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En memoria de Lanfia y de todos los seres humanos que mueren intentando llegar a un continente sin alma

Los veo por el paseo de la playa vendiendo relojes, ropa, bolsos, acarreando grandes sacos con los que corren al hombro, despavoridos, cuando los persigue una policía que no duda en apalearlos o en atropellar a cuanta persona se pone en su camino para lograr el fin de arrebatarles su mercancía con la que intentan ganarse unos pocos euros para sobrevivir; dicen las autoridades que hacen competencia desleal a los comerciantes que pagan sus impuestos. Con todo son los afortunados que consiguieron atravesar miles de kilómetros andando por África, que sobrevivieron a meses de vida infrahumana en las laderas del monte Gurugú.

Y deben sentirse afortunados porque ríen y bromean con las personas a quienes quieren venderles sus mercancías, a veces incluso van cantando o silbando mientras caminan. Han conseguido atravesar todas las barreras que le puso un continente sin alma, y se sienten dichosos.

Otros no tuvieron tanta suerte, se dejaron la piel, literalmente, entre las cuchillas de las vallas de Ceuta o Melilla, otros, sencilla y dramáticamente, la perdieron en las aguas de Ceuta o Melilla, o a millas de la costa cuando se hundió la patera en la que viajaban. Antes habían cruzado el inhóspito continente africano huyendo del hambre o de la guerra, o de ambas, de la especulación salvaje de quienes comercian con la tierra y los cereales sin pensar más que en su lucro y que luego cierran las puertas del continente donde viven opulentamente negándose a abrirlas, atrincherados en su bastión de especulación e ignominias.

La melancólica luz de una mañana de febrero, la bruma sobre el mar y el camino rápido de un subsahariano que vendía relojes de colorines hizo revivir en mi memoria a Lanfia. Las lágrimas de Lanfia que corrían por su moreno rostro desesperado de hombre enfermo. Decir que tuvo algo de suerte pareciera un dislate, más, sin embargo, dentro del drama de su historia encontró el calor y los cuidados que necesitó en la última etapa de su vida, gracias al tesón de un grupo de mujeres que pusimos todo nuestro empeño en que su tragedia se viese mitigada.

Lanfia llegó a Melilla después de atravesar, a pie, toda África desde su país de origen, Guinea Konacri. Dos años de incansable caminar, durante los que padeció toda clase de privaciones, hambre, frío, calor… cuando por fin logró pisar el suelo del que pensaba el paraíso se vio detenido durante semanas en un CIE, como si fuese un delincuente. Cuando llegó a la península, con una orden de expulsión, siguió su inacabable camino, de una ciudad a otra. Hasta recalar en Torrevieja.

En esta ciudad comenzó a hacer lo mismo que otros muchos subsaharianos, vender lo que fuese para ganarse unos euros. Hasta que un mal día se sintió enfermo. Sus amigos le dejaron en la puerta del Hospital con una tarjeta sanitaria que no era la suya, aunque por entonces no se le había ocurrido a ningún gobierno xenófobo y malvado robarles el derecho a la Sanidad. El diagnostico fue tremendo: padecía un cáncer linfático.

Con los esfuerzos de trabajadoras sociales y de la prensa se consiguió el compromiso del hospital de hacerle un trasplante de médula. Y se comenzó a recaudar dinero para traer a un hermano que pudiera donársela. Se habló con la Delegación del Gobierno –socialista- y se consiguió anular la orden de expulsión. Todo parecía ir a solucionarse…pero la enfermedad no lo perdonó, Lanfia murió antes de que se le pudiese efectuar el trasplante. 

Aún recuerdo como corrían por sus mejillas lágrimas como puños cuando pensaba que no volvería a ver ni a su mujer ni a su hijo. No hubo tiempo de traerlos. El dinero que llegó a la cuenta corriente que abrió el diario La Verdad por iniciativa de su entonces directora en Alicante, Teresa Cobo, solo sirvió para pagar el retorno de su cadáver a la tierra donde nació.

El drama de Lanfia no fue el drama de los que mueren en el intento de alcanzar la frontera, como las quince personas ahogadas en las costas de Ceuta, o los miles que la pierden en alta mar, o quienes acaban con la piel desgarrada por las cuchillas de las vallas de la frontera con Marruecos. Pero seguramente si Lanfia hubiese vivido en un país rico, con una buena sanidad y no hubiese tenido que atravesar a pie miles de quilómetros, pasando calamidades, es posible que no hubiese muerto a los treinta y pocos años de edad, solo y lejos de sus seres queridos.  

