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El maltrato animal en la España de caspa y sacristía.


La atrocidad que perpetran en Tordesillas con motivo de sus fiestas en honor de la Virgen de la Peña, persiguiendo y alanceando a un desdichado bóvido supuso, desde pocos días antes de la barbarie, a los días posteriores, que los abusos que se perpetran contra los animales en todo el país se convirtiese en asunto de actualidad e incluso de debate político. 

Los medios, incluido el progubernamental El País, cargaron contra esa bárbara mal llamada tradición y el domingo ese diario publicaba un articulito, un tanto superficial, sobre la relación de las fiestas en honor de santos y el maltrato animal. 
 
El asunto es mucho más profundo como para liquidarlo, como hace el diario de Prisa, en un breve comentario. Porque detrás de la mayoría de atrocidades y tortura animal en festejos populares está una secta católica que lleva en su ADN la falta de respeto por el reino animal y su desprecio por el dolor de lo que llaman ‘bestias’. El santo de Asís, Francisco, cuyo nombre adoptó el actual Papa, no es sino una anomalía en la historia de la religión cristiana, en las religiones semíticas en general, aquellas que tienen su origen en El Libro de los semitas, desde el que, en sus primeros tiempos, proclamaron que los animales no son más que las plantas y las piedras, puestas por su Dios para que el hombre dispusiese de ellos.
El zoólogo británico, Desmond Morris –autor del famoso Mono Desnudo-, explicaba esa siniestra situación en su libro, publicado en 1990, ‘El contrato Animal’ de la siguiente manera: “Al dar al hombre el dominio sobre todas las formas de vida, Dios aparentemente no deja lugar a dudas en cuanto que podemos hacer por ellos –(los animales)- mas o menos lo que nos plazca, ya que sin duda no tenemos parentesco cercano con los animales. Este fue el punto de partida. Desde entonces se desarrolló una tendencia en el pensamiento cristiano que condujo a terribles crueldades en siglos posteriores”. 
Y así seguimos, sobre todo en los países mediterráneos, en España, sur de Francia y Portugal, donde el cristianismo, aliado de la incultura del pueblo y la perpetuación de ritos de la más remota antigüedad, sigue enrocado en prácticas terribles en honor de sus santos de palo. Existe un largo y triste catálogo de pueblos en los que, en honor a sus vírgenes y santos, se maltratan animales para solaz de pueblos ágrafos, jaleados por sus dirigentes y su clero. Toros, aves, cabras, roedores, caballos, burros, cerdos…, cualesquiera formas de vida animal sirven a cientos de miles de zoquetes, casi siempre beodos, y jaleados por sus autoridades políticas y eclesiásticas, para cometer las más abyectas fechorías contra indefensos animales. Luego ofrecen al santo los despojos, visten a las vírgenes con los capotes con los que torturaron a los toros, y, unida la barbarie y la beatería, mantienen vigente una España atrasada, beata y cruel que concita el rechazo de la España moderna de las grandes ciudades, pero aún anclada en la incuria, y el fanatismo en miles de pueblos de nuestra geografía. 

Alentados por las autoridades políticas de cualquier signo -porque alcaldes y ediles saben que la crueldad da votos, del mismo modo que saben que los vecinos perdonarán sus latrocinios si les ofrecen pan y circo-, aliados con la secta católica que pesca fieles y limosnas –como si no tuviese suficiente con los trece mil millones que el Gobierno hurta de las arcas públicas para entregárselo a ella- torturan tiernos cachorritos de toro, masacran inocentes aves, torturan gansos o cabras. Da igual la especie, el caso es rendir culto a su barbarie ancestral, dejar salir, por unos días, su vileza y sadismo sin que nadie se la reproche. 

Los curas de esos pueblos, que con sus hisopos bendicen tales tropelías participan de la crueldad con el entusiasmo de los ignorantes, con la zafiedad de los impunes, ignorando hasta las normas que dio en el pasado su propia iglesia. Porque existe una bula, la "De salutis gregis Dominici”, promulgada el 1 de noviembre de 1567 por San Pío V y jamás derogada, en la que se calificaba los espectáculos taurinos de obra "no de hombres sino del demonio", que prohibía participar en las mismas, negando sepultura eclesiástica a los que pudieran morir en el coso. 

Mas en España es ignorada por el clero, dado que, desde su emisión, se procuró que permaneciese ignorada, incluso en los años inmediatos a su publicación. En realidad nunca llegó a hacerse pública para el pueblo por mor de la intervención de Felipe II, y ello a pesar de la orden expresa de que en las misas se diera a conocer: "... apelando al juicio divino y a la amenaza de la maldición eterna, que hagan publicar suficientemente nuestro escrito en las ciudades y diócesis propias y cuiden de que se cumplan, incluso bajo penas y censuras eclesiásticas, lo que arriba hemos ordenado".
 
En el caso del muy devoto Felipe II, como el de tantos creyentes de esta España anclada en la caspa y la cerrilidad, pudo más el deseo de preservar unas bárbaras tradiciones que la de obedecer lo dictado por el Santo Padre de los católicos. Seguramente con el mismo criterio que  aplican en la actualidad los políticos que no se oponen a la barbarie por no perder votos, por mucho que la infinidad de ciudadanos sean contrarios a tales prácticas, como se recoge en la prensa y las redes sociales. 

Mas esa España ignara y sádica, repartida por la geografía nacional, de elementos ágrafos, también da votos y los gobernantes prefieren recaudarlos antes que actuar como personajes civilizados. Y es que este pueblo, incapaz de levantarse ante los abusos y la falta de libertad, es capaz de amotinarse contra sus gobernantes si les tocan sus ‘sagradas tradiciones’. Conocidas son las razones de los amotinados madrileños ante el bando del ministro del rey Carlos III, el Marqués de Esquilache, cuando quiso modernizar y limpiar la capital y prohibir el uso de ropajes que suponían un riesgo para la salubridad y la seguridad. También fueron frecuentes, en muchos pueblos de este país, y no solo en la etapa pseudemocrática, motines en diversos pueblos, cuando algún regidor, presa de un ataque de civilización, intentó prohibir los desatinos de la barbarie.  

Los gobernantes actuales no se atreven a poner coto a tanta barbarie como recorre nuestra geografía. Es más, el actual partido en el Gobierno defiende, subvenciona y legisla a favor de las más abyectas tradiciones taurinas, entrega a la mafia de los tauricidas millones de euros que deberían destinarse a protección social, y alardea de que tamañas salvajadas son el paradigma de la Marca España. 

La crueldad contra los animales desaparecerá de este país cuando dejen de dar votos semejantes aberraciones. Aunque, como tantas otras situaciones que millones de ciudadanos desaprobamos en este país, el maltrato animal solo desaparecerá  educando desde los más jóvenes a los más ancianos, a través de una Educación Pública no sometida ni los intereses del dinero ni a los de los de la secta católica. Entre tanto, esta será la España de la beatería, la cerrilidad y la caspa.
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