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La tragedia de Paris y el loco integrismo religioso




Parafraseando a Marx se puede decir que la religión es la sangre de los pueblos. Lo vemos a diario en los atentados y ataques a la cultura y la historia de la civilización que perpetran los fanáticos del ISIS, unos locos integristas que no respetan nada excepto los más exacerbados y absurdos dictados de su religión, que, ni por asomo, comparten todos los musulmanes, del mismo modo que no compartían los excesos de la Inquisición todos los cristianos. 

“En cuanto a la acción sobre el terreno, un gobierno dolorido que no utilice de manera fraudulenta el dolor de sus ciudadanos debe dejar a un lado las intervenciones militares y centrarse en las fuentes de financiamiento de Daech, la prohibición de la venta de armas, el apoyo de las fuerzas democráticas locales y la promoción de una solución dialogada e inclusiva para Siria. Nuestro dolor está de tal manera trenzado con el de los sirios (e iraquíes y palestinos y kurdos) que, sólo acabando con el suyo, y democratizando sus países, garantizaremos la seguridad y la libertad en Europa”, explicaba el domingo Santiago Alba Rico en un magnífico artículo en el digital Público.

Mas Francia ha hecho exactamente lo contrario a lo que sugiere Alba Rico. Como respuesta a los atentados de Paris el Gobierno francés ha respondido a los atentados con un bombardeo sobre la ciudad de Raqqa, considerada como la capital del Estado Islámico. Es verdad que el EI, o ISIS en sus siglas en inglés, provoca escasas simpatías, por no decir una especie de odio visceral a sus brutales acciones, a esos vídeos de decapitaciones salvajes o la destrucción de restos milenarios, patrimonio de la humanidad. Pero los problemas del terrorismo yihadista no se solucionan con bombardeos indiscriminados, por mucho que sea una realidad que la única solución para estabilizar la zona sea hacer desaparecer a esos locos del EI, para que no sigan perpetrando crímenes y, a la vez, ganando adeptos a su loca y criminal causa.

Como mujer repelen las actitudes de esos integristas yihadistas, y sorprenden esas mujeres europeas que se suman, como zombis sin voluntad, a las filas de los integristas islamistas, que huyen de la cómoda Europa para convertirse en esclavas de esos bárbaros que las considerarán meros úteros reproductores o sirvientes sin derechos. Es uno de los muchos misterios que conlleva la existencia de un grupo que es poderoso porque cuenta con armas que alguien le vende, lucrándose con la sangre y las raíces de la civilización. Es verdad que al ISIS no solo hay que vencerlo sino hacerlo desaparecer, pero para ello sería acabar necesario con la situación de locura, dolor, terrorismo, pobreza y ausencia de democracia y libertad en la zona donde ese grupo de desesperados asesinos crece como una planta invasiva y destructora.  

En estos días, ante el dolor y estupor causado por los atentados de Paris, se podía oír a mucha gente acusando y culpando a los musulmanes en general, como si hace cuatrocientos o quinientos años se hubiese culpado a todos los españoles de las atrocidades de la Inquisición. Sin darse cuenta de que el monstruo del yihadismo lo creó occidente, por mucho que ahora se rasguen las vestiduras ante los salvajes crímenes de los integristas del EI.

Para entender de qué manera occidente creó el caldo de cultivo en el que se desarrolló ese monstruo que ahora solo saben combatir con la fuerza de las armas, creando aún más dolor, e incluso, fabricando más integristas locos e intolerantes, que blanden la tergiversación de las enseñanzas coránicas como arma para eliminar la civilización occidental, se puede recurrir a algo tan frívolo como el cine de entretenimiento, que, de alguna manera, al mirarlo con el paso de los años, da las claves de hasta qué punto occidente se alió con el integrismo musulmán en Afganistán, para combatir a Rusia.

La película de James Bond, The Living Daylights, traducida en España como ‘Alta tensión’ presentaba a los talibanes que luchaban en Afganistán contra los rusos como ‘los buenos’. Sin ir tan lejos en el tiempo –la película de James Bond protagonizada por Timothy Dalton es de 1987-, más tarde vendría esa atroz invasión de Iraq que acabó por desestabilizar la zona, dejando que el integrismo religioso se hiciera fuerte tras la caída de Sadam, que sería un dictador, pero que mantenía el país en un grado de civilización que desapareció tras la invasión americana apoyada por el trio de las Azores, dejando que tomasen el poder grupos religiosos integristas que hicieron volver el país al medioevo.

En tanto, los países occidentales siguen vendiendo armas y manteniendo ‘excelentes relaciones diplomáticas’ con la mano que mece la cuna del integrismo religioso islamista, los ricos países del Golfo, que vende petróleo a occidente y con ese dinero financia mezquitas que fomentan el integrismo y el terrorismo en los países occidentales, al tiempo que imponen regímenes dictatoriales sin atisbo de democracia.  

El islamismo, que no los musulmanes, supone lo que cualquier integrismo religioso, el afán de destrucción de quienes no piensan como ellos. El castigo de aquellos que consideran ‘infieles’. No es extraño que el mayor número de muertos del atentado de Paris se produjese en la discoteca Bataclan, donde cientos de jóvenes bebían alcohol, bailaban y escuchaban música, actividades prohibidas por los integrismos religiosos de todas las religiones, obsesionadas con la muerte y el sufrimiento.

Posiblemente la paz y la desaparición del terrorismo islamista llegaría antes con democracia, educación y libertad, antídotos siempre de los integrismos religiosos, caldo de cultivo del terror, que con la rentable venta de armas a quienes se las venden a esos locos.  

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