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La cumbre del Clima: ¿Iremos a alguna parte?



Hasta el día 11 de este mes se celebrará en Paris, con la presencia de 150 jefes de Estado y de Gobierno la Cumbre del Clima, sucesora de aquel fallido acuerdo de Kioto, que tuvo lugar en 1997, con la futesa intención de reducir la contaminación del planeta por las emisiones de gases causantes  del efecto invernadero, responsable de las alteraciones climáticas que sufre la tierra desde hace años, más contaminada en el último siglo y medio que en el resto de existencia de los humanos sobre el planeta azul.  

En acuerdo de Kioto fue un fracaso porque los países más contaminantes se negaron a cumplirlo e inventaron una trampa para seguir contaminando como fue el acuerdo de los países ‘desarrollados’ para obtener permisos de derechos de emisión', que serían equivalentes a sus niveles de emisión en 1990 más/menos su compromiso de reducción de emisiones. Esos permisos se calculaban en unidades de dióxido de carbono, uno de los principales gases de efecto invernadero. Una tonelada de dióxido de carbono equivaldría a un permiso. Los permisos, en realidad, no eran otra cosa que licencias para poder contaminar hasta los límites fijados por los acuerdos de Kioto. Los países, posteriormente, asignan los permisos a las industrias más contaminantes de su territorio nacional, normalmente de forma gratuita. Además, inventaron un curioso sistema de comprar cuotas de contaminación a los países que menos contaminaban, creando una falacia y una trampa para seguir contaminando.

Ahora, en Paris, tanto el presidente Obama como el chino Xi Jinping, han reconocido el peligro de la contaminación y la aceleración del cambio climático, un drama que la derecha española también negó durante largo tiempo, cuando el presidente Raxoi aseguró que un primo suyo, al parecer científico (?!) le había dicho que no existía tal cambio climático. La realidad, tozuda y dramática, está demostrando, con el deshielo de los polos y las alteraciones climáticas que hacen que se produzcan fenómenos meteorológicos que antaño se limitaban a determinadas zonas del planeta se extienden por todas las geografías. Y las temperaturas suben alarmantemente en grados, aunque aún existan irresponsables que no lo reconozcan.

Si quisieran los grandes mandatarios del mundo, los problemas de las emisiones de gases contaminantes se acababan en muy corto tiempo. Bastaría con anular el uso de energías contaminantes como el carbón y el petróleo para hacer uso tan solo de energías limpias como la solar o la eólica.

Tampoco es infrecuente leer que el motor de agua, que evitaría el uso del petróleo en todas sus variedades como la gasolina o el gasóleo, está ya inventado. Pero parece que existe una maldición, o una conspiración, contra los inventores de lo que podría librar al planeta de mucha contaminación. Así se han producido asesinatos y desapariciones de inventores de motores de agua, como el norteamericano Staley Meyer, que murió gritando “¡me han envenenado!” O el caso del español Arturo Estévez Varela, que hizo funcionar su motocicleta con agua ante notario en Sevilla, donó sus patentes al Estado español, Sus patentes están desaparecidas de la oficina de patentes y nunca se supo más de Arturo Estévez. Otro caso de inventor de motor de agua con un final siniestro fue el de Paul Pantone, un norteamericano que fue condenado judicialmente y encerrado en un psiquiátrico. O el de John Kanzius, norteamericano que descubrió como convertir el agua salada del mar en combustible: murió 6 meses después de forma inexplicable.

Y es que el poder de las petroleras, las mismas que financian y potencian guerras y revoluciones por el petróleo –lo estamos viendo muy claramente en Oriente Medio desde 2001, cuando Bush se empeñó en invadir Iraq- tienen un poder omnímodo y nada les importa la vida del planeta si la suya, mientras dura, les permite atesorar millones de millones de dólares.

Algo parecido está sucediendo en nuestro país, donde el Gobierno de Raxoi, desde que llegó a La Moncloa, apostó por las energías fósiles y las centrales nucleares, tan denostadas en el resto del mundo, lanzándose a una persecución tan irracional contra las energías limpias como para poner un impuesto al sol.

La contaminación del planeta, que reúne ahora en Paris a tanto jefe de Estado, tanto político y tanto científico se resolvería, de un día para otro, si tuviesen voluntad de acabar con ella porque los medios para evitarla existen. Lo que hace falta es que, además de los medios, se acabe con los intereses de los contaminadores que son, al fin y al cabo, asesinos del planeta y sus pobladores.

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