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Aquel 22 de noviembre de 1975.




Creo recordar que entraba el sol por la ventana del comedor reflejando en la pantalla del televisor, en blanco y negro, las hojas de una difenbaquia plantada en un tiesto blanco y cuadrado. Y entre el reflejo de la maceta y las hojas blanquiverdes de la difenbaquia, el sucesor del dictador fallecido apenas un día y medio antes, soltaba una perorata que mi padre se empeñó que me levantase a oír, a pesar de que la noche anterior un grupo de amigos habíamos estado celebrando, hasta bien entrada la madrugada, que el dictador ya no estaba entre los vivos. Aunque entonces ni nos imaginábamos que cuarenta años después iba a andar medio vivo por nuestra sociedad, impunes sus crímenes a través de sus esbirros y herederos.

Optimista o voluntarioso, mi progenitor vaticinaba, no sin entusiasmo, que el que yo veía como ‘Juan Carlos el breve’ iba a cambiar la dictadura y volveríamos a la democracia. Tanto insistió que hasta dudé de mi escepticismo y en los meses, y años siguientes, me doblegué a darle la razón, hasta caer en el convencimiento de que sí, que las cosas estaban cambiando y que acabaríamos siendo la Suecia del Mediterráneo.

Mas aquel 22 de noviembre en el que el rey ahora jubilado -emérito le nombran en los medios- peroraba sobre el futuro, esta escribidora le escuchaba con una lucidez que tardaría al menos treinta y cinco años en recobrar, para asumir lo que entonces, en aquella fría y soleada mañana del 22 de noviembre de 1975, cuando el único visitante ‘ilustre’ que acudió a las exequias del dictador era otro dictador tan asesino como el que mostraban embalsamado en el palacio real, se hacía bien patente que la dictadura se iba a suceder a sí misma, y que todo lo que se llamase democracia o libertad no iba a ser otra cosa que un sucedáneo pergeñado por unos militares que cambiaron los uniformes caqui por trajes grises o azules y corbatas negras, que pronto se trocarían en estampados de los más variados colorines, y que las camisas azules de los falangistas y los correajes devendrían en trajes de desigual corte, y el mismo pelaje fascistoide que aún se puede olfatear entre los insignes dirigentes de los partidos que durante cuarenta años se alternaron en el poder del mismo modo que lo hacían en el siglo XIX en la época de la restauración alfonsina. Y aquellos que en tiempos del dictador manejaban el dinero siguieron y siguen manejándolo a su antojo, abusando del pueblo que, a pesar de algunos textos legales, sigue siendo súbdito, no ciudadano, y menos aún soberano.

Nos dejaron leer los libros de Ruedo Ibérico y ver El último tango en París, se podía cantar la Internacional e incluso levantar el puño, votar al PC o al PSOE, que ya no eran ni PSOE ni PC sino los pactistas acobardados que se bajaron los pantalones ante el poder militar, el hipotético ruido de sables –que la comunidad internacional ya había anunciado que no iba a consentir- y el frufrú de las sotanas obispales decididas a no perder ni un ápice de poder, pero sobre todo, ni un solo céntimo, ya fuese de pesetas o de euros más tarde, de lo que siempre exigió y sigue exigiendo al Estado.

Al cabo de cuarenta años de la hipotética muerte de Franco, que no del franquismo, y no hay más que ver quiénes nos gobiernan y como se niegan por sistema al menor reproche al dictador o la dictadura, aquella lucidez de mis veintipocos años acertó aquella mañana de noviembre mucho más que el abobamiento de los años siguientes, cuando, ingenuamente, creía que las cosas estaban cambiando cuando lo hacían al modo lampedusiano de que todo cambiase para que todo continuara igual.

El 22 de noviembre de 2015 varias decenas de asociaciones de víctimas de la dictadura se echaron a la calle para reclamar, al cabo de cuarenta años, lo que les negaron entonces los sucesores del dictador, empezando por el rey emérito, del que dicen que nunca consintió que se hablase mal del dictador delante de él, seguramente porque además de estarle agradecidísimo por haberle proporcionado el chollo de su reinado, le admiraba. Reclamar justicia y reparación al cabo de cuarenta años demuestra que la dictadura no se fue nunca. La familia del dictador sigue gozando de privilegios, ni devolvió ni una peseta de todo lo hurtado al pueblo. En los países civilizados cuando cae una dictadura los familiares se van del país donde su padre, marido o abuelo abusó y robó al pueblo. En este país se pasean por lo saraos de alta sociedad y las páginas de las revistas de papel cuché.

Y es que la dictadura no se fue nunca, permaneció larvada, disfrazada de demócrata, liberales o socialistas, empresarios modernos y curas progres siguen al servicio de los mismos intereses que entonces. La realidad es la que ahora enfrentamos, la que casi todo el mundo ve, al igual que esta bloguera. Como si hubiese caído la venda de los ojos y recobrado la lucidez de aquella mañana de noviembre en la que, entre la resaca y los reflejos en la televisión de blanco y negro, supo, con toda certeza, que las palabras del sucesor del dictador no eran otra cosa que fuegos de artificio. O una de esas cegueras con las que, dice la leyenda, obsequiaban los dioses del Olimpo a quienes querían perder.

A tiempo estamos, ante el 20D, de recobrar la lucidez definitivamente y acabar, al cabo de cuarenta años, con la dictadura franquista que no se fue en todo este tiempo.  

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