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Crueldad, impunidad e indiferencia de las autoridades: El maltrato animal no interesa en este país atrasado



“Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales”   Mahatma Gandhi   

No hay duda de que la frase de Mahatma Gandhi es una verdad innegable, de modo que, si un país, ciudad o pueblo muestra una total indiferencia con el sufrimiento animal y la forma impune con la que actúan algunos seres que, perteneciendo al género humano no pueden ser considerados como tales, algo no funciona bien en esa sociedad. En este país, de charanga y pandereta, la beatería y la crueldad van juntas desde hace siglos y las festividades religiosas se trufan de bárbaros jolgorios de crueldad perpetrados contra las mas variadas especies animales, desde toros y caballos a pequeñas aves o roedores. Cualquier ser vivo sirve a mentes enfermas que, amparándose en el torticero argumento de la tradición, cometen toda clase de atrocidades con las bendiciones de la secta católica y la aquiescencia de los políticos que, independientemente del partido tradicional al que pertenezcan, anteponen un egoísta electoralismo a criterios de respeto para con los animales. 

El argumento para justificar la crueldad con los animales es variado. Va desde la invocación de la tradición como enseña de los valores patrios que hace la derecha, a la indiferencia de la izquierda tradicional que argumenta que habiendo tantos problemas como sufren los humanos es una frivolidad preocuparse por los animales. Las cosas están cambiando, como en otros tantos conceptos, con partidos como Podemos, en el que el criterio de protección con los animales se incluye en sus presupuestos éticos. Es la única formación cuyos líderes hicieron declaraciones a ese respecto durante la campaña electoral de las elecciones europeas y que cuenta con un Círculo animalista en el que se engloban asociaciones de defensa de los animales y contra los espectáculos taurinos. Sin embargo, los políticos tradicionales y el rey Juan Carlos hicieron siempre alarde de su afición por la salvajada patria por excelencia, al igual que los ministros del actual gobierno, que identifican su ralo patriotismo con esa brutalidad, o representantes de la supuesta izquierda, como Felipe González o Alfonso Guerra, que alardearon siempre de su inclinación por tan salvajes espectáculos. 

Alcaldes de pueblos donde se celebran verdaderas tropelías, desde el de Tordesillas, con gobierno local socialista, donde se alancea salvajemente a un toro todos los años, o los regidores de pueblos como los galegos donde se lleva a cabo cada año la salvaje e injustificada ‘rapa da bestas’ en la que se cortan gratuita y bestialmente las crines de caballos salvajes, a los de los valencianos El Puig o Biar donde la celebración consiste en maltratar y dar muerte a inofensivos roedores, pasando por las localidades de Cazalilla en Cádiz oVaar en Baleares donde se maltratan aves, y las incontables localidades donde la ‘fiesta’ consiste en arrancar el cuello a un ánade viva, la relación de atrocidades patrocinadas con dinero público es inacabable. 

Un paradigma de la crueldad bendecida por la secta católica es la Romería del Rocío, en la que cada año mueren decenas de caballos, reventados de cansancio y sed, a los que quienes los montan abusivamente abandonan agónicos en los caminos, sin que las autoridades intervengan ni los representantes eclesiásticos hagan reproche alguno. Ahítos de alcohol y beatería, los participantes en el aquelarre que se celebra en Almonte, no muestran la menor empatía con los animales a los que torturan, no son para esos cafres impregnados de fervor religioso sino objetos de usar y tirar cuando no rinden; cosas y no seres vivos. Imbuidos de la doctrina católica etnocentrista que asegura que los animales fueron puestos en el mundo por su dios, someten a los équidos a brutales abusos, sin el menor remordimiento. Y sin que las autoridades que, supuestamente, velan por la protección animal, como el Seprona –Servicio de Protección Medioambiental de la Guardia Civil-intervengan para evitar semejantes atrocidades, bendecidas por los clérigos que presencian con indiferencia los abusos contra la integridad de los caballos. 

En el capítulo de la lucha contra la crueldad, ni políticos ni jueces, se significan como perseguidores de las tropelías que llevan a cabo diversidad de malnacidos que obran con la impunidad que les otorgan quienes tendrían que perseguirlos. Desde hace años los defensores de los animales reclaman una mayor dureza en el castigo de la crueldad con los animales, más ni los legisladores atienden tales peticiones, ni, en la mayoría de los casos, los jueces imponen sentencias ejemplarizantes. Al contrario, los hay tan insensibles como el magistrado murciano que no consideró que fuese maltrato animal arrojar a un perro a un pozo de treinta metros para que muriese en él. 

