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Blasco a la cárcel, Barberá a su casa, y Felipe González dando la vara.



En estos últimos días de primavera parece que empieza a oler a limpio en el País Valencià. Es ese mismo aroma que, al principio de la estación, impregna el ambiente de olor a flores y de aires nuevos. Ahora, tras las elecciones del 24 de mayo, ese olor se extiende por las instituciones valencianas, que a buena falta estaban de ello. Con la firma del Pacto del Botanic se confirma, después de días de incertidumbre, rabia y frustración ante el miedo de que los personalismos se comiesen las esperanzas, que tras veinte años los valencianos nos hemos librado de la corrupción y de un govern beato, interesado solo en sus negocios y que, durante lustros, saturó la política de latrocinios y secretos vergonzantes. 
 
Con los aires de los nuevos tiempos coincide el fallo del Tribunal Supremo, que confirma la sentencia de seis años de cárcel a Rafael Blasco, el tipejo que desviaba los fondos ‘para los negratas’, a su bolsillo y el de sus amigos. Rafael Blasco es un verdadero paradigma de político del PP. Tránsfuga desde su juventud, transitó desde el antifranquista FRAP al más reaccionario PP sin que se le moviese una ceja al tiempo que abultaba sus bolsillos. Fue expulsado del PSOE de Lerma por corrupto, aunque supo, con las habituales trampas judiciales de los personajes como él, sortear a la Justicia. Desde su expulsión del PSOE se lanzó a una campaña de acercamiento al PP, primero restándole votos con su PSI que fracasó estrepitosamente, y luego con su proyecto de Convergencia Valenciana. Conseller de Presidencia y de Obras Públicas y Urbanismo con el socialista Lerma, de Trabajo y Bienestar Social con Eduardo Zaplana, de Sanidad y Solidaridad y Ciudadanía con Camps, Presidente del Grupo Popular en las cortes hasta su cese por el proceso del escándalo de la cooperación, el que ahora lleva a la cárcel a este paradigma de político corrupto. Y no solo él, su esposa, Consuelo Ciscar, podría ser investigada porque el IVAN, bajo su dirección compró infinidad de obras de arte por un 15% superior a su valor de mercado. Y aún colean las dudas sobre la obra de un artista chino prácticamente desconocido. 

Blasco hizo de todo para agarrase al poder de la misma manera que una lesiva garrapata, con el propósito de succionar la sangre de lo público. Aunque no fue el único. En el futuro, cuando el nuevo Govern empiece a levantar las alfombras, se podrá constatar todo cuanto robó un poder al que lo único que interesó fue su propio lucro y el de sus corifeos y dio sádicamente la espalda al pueblo. 

Al verse despojados no solo de su modo de vida, sino de una vida de boato, oropeles y prepotencia, los líderes del PPCV no aciertan con la mano en la herida, y andan lanzando los rugidos agónicos del dragón al que atravesó la lanza del San Jorge de la libertad. Rita Barberá, que no recogerá su acta de Concejal por no traspasar el poder a Joan Ribo, hizo suyo el discurso de Esperanza Aguirre, y lanzó las habituales amenazas y lamentos, augurando el fin de la democracia y de la libertad. Es cierto, ha llegado el fin de su particular democracia, hecha de aplastantes mayorías y abusos, contratos secretos, prepotencia y despilfarro de lo público para goce propio. Los nuevos gobernantes, aún antes de ocupar sus despachos han dado una lección a los despilfarradores populares: El ágape con el que hasta ahora se inauguraban las legislaturas, y en el que hace cuatro años gastaron cerca de dieciocho mil euros, no se celebrará y esa partida se destinara a comedores sociales. 

Eso es, para los populares valencianos ‘demagogia’, no ser demagogos consistía en gastar cerca de cuatrocientos mil euros en gastos de representación porque a Rita Barberá no le gustaban ‘las cutrerías’. A las que condenaba a los valencianos negándoles sus derechos. 

Buena Rita y equipaje, buen viaje. 

Y al tiempo, Felipe González, el traidor a las ideas socialistas si es que alguna vez las tuvo, tras su fallido viaje a Venezuela, donde más que nada hizo el ridículo, se dedica a lanzar obuses contra su propio partido por los pactos de progreso que ha firmado en Ayuntamientos y Comunidades. A Felipe González le hubiese gustado más un pacto con el PP, con los económicamente suyos. No sea que se ponga en peligro en un futuro su muelle puesto en el Consejo de Gas Natural.

Como el mafioso que parece desde hace años, proclamó, para desprestigiar a Podemos –su bestia negra, igual que lo es para la ultraderecha- que “tengo más información de la que se dispone en España”, para tildar al partido de Pablo Iglesias “monaguillos del chavismo”. Habría que preguntarle a González de quién es él y fue ‘monaguillo’ a lo largo de los años. Muchos dicen que de la CIA, o de la socialdemocracia alemana, o de ambas. Siempre para frenar el socialismo y las libertades en España, capitaneando una falsa transición que no fue sino una estafa al pueblo y una alianza con el franquismo. 

Ahora se arroga el papel de estadista para advertir a los ciudadanos, con su ‘prestigio’, que se niega reconocer que ha perdido, que la fragmentación de partidos es mala y hace ingobernable el país, arremete contra Podemos, contra Beppe Grillo o contra todo lo que suponga un aire nuevo que no acepte lo que ese pacto entre la derecha y el socialiberalismo impusiera durante años. 

Fraudulento defensor de libertades, Felipe González se presentó en Venezuela para defender a los antichavistas. No hace lo mismo en su país, donde no movió un dedo para defender a jubilados gallegos procesados por protestar contra las preferentes, a los jóvenes condenados a penas de cárcel por manifestarse contra las injusticias del poder o reclamar derechos laborales. Tampoco ejerce de adalid de la libertad en Arabia Saudí, donde el bloguero Raif Badawi fue condenado a mil latigazos y diez años de cárcel por criticar al régimen feudal de ese país, amigo del capitalismo y las petroleras. A ese país solo va a hacer negocios con sus sátrapas. 

Felipe González estuvo engañando a los ciudadanos durante años, y ahora, en la recta final de su vida, parece que no renuncia a seguir dando la vara y mintiendo como un bellaco. Aunque ya no engañe a casi nadie. 



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