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7N: Marcha estatal contra la violencia machista. ¿Y si se exigiese el trasplante de cerebro a los machistas?



El titular de este posteo no es una boutade, sino más bien la iracunda e impotente respuesta a una lacra que parece no tener fin, por muchas manifestaciones, repulsas sociales o estudios para intentar frenar un terrorismo que, de producirse por causas políticas, habría hecho hace tiempo que en este país se hubiese dictado el Estado de alarma, como hiciera el ministro José Blanco cuando los controladores aéreos se declararon en huelga.

Apenas veinticuatro horas después de la manifestación contra la mal llamada violencia de género, que no es sino un brutal terrorismo machista, en Lliría, Valencia, un criminal ha asesinado a dos mujeres. Dos números más a sumar a las 43 mujeres asesinadas por energúmenos sin cerebro que creyeron que un ser humano de sexo distinto al suyo no tenía derecho a seguir viviendo porque había decidido abandonarle. Porque la mayoría de crímenes machistas se producen casi siempre por esa causa por ese ‘la maté porque era mía’ inspirado en el mismo concepto de algunas bestias que se creen con derecho a matar a palos a su caballo porque perdió una carrera, y ni se planteó que podía ir a la cárcel.

En esa oquedad donde debiera tener el cerebro el terrorista machista no cabe la idea de que una mujer sea un ser humano independiente de su mezquina persona, que se arroga la posesión de la desdichada mujer que, al principio de la relación, no supo o no quiso, hacerle entender que era un ser independiente del necio, y puso pies en polvorosa al primer indicio de cretinismo machista.

Cientos de años de incultura patriarcal, del convencimiento de que las mujeres no teníamos alma ni cerebro para obrar y pensar por nuestros propios medios y con nuestros cerebros, exactamente igual de dotados que los de los hombres, y con la misma diversidad de ellos, unos y otras más o menos inteligentes según les dotó la naturaleza y según los educaran, marcan aún, en el siglo veintiuno, a algunos descerebrados convencidos de que las mujeres somos objetos a su servicio y para su uso y disfrute. Al fin y al cabo tampoco hace tantos años en los que el código penal no contemplaba como figura delictiva la violación dentro del matrimonio.

Aún se pueden oír a algunos deficientes mentales de cualesquier sexo comentar en uno de esos repugnantes programas de la víscera, caldo de cultivo del machismo y falta de respeto a las mujeres. frases como ‘le pegaba lo normal’ o ‘respondí a sus agresiones porque estaba como loca’. No hace mucho, en un estadio de fútbol, una masa de iracundos mashomanes jaleaban a un futbolero delincuente, investigado por haber maltratado a su mujer, a la que, en el fragor del anonimato y de su idiotez llamaban puta por haber denunciado a su agresor.

Uno de los episodios más duros de mi carrera periodística se produjo cuando tuve que cubrir la noticia de un malnacido mozalbete que tras ser dejado por su novia de dieciséis años entro en la vivienda de la chica cuando no estaban sus padres y la sometió a horribles torturas antes de acabar con su vida. El relato hecho por la familia de la víctima fue espeluznante. Pero no lo fue menos ver, al día siguiente, entrar en los juzgados al asesino, orgulloso de su hazaña, pidiendo  a los informadores gráficos que le sacaran guapo

Aparte de esa siniestra historia, que no olvidaré mientras viva, porque el relato de la dolida familia resultaba tan espeluznante como el propio crimen, a lo largo de mi vida, como supongo que todas las mujeres de mi generación, de las anteriores y, por desgracia, de las siguientes, me he encontrado con miles de esos seres sin cerebro que siguen autoconvenciéndose cada día de su superioridad sobre las mujeres, basándose en unos centímetros más de piel en sus entrepiernas y una tonelada menos de neuronas en sus cerebros.

Es frecuente encontrarse analfabetos funcionales argumentando sobre la superioridad de la mente masculina ante doctoras de cualquier disciplina, a supuestos científicos argumentar la diferencia, siempre en contra de la mujer, de la estructura de los cerebros, a bestias como armarios argumentar su superioridad en función de su fuerza bruta. Y en fin, a todo un catálogo de mentecatos que, a poco que las mujeres que tienen cerca se les rebelen, se convierten en asesinos.

Con esos mimbres, o esas neuronas atrofiadas, resulta prácticamente imposible acabar con el terrorismo machista. De poco sirven las manifestaciones por muy multitudinarias que sean, las leyes contra el terrorismo machista que suelen quedar en meras declaraciones de buenas intenciones. De poco sirve que los docentes se desgañiten en las aulas, si los jóvenes, al llegar casa, ven a su madre matarse haciendo la comida y ordenando a sus hermanas que pongan la mesa, en tanto el padre lee el Marca, o se toma un tinto en el bar hasta el momento de subir a mesa puesta.

Inútiles resultan los programas de concienciación contra la violencia machista en las televisiones, que gozan de escasa audiencia, en tanto en la enésima edición de Gran Hermano los participantes muestran su chulería machista ante débiles mentales que suspiran por sus huesos, o los diarios Sálvame dan cuenta de agresiones, peleas y ofensas, que los presuntos periodistas que intervienen en ese programa bazofia, encuentran justificación a la violencia.

Tal y como están las cosas, la única solución que podría ser efectiva es realizar un trasplante de cerebro a esos seres con apariencia supuestamente humana que se creen superiores y dueños de las vidas de las mujeres. Podría haber problemas por la capacidad craneal de los posibles trasplantados, pero seguro que se encontraban de su tamaño buscando entre hormigas o cucarachas, sin duda mejor gente que esos asesinos sin alma ni respeto a las mujeres. 


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