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La resaca de la proclamación: De la represión policial a lo que calló el rey.


Los medios de papel, desde El País a La Razón, desde la Vanguardia a El Heraldo de Aragón, desde El Mundo a La Voz de Galicia, todos ilustraron su portada, al día siguiente de la proclamación de Felipe VI, con la misma foto: la de los dos reyes besándose en armonía paterno filial. Muy conmovedor, de no haber sido porque la jornada de la proclamación supuso que Madrid fuese tomada como si, en lugar la proclamación de un rey supuestamente constitucional, protagonizase la entronización de un dictador. 

 
Desde los tiradores en los tejados a la inconstitucional prohibición de paso a quienes portaban cualquier símbolo republicano, por muy diminuto que fuese, Madrid  fue una ciudad ocupada durante los actos de proclamación de Felipe VI. La policía, a las órdenes de Cristina Cifuentes y Jorge Fernández Díaz, actuó contra los ciudadanos con similar brutalidad a la que emplean los agentes de las dictaduras bananeras: identificando, prohibiendo el paso a determinadas calles –la Constitución reconoce el libre derecho de circulación a todos los ciudadanos por el territorio nacional (art. 19)-, golpeando con saña y deteniendo a quienes intentaron ejercer su derecho de reunión y manifestación (art. 21)  reconocidos en esa Constitución que el nuevo rey insistió mucho en invocar para que se le reconociese legitimado por ella. 

Las fuerzas encargadas de mantener -como gusta decir al fascistoide Ministro del Interior, Jorge Fernández-, ‘el orden público’ llegaron a extremos tan abusivos como retener y golpear a una joven delante de su hijo de tres años, prohibir el paso a una mujer que llevaba prendida en su ropa una escarapela tricolor y placar, como los verdaderos cafres que son, a un indeterminado número de ciudadanos, con el argumento, según el SUP, de que cumplían órdenes. No deben haberse enterado tan intrépidos agentes de que la ley protege a quienes desobedecen una orden injusta o contraria al ordenamiento constitucional. 

Los mismos medios que ilustraron sus portadas con idéntica fotografía, coincidieron en alabar con cortesana admiración el discurso del nuevo rey, escrito por el Gobierno, supervisado por la Zarzuela y por fin, con pequeñas aportaciones del matrimonio real. Seguramente se debe a la repipi reina consorte la frase cervantina incluida en el discurso regio; en el que se olvidó por completo de esos miles de españoles que al cabo de setenta años yacen en cunetas y fosas olvidadas y a sus descendientes. Si de verdad quisiera el nuevo rey serlo de todos los nacidos en estos territorios plurales en los que según él ‘cabe todo el mundo’ tendría que haberse acordado de todos aquellos que aún sufren la humillación del olvido y de la falta de reconocimiento de un Estado que no ha hecho nada hasta el presente por rendir homenaje a quienes lucharon por la libertad, el orden establecido y la dignidad de un país arrasadas por un dictador genocida que contó con la colaboración de personajes tan abyectos y condenados como Hitler y Mussolini.

Del mismo modo que rindió homenaje a las víctimas del terrorismo etarra, debiera haber mostrado su respeto y recuerdo para con las víctimas del genocidio franquista, del terrorismo de Estado que presidió la vida de este país durante cuarenta años. Cabria suponer que este rey, que tanto hincapié hizo en su condición de monarca constitucional, no está atado a gratitudes y sometimientos a la dictadura como su abdicado padre. Felipe VI perdió una ocasión de oro para hacerse respetar por millones de españoles, hijos y nietos de quienes el dictador genocida, quien elevó a su padre a la Jefatura del Estado, humilló, persiguió y asesinó. 

Mas parece que a Felipe VI no le interesan los defensores de la dignidad y la libertad y se siente más cómodo y cercano a personajes como banqueros, empresarios del IBEX, periodistas cortesanos, deportistas e incluso toreros. No hubo más que ver qué clase de gente acudió al ágape del Palacio Real, en el que la intelectualidad –si es que existe en este país- brilló por su ausencia. 

En el mismo día de su proclamación, el recién entronizado rey dio la razón a quienes piensan que los Borbones son una casta carente de sensibilidad social, sentido de la ética y descaradamente afines a la ultraderecha. Que nadie se llame a engaño.  


  
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Comentarios

  1. Que nadie se llame a engaño, efectivamente, por mucho que quieran hacernos ver que todo es normal y constitucional ¿constitucional? Me parto de risa.

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