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Disquisiciones sobre Catalunya 40 años después de los últimos crímenes de Franco.



Llueve en la costa alicantina una lluvia menuda como si fuese norte, acompañada de relámpagos y truenos que hacen temblar los cristales. En la televisión La Sexta se congratulan y regodean en la subida de Ciudadanos en las elecciones catalanas, como si esa fuese la noticia y no que el independentismo parece que supera el 50%. Siguen aferrándose a un asidero imposible cuando la realidad es que Catalunya no quiere ser España, y sobradas razones tiene, por mucho que los defensores del mundo global encuentren que hay que unir y no desunir. Como si no se hubiesen empleado a fondo, durante ochenta años, los de la dictadura y la mal llamado ‘Transición’ en desunir más lo que nunca estuvo unido. Desde aquel ‘Por Dios y por España habla el idioma del Imperio” con el que el franquismo atacaba la lengua materna de los catalanes, al agravio constitucional del café para todos, pasando por los mil chistes y burlas sobre el carácter de los catalanes.

En los últimos años el PP se cargó el Estatut aprobado por los ciudadanos catalanes lanzándose al cuello de artículos que figuran en los Estatutos de Andalucía o del País Valenciá –que el PP obligó a nombrar como Comunidad- sin que pasase nada. El centralismo españolista viene donant per cul a los catalanes por las cuestiones más variadas, como la de querer imponer la celebración de corridas de toros después de que su Parlament las prohibiese. La caverna mediática, y los políticos del PP, se apuntaron a falsear la historia y a inventarse lenguas extrañas al argüir que el valenciano, que es la misma lengua que el catalán, como señalan todos los lingüistas, incluidos los conservadores, fue ‘inventado’ por los iberos, pueblo del que no se conoce su alfabeto, si es que lo hubo.

Primero los fascistas que atacaron la librería Blanquerna y luego cuanto tonto españolista se preciase, dieron por repetir con convencimiento e ira, que ‘Cataluña es de España’ como si se tratase de territorios ocupados, que en realidad lo son, desde que las tropas de Felipe V arrasaron los Països e impusieron sus leyes. Nadie olvida en la valenciana Xàtiva como las tropas del general D'Asfeld la hicieron arder durante una semana, porque la ciudad valenciana, que pertenecía entonces a lo que aún muchos conocen e invocan como Països catalans, se oponía a la ocupación del Borbón.

A la hora de escribir estas líneas no hay aún resultados definitivos de las elecciones que muchos catalanes, no solo el inconsistente liberal Artur Mas, consideran  como un plebiscito para pronunciarse sobre si quieren o no independizarse de una España con la que poco tienen en común. No se trata tan solo de la economía, que la mayoría de españoles consideran insolidaria porque Catalunya cree que no debe participar con un dinero que necesita al desarrollo de otras regiones, que también. Es que lo catalanes son distintos a los castellanos. Valga un dato, durante el siglo XIX y  comienzos del XX, en tanto los terratenientes de las dos Castillas, esas tierras que se arrogan la exclusividad del españolismo, se dedicaban a cazar, asistir a los toros e irse de putas, los catalanes construían Liceos y teatros.

Posiblemente los catalanes también frecuentaban lo que se dio en llamar ‘casas de lenocinio’, pero en lugar de cacerías y corridas de toros acudían a la ópera o a conciertos en el Palau. El famoso teatro del Liceo fue construido a partir de 1837 con las aportaciones de accionistas particulares, industriales de todo tipo que suplieron con sus contribuciones la falta de apoyo institucional. También el famoso Palau de la Música, se levantó gracias al empeño y el dinero de industriales y financieros catalanes, ilustrados y amantes de la música, estamento que sesenta años antes ya había financiado el teatro de ópera y ballet Gran Teatro del Liceo.

A estas horas, en Madrid, los españolistas se manifiestan en contra del resultado de las elecciones catalanas, en una muestra más de la falta de respeto y reconocimiento a los derechos del pueblo catalán. No ayudan esas actitudes, las amenazas de Gobierno de Raxoi llevando a cientos de policías con propósitos desconocidos, o las palabras del ministro de Exteriores hablando de llevar a los tanques a un entendimiento entre el nacionalismo españolista y el nacionalismo catalán. No se tendrán puentes con Catalunya con esas actitudes ni se resolverá un problema que se arrastra desde hace trescientos años.  

Cierto es que Mas es la otra cara de la moneda ideológica de Raxoi. No existe más diferencia entre ambos que la genérica que existe entre un terrateniente o constructor castellano y un industrial catalán. El primero será más bruto y menos ilustrado, el segundo más aseadito y de apariencia más democrática. Aunque en el fondo ambos sean la misma cosa, y en sus similares políticas de recortes en sanidad o educación están las pruebas. En el medio de ese sinsentido de a ver cuál de ellos se lleva el gato al agua,  el pueblo catalán sigue aspirando a que le dejen ser diferente, tan diferente como para construirse con su dinero teatros de ópera mientras el resto de españolitos construían plazas de toros.

Y todo esto sucede cuarenta años después de los últimos asesinatos perpetrados por el régimen fascista del general Franco, investigados por una jueza argentina porque en el país de la falsa transición todos los protagonistas del supuesto ‘cambio’ se aliaron con los asesinos para que sus crímenes quedasen impunes. El torturador ‘Billy el niño’ se pasea impune por las calles de Madrid y los responsables de los crímenes de Vitoria siguen contando con coches oficiales y despachos pagados por los ciudadanos. ¿Han pasado cuarenta años? ¿De verdad?

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