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Las faltas de ortografía del juez, Gran Hermano, las clases de religión y Tordesillas: Una España sin remedio.


Vecinos de Tordesillas agrediendo a un reportero. Sus rostros lo dicen todo.

El polémico juez Enrique López perpetró más de cincuenta faltas de ortografía en el escrito de defensa de la recusación como Magistrado que juzgará el caso Gürtel por su vinculación con el PP, con la Faes y hasta con la trama a través de uno de los empresarios imputados, José Luis Ulibarri. (Miguel Manovel, casado con una hermana del magistrado, trabajó para Ulibarri como directivo y miembro de los consejos de varias de sus empresas). El juez fue noticia no por lo que decía en el escrito en el que rebate la recusación, sino por cómo lo dijo, despreciando tildes y mayúsculas, perpetrando ataques a la concordancia e incluso a la recta manera de escribir al colocar una sonora ll al verbo ir, al expresarse así: “vallamos por partes”. En cualquier caso, que un magistrado de la Audiencia Nacional sufra esa agrafia demuestra el nivel cultural de un país que hace aguas.

No resulta baladí que el programa Gran Hermano, que es la sublimación de la cotillería y la cutrez, con personajes de un escasísimo nivel cultural y ético, que muestran su zafiedad y escasa formación reunidos en una casa en la que son observados durante veinticuatro horas al día, mostrando su ausencia de pudor, lleve ya 16 ediciones con todo éxito, en tanto en el resto de Europa, el país que más ediciones de tal programa emitió fue Francia, con la mitad. Por Facebook circula una foto en la que muestra el número de ediciones de Gran Hermano relacionado con el abandono escolar, que en nuestro país alcanza el 28%.

Al tiempo, y según el sindicato CCOO, las matrículas de clase de religión han aumentado este curso un 150% en bachillerato. Es evidente que los jóvenes estudiantes no han sido tocados por el Espíritu Santo -uno de los mitos del cristianismo consistente en creer que una paloma trasporta en su ser el espíritu de su Dios, para ilustrar a los creyentes- si no que optan por una asignatura fácil –María la llamábamos los estudiantes de los años 70, en pleno franquismo, cuando era obligatoria- que al formar parte del currículum académico, facilitará a los más perezosos una nota media admisible. Sin embargo, cumplirá su labor de adoctrinamiento social y cultural pretendido por la secta católica, y conseguirá que un buen número de jóvenes acaben comulgando con asuntos como la sumisión al poder o la crueldad con los animales que de siempre preconizaron las religiones semíticas.

No en vano las fiestas medievales y sádicas que se perpetran en los pueblos de la España profunda, cuyo paradigma es la villa de Tordesillas, conocida mundialmente por el salvajismo de sus pobladores, suelen celebrarse en honor de santos y vírgenes. Y así a lo largo de todos los veranos se masacran cerca de setenta mil animales en una especie de sacrificios rituales o diversiones brutales que hacen de este país la vergüenza de Europa en ese asunto.

Las faltas de ortografía del juez López, las dieciséis ediciones de Gran Hermano, el alto índice de abandono escolar y el aumento de clases de religión forman un todo siniestro, el de la España beata y estulta que permanece inamovible, en el siglo XVI, para desesperanza de las personas que creen en el progreso y pretenden un país civilizado y culto, en contraposición con esa realidad de beatería, estulticia, brutalidad, machismo y zafiedad que se hace presente en la España profunda y en las ideologías más retrógradas.  

La incuria del magistrado López, los forofos de Gran Hermano, el abandono escolar, las fiestas con crueldades hacia los animales, la defensa de esas brutalidades como ‘tradición’ y seña de identidad, entroncan con aquel terrible grito del fascista Millán Astray, cuando ante Unamuno berreó aquello de ‘¡Viva la muerte, abajo la inteligencia!’.

No hay más que observar a la gente de Tordesillas, defendiendo, como posesos, un abyecto acto de crueldad, reivindicando, con total inhumanidad ‘divertirse con un toro’. Son el ejemplo de la ausencia de ética y de cultura, el paradigma de una España que no evoluciona ni se civiliza. Los responsables, son, sin duda, unos políticos que, desde la transición, en lugar de fomentar la cultura, el conocimiento y la razón, vienen fomentando todo lo contrario sabedores de que a un pueblo inculto es más fácil engañarle, robarle y dominarle.

Hay que acabar con ello. Podemos acabar con ello.

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