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República: Seis años de responsabilidad, setenta y cinco de espera.



“Nosotros no hicimos sino recoger en nuestras manos, cuidadosamente, amorosamente, pacíficamente a España, a quienes esos hombres habían dejado caer en el arroyo”. Estas palabras pertenecen al libro de Miguel Maura, primer ministro de Gobernación de la República, en el libro ‘Así cayó Alfonso XIII’. En él Maura relata los años previos a la proclamación de la II República, años de descomposición democrática, de una dictadura, la de Primo de Rivera, amparada por un rey que decía del milico dictador ‘este es mi Mussolini’. Los hombres del primer Gobierno de la República, se habían constituido en Gobierno Provisional a partir del Pacto de San Sebastián, en una reunión celebrada en agosto de 1930  por los partidos republicanos unidos en la Alianza Republicana a la que unos meses después se sumarían el PSOE y la UGT. 
 
Los integrantes del pacto de San Sebastián personifican la responsabilidad y el patriotismo que siempre negó la derecha a los republicanos, aunque su responsabilidad y buen hacer permitió la constitución de la II República de un modo pacífico y entusiasta, iniciando un periodo de libertad y progreso que la historia escrita por los voceros de la dictadura ocultó y sigue ocultando. Mas la realidad de la historia, por mucho que los detractores de la II República quieran ocultarla está ahí, materializada en los avances sociales y culturales que protagonizó en los escasos años que existió, y a los que daría fin un golpe de Estado fascista amparado por Hitler y Mussolini, que contó, preciso es recordarlo, con la indiferencia de la misma Europa que ahora nos exige sacrificios y pérdida de derechos en nombre de los mercados. 

En el primer año de existencia de la República se construyeron diez mil escuelas de primaria, según informó a las Cortes el Ministro de Instrucción Pública, el socialista Fernando de los Ríos. La república programó construir una media de cinco mil escuelas públicas anualmente para combatir el analfabetismo que padecía más de la mitad de la población. Querían los republicanos acabar con la ignorancia endémica de un país gobernado durante siglos por caciques y curas, que volverían a imponer la ignominia que de nuevo se padece a causa de gobiernos que nunca tuvieron interés en que la población la adquiera porque esta hace a los ciudadanos libres y críticos en cuyo caso resultan peligrosos para los que gobiernan de espaldas a los intereses de la ciudadanía. 

Durante la II República se implantó el voto femenino, se legislaron leyes que permitieron que las mujeres, sometidas por una monarquía reaccionaria y una iglesia talibana –tal como las actuales- alcanzaran cotas de libertad que al cabo de ochenta y tres años se ven abocadas a perder, una vez más, a causa de un Gobierno de derechas como el actual, en alianza con la sempiterna reaccionaria secta católica que tanto conspiro en contra de la República junto con las fuerzas fascistas para imponer una dictadura que duró cuarenta años y que no concluirá del todo hasta que los ciudadanos de este país volvamos a implantar la III República. 

 ‘La gente bajaba entusiasmada por la calle Alcalá, la Gran Vía, Montera, la calle Mayor y del Arenal hacía la Puerta del Sol, enarbolando banderas republicanas y dando gritos entusiastas, sin un gesto de violencia, sin una palabra de venganza. Madrid era una fiesta democrática’ describía mi abuelo con añoranza año tras año de su vida, todos los 14 de abril.

La esperanza de ser un país como el resto de los europeos, libre, democrático y moderno se truncó con el golpe de Estado de los sediciosos fascistas que impondrían la dictadura y perpetuarían, dejando todo ‘atado y bien atado’ una monarquía que en poco se diferencia de la que los hombres de la República tuvieron que substituir por la dejadez y torpeza de un rey estúpido y clasista. 

Poco se diferencia el actual Borbón de su abuelo, aquel ‘señorito chulo madrileño’ como le define Miguel Maura en su libro ‘Así  cayó Alfonso XII’, porque como su antepasado, el actual rey gusta de borbonear, y a punto estuvo, según revelan diversos autores, no solo Pilar Urbano en su controvertido libro de reciente aparición, de contar el también con su ‘Mussolini’ en la persona de Alfonso Armada. 

Chabacano, reaccionario, inculto y clasista, el actual monarca no se diferencia en casi nada de ese abuelo suyo al que los españoles enseñaron el camino del exilio a causa de su irresponsabilidad y ausencia de respeto por su país y sus ciudadanos. Este rey, como su abuelo, hace alarde de su apoyo a una secta religiosa pese a la aconfesionalidad constitucional, las mujeres de su familia se arrodillan y besan anillos de obispos en exhibición de sometimiento a la secta católica. Y como su antepasado, este rey despilfarra el dinero que el erario público le entrega en acudir a corridas de toros y cacerías, alardeando de la misma insensibilidad zafia de su antepasado. 

Sus relaciones con empresarios corruptos y la acumulación de una fortuna que medios extranjeros cuantifican en una cifra cercana a los dos mil millones de euros, lograda en los treinta y ocho años de reinado, sus viajes con dinero público para promocionar negocios de grandes empresarios en el extranjero, ignorando las necesidades de un país que en la actualidad sufre privaciones y pérdida de derechos, le hacen muy similar al abuelo que solo trataba con aristócratas, ignorando a los intelectuales y científicos. En el presente, cuando los poderosos son los detentadores del dinero, como lo eran los detentadores de la tierra los aristócratas de los que se rodeaba su abuelo, Juan Carlos I dedica su amistad y su favor a esos poderosos, sin preocuparse para nada de las necesidades del pueblo. 

El día en que este país cuente con personas tan responsables, patriotas y desinteresadas como quienes recogieron en sus manos un poder devaluado y desprestigiado, muy similar al que ahora padecemos, ‘arrojado en el arroyo’ por un rey irresponsable y unos políticos serviles, será el día en que se proclame, para siempre, la III República.

Y está tardando.¡Viva la III República!

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