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Los patos, la concejala y la endémica burocracia.



La noticia la ofrecía hace ya una semana el diario Información en su edición de La Vega Baja, sin que ningún otro medio la recogiese, seguramente pensando que era una banalidad. Más en un país como este, cuna de la más atroz burocracia, esa que tanto dolía al gran maestro de periodistas, Mariano José de Larra, que, aparte del tan ya manoseado ‘vuelva usted mañana’, empleó ríos de tinta, de la de verdad, de la que ya no se usa porque las palabras son solo bits en una pantalla, en criticar la burocracia e indolencia de los españoles en general y de las administraciones en particular, resulta algo insólito.

Por esa razón, que un político, una mujer en este caso, reaccione ante un problema, saltándose todas las trabas burocráticas, para resolver la malnutrición de unas aves comprando de su bolsillo el pienso para alimentarlos, antes de dejar que murieran de inanición porque la dichosa burocracia municipal necesita de mil y un trámites para que un concejal pueda ordenar la inmediata compra de un saco de pienso, no deja de ser una buena noticia, aparte de un tanto insólita.

Resulta curioso que, en el país de la corrupción, donde facinerosos como Bárcenas, Rato, los implicados en las tramas Gürtel y Brugal, los ladrones de la depuradora de Valéncia, los piratas de la Operación Púnica, y una larga relación que haría interminable la lectura de este posteo, algunos ediles se encuentren con las manos atadas ante problemas como el de alimentar a unas aves cuya responsabilidad y cuidado recaen en el Ayuntamiento. Carmen Morate dio una lección de efectividad y amor a los animales, porque, además, parece que su compañero, o compañera, responsable de los parques, o los funcionarios de esa área, no habían tenido a bien comunicarle a la edil animalista que las aves del Parque de las Naciones recibían una alimentación insuficiente.

Lo de los patos y demás aves carentes de alimento y la reacción de la concejal Carmen Morate, que demostró que cuando hay sensibilidad e interés se pueden solucionar los problemas de los animales -y posiblemente también los de las personas y debieran tomar nota sus compañeros de corporación-, con una forma distinta de gobernar, hace recordar, por antítesis, la burricie de la burocracia que parece estar en los genes de los españolitos y que marca, desde tiempos remotos, el devenir histórico de este triste país.

Cuenta la historia que el abúlico rey Felipe III de España, de la familia de los Austrias, dinastía que acabó con aquel despojo humano conocido como Carlos II el hechizado –y cuya sucesión dio lugar a una guerra de la que aún estamos pagando las consecuencias- murió de una erisipela contraída por exceso de calor porque no hubo nadie, en una Corte donde la etiqueta, que era la burocracia llevada a extremos de esperpento, no permitía que nadie rebajase el poder de las llamas o retirarse el monarca, incapaz de levantarse por sí mismo, no se sabe si por su característica abulia o por las normas cortesanas, exclamado un sano “¡coño que me quemo!”.  

Mas como el protocolo le impedía pedir ayuda para arreglar la situación y los ayudantes de cámara le habían dejado solo, allí siguió, achicharrándose. Cuentan los anales de la historia que el primero en aparecer fue el marqués de Polar, al que el rey le pidió que arreglase lo del fuego, mas el citado marqués comunicó al monarca que el protocolo le impedía ocuparse de apagarlo, porque eso lo tenía que hacer el duque de Uceda, situación que se agravó porque el duque se había ido a visitar sus fincas e iba a tardar. No cuenta la historia el tiempo que tardó el de Uceda en regresar, aunque tanto calor tanto tiempo, fueron la causa de que el rey enfermase de erisipela y falleciese días después.

Las aves de los parques de Torrevieja podrían haber fallecido de inanición –como Felipe III de erisipela- si alguien no hubiese avisado a tiempo a la concejala Morate, porque si el protocolo cortesano del siglo XVII no permitía que un noble apagase un fuego, parece que la burocracia municipal impidió durante más de una semana que alguien levantase un teléfono y diese cuenta de viva voz de un problema que, por mor de la burocracia, da la impresión de que se conoció por oficios en papel, con tres copias y no se sabe con cuantas firmas.

Menos mal que la concejala Carmen Morate no es abúlica como Felipe III y los animales cuentan con su pienso, pagado del bolsillo de la concejala. Hecho también insólito porque, a lo que por desgracia a los que nos tienen acostumbrados los políticos de este país, no es que tiren de su cartera para solucionar problemas, sino que utilicen el dinero público para su uso privado.

Luego que digan que no hay distintas maneras de gobernar.

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