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La curiosa manera del PP y Gallardón de proteger a las mujeres: Robando la dignidad y apaleando.

“Hay un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre; y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”, decía Pitágoras. El Código Romano la puso bajo tutela proclamando su ‘imbecilidad’. El Derecho Canónigo la considera como “la puerta del Diablo”. El Corán la trata con el desprecio más absoluto*  Y el PP nos condena a la pérdida de control sobre nuestro cuerpo y nuestra dignidad con una ley regresiva, impropia de un país europeo y que condena a las mujeres a riesgos para su salud, su dignidad y su vida.

Las palabras anteriores, en cursiva, son una cita de la obra “El segundo sexo” de la filósofa francesa Simone de Bouvoir, publicado en 1949 en Francia, pero que en este triste país aún había que adquirir editado en Argentina en 1970, porque aquí, estaba prohibido. Para muchas mujeres de mi generación la obra de la filósofa gala constituyó una especie de biblia del feminismo que muchas teníamos en nuestra mesilla, al igual que hacen los protestantes con la Biblia.

El recuerdo del libro de Simone de Bouvoir y la lucha por ser reconocida como individuo pensante durante aquellos años negros de una dictadura que me tocó vivir en su última etapa, y que aún condenaba a las mujeres a ser menores de edad legales, manteniéndonos en estado de imbecilidad jurídica, se me vinieron a la mente, con el mismo sabor a hiel que entonces, al constatar que, pese a que muchas pensamos que el PP no se atrevería a tanto, el carca Gobierno de Raxoi ha decidido, en un deleznable viaje al pasado, retrotraernos a aquellos años siniestros del nazionalcatolicismo que condenaba a las mujeres a la sumisión, a la maternidad y a la indignidad.  

En aquellos años setenta, cuando muchas veinteañeras descubrimos que las mujeres éramos de verdad lo que nosotras nos sentíamos, a pesar de los reproches de una sociedad carca y retrógrada, seres pensantes, libres y dueñas de nosotras mismas, la sociedad española, condicionada por la peligrosa secta católica, aún consideraba que aquella mujer que no se portase como se esperaba de ella, con sumisión y docilidad, era acreedora a palizas e incluso a penas de cárcel.

Porque el Código Penal condenaba a prisión a la mujer adúltera, aunque no a los adúlteros, porque ellos eran libres de usar de su cuerpo y sus sentimientos como mejor les pareciera, que por algo eran libres (dentro de lo que cabía en el régimen del dictador genocida).

Eran los años en los que a las jóvenes universitarias nos recordaban a cada momento que no es que estuviese mal estudiar pero que se esperaba de nosotras que abandonásemos nuestra profesión al casarnos y cumplir con ‘la sacrosanta misión de la mujer, que es tener hijos’. Ser, al fin y a la postre, no individuos libres que eligen su destino y su maternidad o no, según sus preferencias, sino úteros reproductores ante todo y por decreto.

Cuando, con el paso de los años y el relativo avance de la sociedad, las mujeres considerábamos que aquellos presupuestos eran historias, y si se les referían a las jóvenes aquellas contingencias que coartaban nuestra libertad, ellas solían mirarnos con conmiseración o con asombro, murmurando un ‘¡qué barbaridad!’, con el tono con que condenan el uso de los burka, un gobierno retrógrado y prisionero de las imposiciones de la secta católica nos regresa al pasado.

Ahora esas mismas jóvenes se tendrán que enfrentar a idénticos problemas a los que tuvimos que enfrentarnos las mujeres de mi generación. Ante una maternidad no deseada, no tienen más camino que el del viaje a un país civilizado, si cuentan con dinero, o si no es así, en estos tiempos de crisis en las que las más castigadas son ellas, después de los niños y los ancianos, tendrán que recurrir a los abortos clandestinos, causa de millones de muertes en aquellos países tercermundistas en los que no está permitido el aborto y de los que Ejpañistan forma ahora parte gracias a la ley impuesta por el PP.

En la integrista y machista mentalidad del ministro Gallardón, correa de transmisión de esa secta nefasta y peligrosa, rémora del progreso y de la igualdad entre hombres y mujeres que es la Iglesia Católica, la ley tiene que preservar a las mujeres de sí mismas. O imponer una maternidad no deseada, en el convencimiento de que el papel de las mujeres ha ser el de parir, quieran o no, porque así lo han decidido él, su partido y la secta católica.

La ley contra las mujeres que se ha sacado de la manga el reaccionario partido del Gobierno, para complacer a una Conferencia Episcopal talibana y a los sectores más integristas de sus votantes, es una humillante bofetada a la dignidad de las mujeres a las que nos regresa a la siniestra época en la que no éramos dueñas de nuestras decisiones y nuestro cuerpo.

Una ley que de nuevo ha causado la perplejidad de los países de nuestro entorno, cuyos periódicos hoy publican crónicas y reportajes condenando unas medidas a las que la OMS ya ha puesto peros, porque considera que la prohibición puede dar lugar a la muerte de muchas mujeres y considera inaceptable la prohibición del aborto cuando existen malformaciones fetales.

Un disparate gubernamental de un Ejecutivo que, a la vez que obliga el nacimiento de personas enfermas y dependientes, una vez nacidas retira sobre ellas cualquier tipo de protección social que pueda mitigar su sufrimiento y el de sus familias, en un ejercicio de sadismo que deja boquiabiertos a los europeos que consideran que la ‘Marca España’ es la de las contradicciones, las imposiciones y la intolerancia propias de los regímenes talibanes.

Para demostrarnos que las cosas han cambiado con este Gobierno de ultraderecha retrógrada, cuando ayer las mujeres salieron a protestar, el Gobierno lanzó contra ellas a sus esbirros de las fuerzas de seguridad a apalearlas por manifestarse como se ha podido ver en algún informativo, por muchos esfuerzos y violencia que empleasen los monos uniformados también contra la prensa que quería captar las imágenes de su incontenible, feroz y machista agresividad.

La aprobación de esa ley que nos quita a las mujeres la dignidad y la capacidad de decidir sobre la maternidad y ser dueñas de nuestros cuerpos resulta, además, una burla cruel, un sarcasmo inaceptable: Es el único punto que cumple del programa de Gobierno con el que el PP se presentó a las elecciones generales que le llevaron a La Moncloa, y que ha incumplido sistemáticamente.

Excepto en la derogación de la ley del aborto, para retrotraernos al tiempo de la dictadura. Son odiosos.

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