En algunos casos la crueldad de mucho sinvergüenza queda impune por la mera laxitud y vaguería de las autoridades. En la alicantina localidad de Torrevieja tuvo lugar un suceso que resulta paradigmático a la hora de constatar la dejadez de responsables políticos y policía local: Una tarde de verano una pareja de jóvenes que andaban pescando cangrejos en la costa encontraron entre unas rocas el cadáver de un perrito de raza chihuahua, ahogado, atado a una bolsa de plástico llena de piedras de buen tamaño. 

Los jóvenes se dirigieron a una persona mayor para preguntarle a quién se podía avisar,
pensando que si algún niño veía el cadáver del desgraciado animalito podía sufrir un shock. Esa persona llamó por teléfono a la centralita de la Comandancia de la Guardia Civil. Quien atendía el teléfono, sin una sola expresión de comprensión a la horrorizada llamada de quien denunciaba un execrable hecho de maltrato animal, se limitó a decir que acudiera al puesto más cercano a poner una denuncia si sabía quién era el autor de los hechos. No se trataba de eso, en primer lugar porque no sabía quién era el desalmado que había perpetrado la atrocidad, en segundo lugar porque lo que la persona que llamaba pedía era que se personase el Seprona para hacerse cargo del cadáver del animal para identificarlo si tenía chip. Al final, y tras varios minutos de tira y afloja, el agente de la centralita accedió a pasarla con el cuartel más cercano. Desde allí enviaron a dos agentes.

Y de nuevo se puso de manifiesto que la indiferencia hace imposible que se pueda poner coto a las barbaridades que perpetran algunos desalmados, porque el asunto era un problema de competencias. El Seprona no se ocupa del maltrato de animales domésticos, informaron, ‘eso depende de la Policía Local’. En consecuencia llamaron a ese cuerpo. Y de nuevo la inanidad se antepuso a la ley, y los policías locales se negaron a acudir al lugar porque, inmersos en una batalla contra los políticos locales, solo atienden las llamadas que les interesan. 

Así, la policía local no acudió a comprobar si el animalito masacrado tenía chip que identificase al dueño y fue posteriormente retirado por los servicios de limpieza. La Guardia Civil dijo dar con él, pero cuando la persona que encontró el desdichado perrito se lo comunicó a la responsable política en el Consistorio, esta argumentó que los agentes no le iban a dar los datos “porque eran confidenciales” y no podía hacer nada. La sospecha más que fundada de que el autor de la barbarie era el propio dueño, o el marido de la dueña, del infeliz can y el hecho de que aún tienen animales a los que podrían seguir infringiendo malos tratos, no conmovió a la edil. Los asuntos de crueldad con los animales no son rentables políticamente hablando porque la mayoría de electores no plantean problemas con esos asuntos, que suelen ser considerados por un masa insensible como ‘temas de poca importancia’, un ‘asunto de locos’ o de solteronas histéricas. 

Hasta que no cambien esos conceptos en este país de cafres no cambiarán las cosas, los políticos de la casta seguirán protegiendo y subvencionando las barbaries, los cuerpos de seguridad mirarán para otro lado, porque la mayoría considera que asesinar a un perro o un gato no es un delito. Y la mayoría de la gente, hija de tradiciones e inculturas, de consignas repetidas durante siglos por la secta católica, permanece indiferente a tanta brutalidad. 

De manera que aún parecen faltar lustros para ser, como pretendía Gandhi, en un país civilizado. 

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Comentarios

  1. Espero que falte menos, jajaja No estoy para aguantar siglos esperando el resultado de nuestra lucha jajaja
    Lo conseguiremos, aunque se resistan a abrir los ojos a la luz, tras las primeras molestias de ceguera se van adaptando a duras penas. Como nosotras ¿no? Un abrazo

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  2. Estoy de acuerdo con Frana. Luchando, resistiendo con tenacidad lo lograremos. Estoy seguro Luisa, Un abrazo

    ResponderEliminar

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