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Reflexiones

Una desolada playa mediterránea. Foto L.S
La fotografía del pequeño Aylan, muerto ahogado en una playa, cuyo nombre no recuerdo y no puedo recurrir a Internet para buscarlo- estremece las conciencias de casi todo el mundo, de casi, porque a los políticos bien poco parece importarles y aplazan la toma de decisiones no se sabe por qué. ¿Costaría tanto trabajo reunirse de inmediato? Los aviones, las videoconferencias, ¿no podrían hacer que se pusieran de acuerdo de inmediato? Sería tan fácil como que acordaran dejarlos entrar en sus países, darles casa y comida y luego pararse a pensar en las soluciones. Pero la realidad es que a los gobernantes europeos, y españoles, les importa un carajo qué sea de las vidas de niños como Aylan, su hermano, su madre y todas las familias que sufren ese drama. 
 
En un mundo así ¿Cómo va a extrañarme que todo el mundo se haya cansado de ayudarme? porque, como dijo alguien hace unos días “te ayudé hasta que fui consciente de que tu situación no iba a cambiar”, o algo parecido porque no puedo recurrir a releer el correo que me envió, o que haya gente en Facebook, que hace días que no veo porque no puedo acceder a Internet, que se ría de mí y me llame fresca y pedigüeña. 
 
Y la bola se engorda, ya no me bastarían los ciento setenta euros para restablecer el teléfono, porque no es un recibo sino dos, y el enganche. Son, además, más otros ochenta para cubrir el descubierto del banco, y otros ochenta de la luz que tendría que pagar a partir del día 12, y reponer comida en la nevera, y arena para mis gatos, y pienso para ellos y mi perro. Es muy fácil buscar soluciones a los demás: “Busca trabajo para cuidar un anciano”, aunque sepan que tengo una minusvalía reconocida del 37% por una lesión de espalda que no permite levantar más de dos kilos de peso sin que se me rompan las vértebras lumbares. O no lo creen, como no estoy encorvada ni me paso el día acordándome de mi espalda pensarán que es un pretexto. Tengo 65 años. Nadie va a contratarme para lo que puedo y sé hacer. Las soluciones de algunas personas carentes de empatía y solidaridad son variadas: “Pídeselo a Cáritas, ellos te dará arroz y esas cosas”, dicen, recordando la tira cómica del genial Quino, en la que la impertinente y reaccionaria Susanita, decía a Mafalda que iba a organizar un sarao con caviar y ricos caldos para poder comprar harina de almortas y esas cosas que comen los pobres. 
 
En este momento necesitaría más de 400 euros para salir, solo momentáneamente, del marasmo. La pensión solicitada en julio no llega, no llegan ayudas de antes porque las personas se cansan, o cambian sus situaciones económicas, o consideran que hay otros problemas más graves. Y seguramente no les falta razón, qué puede importar la vida de una vieja periodista parada ante la imagen de un niño, casi un bebé, ahogado en la orilla de cualesquiera de las muchas playas que baña el Mediterráneo, ese mar que un acertado arqueólogo calificó como de ‘charco que transmite culturas’ y que ahora es un charco que trasmite el dolor de mucha gente y la miserabilidad de los dirigentes europeos.
Estoy en un ciber, al que he accedido porque me han prestado un par de euros porque ni para eso me queda dinero. Cero euros, mucha amargura y una constante tentación de tomarme hasta las pastillas de desparasitar a mi perro y que no tomo porque él me mira pidiéndome que me quede a su lado…el muy egoísta. 
 
A quién va a importarle la existencia de una mediocre bloguera y sus cuitas. En el fondo tenía razón quien en Facebook me reprochaba que anduviese siempre pidiendo ayuda, aunque los políticos del pueblo en el que habito, que deben ser sus amigos, carecen de solidaridad y de empatía. O quizá ni eso, solo, como me dijo hace unos días alguien que los conoce bien ‘es que son muy torpes y no saben lo que tienen entre manos’. Será eso, pero entre esos políticos inútiles o desalmados, los buenos amigos a los que se les acabó el dinero para ayudarme, o la paciencia, aquí está esta bloguera, periodista en paro silenciada definitivamente, abrumada por la soledad, las preocupaciones y la miseria. 
 
Hasta otro día, si fuese posible.

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