privado de una serie de políticos corruptos que durante años saquearon todo lo público en su propio beneficio.

Quienes criticábamos sobrecostos y maniobras, los que dudábamos de la racionalidad de los macro proyectos del PP, en Valencia o en Torrevieja, éramos los antis, los malos, los catalanistas o los comunistas resentidos, los que no queríamos progresar ni que la gente fuese feliz.

Desde 2009 el runrún de la sospecha de corrupción generalizada fue extendiéndose por todo el País Valencià. Los trajes de Camps, la depuradora de Valencia, el Circuito de Fórmula1, la operación Brugal, Gürtel, Imelsa, Nóos, Cooperación, Naranjax o Emarsa, casos de corrupción que nos han dejado arruinados a los valencianos. Triste consuelo es decir ‘lo sabía’ o ‘siempre lo sospeché’, porque las consecuencias de la ruina del País Valencia, por mucho que los actuales gobernantes intenten paliar tanto desafuero, las sufren los estudiantes, los pensionistas, los dependientes, los enfermos, las obras públicas necesarias para el buen funcionamiento de estos territorios.  No tienen perdón.

Esperemos que la Justicia los haga pagar el crimen de arruinar toda una región y a sus gentes.  

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