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La tradición de la crueldad en las fiestas, o un pueblo de cafres en un mundo de malvados.




Foto de Sergi Cámara tomada a eldiario.es
Escribir estos días sobre la crueldad con los animales puede parecer frívolo en un continente, Europa, en el que cientos de personas están muriendo por la cerrilidad de unos gobernantes a los que tan solo les preocupa la cuenta de resultados de sus bancos, ajenos al dolor, a los Derechos Humanos y a todo cuanto diferencia al ser humano de los monstruos nazis. Porque lo que sucede en Europa con los refugiados sirios es tan solo similar a lo que hicieron los seguidores de Hitler, de modo que pareciera que al cabo de setenta años aquel mal pintor bajito y frustrado y sádico, ganó la guerra e implantó el Reich de los mil años, personificado en el presente por la fhüreresa Merkel y sus colaboracionistas europeos.

Mas como esta bloguera no cree en chivos expiatorios, en los farmakós de quienes, cuando se da un acto de sadismo, de crueldad o de irracionalidad contra los animales recuerdan, solo entonces, el dolor y las tragedias que sufren algunos humanos, generalmente víctimas de la misma ideología que justifica la barbarie, la crueldad y los actos irracionales o malvados, voy a hablar de la crueldad, la brutalidad, la indiferencia, e incluso la estulticia de quienes celebran fiestas estúpidas sin reparar en sus consecuencias.

En esta Españistán de celebraciones absurdas, siempre en honor de santos de palo, hijas de la superstición y la intrínseca brutalidad de los pobladores de muchos pueblos sumidos en la estulticia y la barbarie, es muy frecuente oír, a quienes nunca se preocupan por las tragedias humanas, reprochar que haya personas que nos preocupemos por el respeto a los animales y al planeta, aludiendo a las tragedias que sufren nuestros congéneres. Aunque a la hora de votar en unas elecciones siempre se inclinen por quienes profundizan en la desigualdad y el desamparo de los que compadecen solo cuando se trata de justificar su indiferencia, o participación, en el maltrato animal.

En estas fechas las redes sociales arden en críticas y recogida de firmas contra un espectáculo sádico, vergonzoso y cruel, el que llevan a cabo los vecinos de un pueblo de la Castilla profunda y beata, Tordesillas. La barbarie conocida como “El toro de la Vega” escandaliza a propios y extraños, excepto a las autoridades que lo fomentan y permiten, con el estúpido argumento de que se trata de una tradición, como si el tener esta categoría justificase tal extravío.  

Aunque ese espectáculo en el que participan una serie de tipejos descerebrados y sin alma, psicópatas zafios que una vez al año sacan a pasear su brutalidad y sus frustraciones, no es el único que estremece a las personas, dado que, quienes participan en esos sangrientos aquelarres no pueden esperar que se les califique como tales, sino más bien como descerebrados bípedos implumes carentes de la facultad de pensar.

Todos esos seres que participan o jalean la atrocidad del Toro de la Vega, las salvajes torturas a las que en algunas localidades someten a bebés de toros o vacas, en lo que llaman ‘becerradas’ en las que torturan con saña a esos animales, no son sino enfermos mentales peligrosos a los que las autoridades habrían de poner coto a su salvajismo y procurar su tratamiento psiquiátrico. Mas los políticos que fomentan esas atrocidades en nombre de la tradición o un torticero concepto de la españolidad -que hace que muchos deseemos ser apátridas en el caso de que sea cierto que lo español se identifica con el sádico divertimento de hacer sufrir a indefensos animales por diversión-, suelen inclinarse por recibir la complacencia de esos malnacidos sádicos antes que por educarlos, como sería su obligación.

Defienden, los biempensantes defensores de los sufrientes humanos, los mismos que justifican las cuchillas en las vallas fronterizas porque no se puede dejar pasar a todo el mundo, que las salvajadas con los animales, especialmente con los bóvidos, ya sean adultos o cachorros, generan mucho dinero. Argumento falaz, porque esa miseria solo supone un 0.02 % del PIB, una nadería que dejaría en el paro tan solo a una mínima proporción de psicópatas descerebrados a los que se podría dar algún curso de formación, de esos que tanto dinero han dejado a corruptos de toda ideología y pelaje, para que se reciclasen y aprendiesen a poner ladrillos o apretar tornillos, en caso de que su CI lo permitiese.

Algo muy preocupante le sucede a un pueblo que se divierte con el sufrimiento animal, que justifica el mismo con el argumento de que hay humanos que sufren, por los que no suelen preocuparse sino para justificar su barbarie, que confunde la superstición y las tradiciones bárbaras con su identidad nacional y que cifra su patriotismo en verter la sangre de animales indefensos.

Y que, cuando idea fiestas en las que no se torturan animales como en Buñol, se divierten arrojándose tomates cuyo cultivo supone un gasto de agua desmedido, para arrojarlos por las calles y rebozarse en un sucedáneo vegetal de la sangre.

Son una mínima proporción de habitantes, el problema está en que hay partidos políticos, como el PP y el PSOE, que les jalean a cambio de unos cuantos votos manchados de sangre animal. Y que, tan brutales como los que practican esas torturas, son, además, indecentemente inmorales.






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