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La ‘españolidad’ de la señora Aguirre. O ‘español es el que no puede ser otra cosa’.



"Los españoles que quieren dejar de serlo luchan contra la Fiesta de los toros", dijo el otro día la señora (?) Aguirre, defensora de esos infames espectáculos que los valedores de la España retrógrada y brutal identifican con tradición y cultura. En este país de maximalismos, aquellos que no aceptan las tradiciones más ruines o las más abyectas creencias fueron calificados consuetudinariamente de ‘antiespañoles’ a lo largo de la historian creando con ello el efecto contrario al que pretenden porque, efectivamente, aquellos a quien con sentido de la ética o sensibilidad los nacieron en este solar patrio y se ven obligados a compartir la nacionalidad con esas gentes sienten que si quienes defienden tales posturas son españoles ellos pueden ser de cualquier otra nacionalidad o no tenerla.  O como dijo Cánovas del Castillo, lo son porque no pueden ser otra cosa*. 
 
Dijo la presidenta del PP de Madrid, paradigma de la derecha incivilizada de este irredento país, imposible de homologar con la de cualesquiera de los países europeos que, “lo peor son esos antitaurinos que lo son esencialmente por ser antiespañoles, que lo son porque saben muy bien que los Toros simbolizan mejor que nada la esencia misma de nuestro ser español y, por tanto, en su afán por acabar con España, buscan desprestigiar y, si pueden, prohibir los Toros por decreto”. La señora Aguirre (?), condesa consorte, arrogante, despreciativa y provocadora es, al igual que las ceremonias de brutalidad que defiende, un modelo de la misma esencia de la derecha retrógrada que personifica, la misma cosa abyecta y rechazable que esos ritos de irracionalidad que defiende como ‘esencia misma de su ser español’. 

Aparte del bochorno que causa esa mal llamada fiesta, tradición, cultura, o ‘esencia patria’ según Aguirre, existen millones de españoles, esos que lo son porque no pueden ser otra cosa, que tienen sobrados motivos para no querer serlo y basta para ello echar un vistazo a los titulares de la prensa diaria, incluso la menos sometida al poder, dado que de la lectura de tan solo alguno de ellos, sin siquiera profundizar en el cuerpo de las noticias, mueven a solicitar la condición de apátrida,  donde sea que se pueda solicitar.

 Avergüenza y repugna compartir nacionalidad con personajes que roban a manos llenas el dinero de todos, con políticos que engañan en todo y para todo –verbi gratia, Cañete diciendo que sus empresas no tienen relación con la administración aunque sea una falacia monumental- con administradores de lo público como los ediles del Ayuntamiento de A Coruña, que multan a los desdichados ciudadanos que se ven obligados a rebuscar en la basura para poder comer. ¿Cómo pretenderán que abonen la sanción esos politicastros sin alma, personas que han de rebuscar en la basura para encontrar una barra de pan húmeda o un jamón de York caducado para llevarse algo a al boca, si no tienen ni para acudir a una panadería y pagar una barra de pan crujiente y tanto mejor si es calentita? Puestos a ser sancionados lo que tendrían que hacer esas personas es asaltar restaurantes de cinco estrellas, esos que frecuentan los políticos que miran para otro lado ante las escenas de miseria si no es para multarlas, y arramblar con las delicatessen que salen de sus cocinas, porque si van a ser multados o perseguidos por la policía, al menos que sea con el estómago lleno y entonado. 

Nada apetece contar con el mismo pasaporte que esos políticos xenófobos que no conformes con privar del derecho a la sanidad de los inmigrantes han decidido joderlos por todo y con cualquier motivo. Así, el Ministerio del Interior, a cuyo frente está un individuo que al constatar que es español dan muchas ganas de pedir asilo político en casi cualquier país de la tierra, decidió incluir en la ley de inseguridad ciudadana –la seguridad es toda para ellos, los políticos decididos a criminalizar la protesta, la crítica y la constatación de sus iniquidades a través de la imagen- un artículo que impedirá que los inmigrantes sin papeles puedan llamar desde los locutorios a sus familiares o amigos. El anteproyecto de ley de Seguridad Ciudadana establece que "los servicios telefónicos o telemáticos de uso público deberán cumplir las obligaciones de registro documental e información". Estado policial se llama a eso. Argumentará el muy español ministerio del Interior que la medida está pensada para prevenir actos de terrorismo. Pero ya se sabe que tanta prevención acaba siempre vulnerando los derechos y las libertades de todos, haciendo que cualquier ciudadano resulte sospechoso. Máxima, no hay que olvidarlo, de los Estados fascistas. 

Si España es país de políticos corruptos, de banqueros ladrones que han causado más de un suicidio por desesperación, de patronos abusivos, esclavistas y codiciosos, de pobladores capaces de destruir el patrimonio cultural por capricho o divertimento, país de beaterías, procesiones, desmesuras, incuria, inclinados al feísmo, a la destrucción de la naturaleza por el ansia de lucro, o incluso tan solo por cerrilidad, de crueldad con los animales, de intolerancia con quienes no piensan como ellos, es evidente que hay que ser masoquista para desear pertenecer al mismo terruño, lengua, tradición y cultura que en la mayoría de los casos no es sino la acendrada incultura trabajada durante siglos por el señoritismo inútil, la cerrilidad, beatería y violencia de gentes abominables que, además, se creen dueños y guardianes de la una españolidad que provoca que se les diga que toda para ellos. 

No se equivoca Aguirre cuando dice que los antitaurinos quieren destruir España. Aunque no como ella lo entiende, sino porque los antitaurinos, que abominan por igual de la violenta fiesta como de la corrupción y la injusticia, de esa España cerril y ágrafa quisieran, sin duda, destruir ese país para cambiarlo por uno cuyos gobernantes fuesen honrados y civilizados, justos, cultos, generosos y empáticos, respetuosos con las personas y los animales, en lugar de lo que son, entre ellos, la señora Aguirre. No cabe duda de que si ser español es ser lo que ella y sus correligionarios representan, un alto porcentaje de españoles preferiría ser apátrida. 


*“Español es el que no puede ser otra cosa”: frase pronunciada por el político conservador Antonio Cánovas del Castillo, una de las figuras mas influyentes de la época de la restauración monárquica. Cuando en 1876 se discutía cómo definir la nacionalidad española en la Constitución promulgada ese año, tras la disolución de la I República por el golpe de Estado del general Pavía, harto de disquisiciones que no acertaban con las justas palabras, pronunció tan lapidaria frase.  

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Comentarios

  1. Con todos mis respetos por tu maravilloso artículo, permíteme que me cague por todo lo alto en todos los politicastros que ha tenido y sigue teniendo mi querida españa, esta España mía esta España nuestra.
    Un abrazo de osezno desesperado pero con esperanza de conseguir que se disipen todos estos mamones de mierda

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