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País valencià: Corrupción, beatería, toros, machismo y meninfots



Podía decirse que el llamado ‘Regne de Velència’ es el reino del desafuero y la extravagancia, junto con una corrupción intolerable que dejó las arcas públicas en estado de coma ya hace años. Allá donde se fije la atención sobre los territorios levantinos al sur del delta del Ebro no se ve más que corrupción e incuria; chocarrería de la peor especie. La Ejpaña eterna condensada en unos territorios asolados por casi veinte años de gobernantes que han procurado la zafiedad y la incuria, el despilfarro con el dinero de todos, la beatería como imposición y enseña oficial de un régimen autárquico, integrista y corrupto. 
 
El ‘régimen’ valenciano se descompone, agoniza con estertores de dragón moribundo que arrasa cuanto existe a su alrededor, a la par que se agarra a los meninfots –en valenciano persona que no se queja de nada, que todo le viene bien, a la que le da igual lo que pase a su alrededor, que jamás se rebela por muy malo que sea lo que suceda, aunque le afecte a ella misma- como seguro para mantenerse un par de lustros, o cuanto se tercie, en el poder para seguir robando a manos llenas como viene haciendo desde hace casi veinte años. Aunque empiecen a aflorar en el presente asuntos que vienen de atrás, maniobras corruptas de un Govern, el de Camps, que vació las arcas públicas si freno ni medida, cual sátrapa inmoral. 

Aparecen ahora, por decisión judicial, los ilegales contratos ‘confidenciales’ que nunca debieron serlo, firmados por el impresentable ‘curita’, Francisco Enrique Camps Ortiz, para la celebración de aquel desatino megalómano de la Fórmula1 en València que, según el nada honorable Camps, no costaría un euro a los valencianos. Aunque al final supusieron alrededor de 270 millones de euros, entre los abonos a Eccleston en concepto de canon, organización de las carreras, derechos de emisión abonados por la televisión supuestamente pública, RTVV, y la compra de Valmor, un invento fraguado desde el Consell con empresas valencianas  para fingir que la celebración del Gran Premio no era onerosa para los presupuestos valencianos. Valmor estaba formado por varias empresas, entre ellas la del sobrino de Juan Cotino, y Bankia, dueña del 33 por ciento, a la que Camps, la víspera de su dimisión, liberó de indemnizar a Eccleston si no se celebraba el Gran Premio de F1. Ante el fracaso del invento y lo costoso de su celebración, el sucesor de Camps, Alberto Fabra, perdonó a Valmor 14,7 millones de euros, la compró por un euro y firmó un compromiso de no denunciar las ilegalidades que encontrase. Es decir, firmó, entre otras cláusulas ilegales, que prevaricaría si hallaba algún pufo.

El contradiós de la Fórmula1, jaleada por los meninfots valencianos, los blaveros que solo quieren fallas, chorizos –de los de poner entre pan y de los otros- buñuelos grasientos, himnos, procesiones y toros, y cuanto supusiera saraos supuestamente gratis, fue una más de las operaciones corruptas que se dieron en el País valencià, junto con la trama Gürtel, los contratos con los clubes deportivos, o los gastos injustificables del aeropuerto de Castellón, gestionado por el convicto corrupto Carlos Fabra que, a cargo de la sociedad pública que administra el fantasmal aeródromo sin aviones, destinó 625.000 euros a organizar cinco torneos en el campo de golf de ese espacio, o el contrato también opaco de València Summit, al que el nada honorable exduque de Palma cargo, en resumen a los bolsillos de sus súbditos valencianos, mil euros en canguros para sus hijos, o 18.000 euros a una empresa de artes gráficas por, entre otros trabajos, puntos de lectura para los Valencia Summit; otros 272 para bolígrafos de ese mismo evento entre otros excesos de los que exhonorable Camps no se acuerda en absoluto.  

Por qué no ha estallado la sociedad valenciana, cómo es que no han salido los valencianos en masa a la calle a la vista de la dilapidación corrupta del dinero público es algo que no puede entenderse desde fuera.Mas conociendo a la sociedad valenciana, o a una buena parte de ella, a esa burguesía media de meninfots y blavers tan amiga de celebraciones de las que se prodigan en el cap y casal, es decir, al más puro estilo franquista, se entiende que suceda lo que sucede. Y así, este sábado pasado, cualquiera pudo ser testigo de unas secuencias que permanecen indelebles en el recuerdo de la niñez franquista de cualquiera: himnos autonómico y nacional salidos de los amplificadores de algunas iglesias, castillo de fuegos artificiales montado por alguna parroquia concreta y aun disparado desde lo alto de ella, procesiones con santo de palo, tipos a caballo, falleras con sus mejores galas, fulanas con mantilla y peina, de riguroso negro, y otras sin ella, pero tal que vestían las 'señoras' del pueblo cuando la fiesta grande en los años sesenta, todas las joyas encima, modelitos caros, aunque osados o coents - es decir, horteras o kitsch-, de los que solo se ven en València, cruz de mayo bendecida por párroco, y perlas, muchas perlas sobre cuerpos sin cerebro ni conciencia.

Son los mismos meninfots que celebran con grandes risotadas, o con fingido escándalo, el machismo soez que rodea a la crueldad de espectáculos taurinos; corridas, bous al carrer, bous encordats, bous a la mar o cuanta atrocidad se le ocurra a este pueblo de descerebrados sin conciencia que, como en la Vall d'Uixó, suman a la brutalidad tauricida la chocarrería de un machismo insoportable. Así en esa localidad unas peñas contratan una stripper para que recorra las calles en toplees, que es una forma elegante de decir que por todo atuendo viste unas minúsculas bragas, para desfilar anunciando el espectáculo de tortura. 

Ajenos al latrocinio de lo público, a los dramas de sus conciudadanos, como los familiares de las cuarenta y seis personas muertas en el accidente de Metro sucedido en 2006, cuando la televisión al servicio del Consell ocultó el siniestro para ‘ofrenar novas glorias al Papa’, y de paso que unos cuantos corruptos se embolsaran millones sobre el hábito de un santón, y la sangre de los valencianos muertos en un accidente que bien podría haberse evitado, o al de los dependientes a los que el Consell niega ayudas, los meninfots viven en un mundo aparte, de incuria e indecencia. 

La miseria moral que impera en el País valencià entre los políticos y una burguesía meninfot y ágrafa, beneficiaria en parte de los negocios opacos de la administración, y en general agraciada con desfiles religiosos y falleros, buñuelos y  charanga, grasa y música pachanguera, cirios y pólvora es la que propició la ruina de un país, comunidad o región, que se ahoga en deudas y pobreza, con una tasa de paro que supera el 27%, una deuda pública que dejó las arcas con tan solo telarañas, hija del derroche y latrocinio de unos políticos sin ética ni vergüenza, y la pasividad e ignorancia de unos súbditos, contentos con conservar el apartamento en la playa, el broche de brillantes y el collar de perlas que lucir en los saraos religiosos, símbolo de una beatería ridícula y esperpéntica.

Tal que sus gobernantes. 

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Comentarios

  1. Interminable el latrocinio de los fondos públicos y aquí nadie dimite y menos van a la cárcel. Una verdadera vergüenza de unos sinvergüenzas malditos y mal educados.

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    1. Así es Javier, esto es el reino de la impunidad, y lo más irritante es que hay una mayoría de valencianos a los que no les importa que les roben

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