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El discurso del rey: en su propio mundo.

De caza con corruptos: Díaz Ferrán, Matas y Fernández,
‘El discurso del rey’ es una película británica que trata la tartamudez de Jorge VI de Inglaterra, que tuvo que recurrir al logopeda australiano Lionel Logue para superar esa dificultad. No sabemos si el rey español tuvo en algún momento de su biografía que recurrir a un logopeda, dada su escasa facilidad de palabra, pero a lo que no parece haber recurrido nunca es a alguien que le muestre la realidad del país y las preocupaciones que asuelan a una ciudadanía expoliada y reprimida por un Ejecutivo de ultraderecha con el que no parece estar incómodo dadas sus reiteradas muestras de complacencia con medidas encaminadas siempre a privar de derechos y libertades a la ciudadanía.

El discurso del rey, el de Juan Carlos I de Borbón –que optó por añadir el Carlos a su nombre por no ofender a su padre con el Juan III que le hubiese correspondido, si no fuera un rey designado a dedo por un dictador genocida-, fue, como vienen siendo desde que ocupó la Jefatura del Estado por la decisión de Franco, plano, alejado de la ciudadanía y de un estruendoso cinismo al hablar de ejemplaridad, cuando él es quien menos derecho tiene a pronunciar esa palabra.

¿Ejemplaridad es acaso interferir e influenciar a la Justicia para que su hija no responda de los delitos económicos perpetrados en connivencia con su marido? ¿Cuánta dosis de ejemplaridad hay en un individuo que sabiendo que el pueblo sobre el que reina está sometido a privaciones sin cuento, se gasta, procedente de los presupuestos generales del Estado, 3.4 millones de euros en construirse un pabellón de caza donde guardar los despojos de los animales que asesinó a lo largo de una vida ociosa, dedicada a dar muerte a infinidad de bellos animales, presenciar innumerables salvajadas patrias por excelencia –esos espectáculos siniestros en los que un cobarde vestido de vicetiple tortura a inocentes bóvidos-, a jugar con material bélico, revolcarse con sus barraganas a las que aloja en mansiones construidas a cargo del erario, o ingerir bebidas espirituosas de manera exagerada?

El monarca habló como si fuese un ejemplo de integridad pública y privada, un paradigma de transparencia y rectitud. Cualidades por las que nunca brilló, si se tiene en cuenta que su vida privada nunca fue un ejemplo de probidad y que nadie sabe hasta dónde alcanza su fortuna por la que ni él ni sus familia contribuye al fisco como debiera, con la anuencia de políticos cortesanos que de consuno babearon ante las vacuas palabras del monarca.

Serio, con la seriedad de los estultos, una corbata a juego con las eufphorbia pulcherrima o poinsettia pulcherima que dicen los repipis, y que todos conocemos como Flor de Pascua, que decoraban las ventanas de su despacho y una única foto con las más reaccionarias de las víctimas del terrorismo, apareció en las pantallas televisivas para lanzar un mensaje en el que, como viene sucediendo desde 1975, no dijo nada de interés y calló sobre los problemas que preocupan a los ciudadanos.

Como impone la confesionalidad del Estado, en contra del principio constitucional, y siempre ha hecho alarde de sus creencias católicas, debe pensar que la crisis económica se debe a un castigo divino y no a una serie de ladrones, responsables del hundimiento de entidades bancarias cuyo rescate está costando a la ciudadanía muchas mas privaciones de las que debería soportar y a los que el rey no hizo reproche alguno. Demostró ignorar qué pasa en la sociedad, porque en lugar de estar al tanto de los muchos problemas del pueblo, él dedica el tiempo a gastar el dinero de todos en caprichos como escopetas de oro engarzadas con cristales de Swaroski, con cuyo coste muchas familias podrían llevar algo a su mesa, o pagar algún plazo de esas hipotecas abusivas que Europa denuncia y que ni el Ejecutivo ni él se ocupan de que no sigan abusando de ellas los bancos.

En su burbuja particular, encastillado en la torre de marfil en la que siempre vivieron los suyos a lo largo de la historia, el monarca se enrocó en frases hechas, tópicos y obviedades, evitó hacer referencia a la corrupción, tal vez porque la tiene en su propia casa, bien por no incomodar a los muchos amigos personales procesados por tales delitos, o quizá por no ofender a un Gobierno enfangado en ella hasta las cachas. 

A pesar de su vacuidad y su indiferencia por los problemas de los ciudadanos, y de las ciudadanas en el caso concreto de la inicua ley contra el derecho a abortar perpetrada por un ministro talibán como Ruiz Gallardón, los partidos mayoritarios y la prensa oficial se deshicieron, como todos los años, en elogios al discurso de un rey distanciado de los ciudadanos y sus problemas, inmerso en su obsesión por mantenerse al frente de la Jefatura del Estado aunque no pueda con sus huesos.

Tanto el PP como el PSOE, cortesanos empalagosos, los segundos ignorando el republicanismo de sus bases, halagaron el discurso, dando la impresión de estar tomando a los ciudadanos por idiotas al decir, como Trinidad Jiménez, que el discurso fue ‘comprometido cercano y realista’, o Carlos Floriano, del PP, que se mostró convencido de las razones por las que el rey ‘es el jefe del Estado; porque ha identificado los problemas que tiene el país y ha atisbado los caminos para dar respuesta a esta crisis’.

Menos complacientes con las palabras del monarca se mostraron los dirigentes nacionalistas de CiU, Ezquerra Republicana de Catalunya y el PNV, o IU, cuyo dirigente, Cayo Lara, expresó que el discurso del monarca ‘evidencia una notable falta de credibilidad y muestra un muy preocupante distanciamiento de la trágica realidad que viven y sufren millones de ciudadanos en el país a consecuencia de la crisis’.

Mas de todas las reacciones al plano discurso del rey, la que se llevó la palma de la majadería cortesana fue la de Enric Sopena, director del El Plural, un digital que se dice progresista que un artículo alaba el discurso del monarca al afirmar que ‘”Para mí, la crisis comenzará a resolverse cuando los parados tengan oportunidad de trabajar”. "¿Son éstas unas palabras del Rey? En efecto, lo son. El mensaje navideño de Juan Carlos I puede interpretarse -sin faltar en absoluto a la verdad- como un giro del monarca hacia la izquierda o, si se prefiere, hacia la socialdemocracia". Es posible que Sopena escribiese su valoración después de la cena y de haber ingerido generosas dosis de vinos y licores.

Por su parte esta bloguera lo único que espera es no tener que volver a escribir sobre discursos de reyes colocados a dedo por dictadores fascistas y poder hacerlo de los de Presidentes de la República votados por toda la ciudadanía. Amen.   

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