Algunos pensarán que dentro de todo Lanfia tuvo más suerte que quienes murieron ahogados y aterrorizados por las pelotas de goma lanzadas criminalmente, ya fueran destinadas a golpearlos o a aterrorizarlos. O que esos miles de subsaharianos que malviven durante meses, o años, con el propósito de saltar una valla que los separa de un imposible Eldorado, sin comida, sin cobijo, sometidos a la brutalidad de la policía marroquí que quema los plásticos o los cartones con los que mitigan el frío.

O que aquellos a los que esa misma brutal policía apalea para luego abandonarlos en el desierto en una brutal condena a morir de sed e insolaciones, después de que las autoridades españolas los devuelvan a Marruecos incumpliendo la Ley de Extranjería con las ilegales ‘devoluciones en caliente’. Medida que ahora el Gobierno del PP quiere legalizar para que sea más fácil ‘luchar’ contra la inmigración. Como si los inmigrantes fuesen un enemigo terrible, un invasor peligroso, en lugar de un conjunto de seres humanos que huyen del hambre que el llamado primer mundo se obceca en mantener en su continente de origen.

Y aquellos que consiguen atravesar las vallas con cuchillas que eufemísticamente llaman ‘concertinas’, dejándose literalmente la piel en ellas, se rompen huesos o pierden ojos, porque como dicen muchos de ellos ‘no tiene nada que perder intentándolo’ -nada excepto la integridad física o incluso la vida-, son tratados como delincuentes, encerrados en centros peores que cárceles por haber cometido el delito de haber nacido en un continente que sirve a los especuladores para su enriquecimiento.

La aportación a la Cooperación, destinada a mitigar la pobreza del continente africano ha sufrido en este país un recorte del 30%: hay que reducir el déficit que imponen en Europa los especuladores con el concurso de políticos sin dignidad, humanidad o vergüenza.

Este texto es un homenaje a todos los Lanfia que se vieron obligados a cruzar África caminando incansablemente, a todos los seres humanos que pierden la vida en el intento de llegar a un continente sin alma, que solo piensa en términos de rentabilidad. Maldito sea.

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Comentarios

  1. Sentido homenaje y bien documentado por ser precisamente un testigo de esta maldad humana que reside en tantos políticos de cualquier tendencia.
    Pero hay una cosa que me pone de los nervios ¿No somos Europa?, entonces ¿qué hace Europa (todos) para que miren para otro lado? ¿por qué sólo se preocupan del déficit que ellos mismos crearon o admitieron durante años? ¿no son europeos? Tiene toda Europa la responsabilidad de que nadie haga dejación de cumplir con la carta de las Naciones Unidas referido al cumplimiento estricto de los Derechos Humanos que todos los países que lo han firmado, sea una realidad.
    Es como tantas cosas que hacen caso omiso los gobiernos que componen esta decepcionante Europa, no cumplen. Estos gobiernos son gobiernos genocidio.
    Un abrazo de oso, muy especial, amiga Luisa.

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    Respuestas
    1. Esta mañana, recordando a Lanfia y los muertos en Ceuta, a los heridos en Melilla, después de haberme cruzado con dos o tres muchachos que vendían relojes, gafas de sol o fruslerías me ahogaban las lágrimas, no puedo entender a los políticos que dicen, con toda desfachatez que hay que 'luchar contra la inmigración', que ponen puertas ante la opulencia de un mundo que controlan especulando y robando.
      Claro que la responsabilidad es de Europa, de esa Europa de los mercaderes que en nada se parece a la Europa de los pueblos que soñamos algunos. La brutalidad de las autoridades españolas e italianas tendría que haber movido a la UE a llevarlos al Tribunal de la Haya. Pero les viene muy bien esa brutalidad ante la que hacen un mohín de disgusto, pero que en el fondo les produce alivio porque así no llegarán hasta los países ricos. Y sí, son Gobiernos genocidas cuyos miembros deberían enfrentarse a los juicios y las penas con las que tendrían que enfrentarse todos los delincuentes pero... ¿quien va a castigar a quienes lo único que hacen es asesinar a unos negros pobres que no son rentables para nadie? Esos gobernantes son criminales sin paliativos. ¡¡Los odio!!
      Abrazo de osa melancólica.

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