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Algunos comentarios sobre los antiabortistas.


Viñeta de El Roto
Este fin de semana, coincidiendo con el aquelarre que celebra la secta católica sobre las familias –‘la’ familia dicen ellos, que niegan que exista alguna distinta de la patriarcal, jerárquica, heterosexual y a ser posible numerosa- los antiabortistas, envalentonados por la sumisión a la Conferencia Episcopal del Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, salieron a la calle a manifestarse contra el aborto porque parece que consideran que la ley que Gallardón está decidido a imponer a tirias y troyanas, o católicas y ateas, con el mismo concepto de libertad que tienen los talibanes, es insuficiente.

La misa de la familia, que este año oficiará por última vez el tridentino Rouco Varela, ocupará el espacio público de la Plaza de Colón, como si este país en lugar de ser un Estado aconfesional fuese uno de esos musulmanes que tanto critican los reaccionarios a causa de la falta de unas libertades que ellos distan mucho de respetar.  

Quieren que se prohíba el aborto, que si la vida de una mujer corre peligro por estar embarazada debe morir en bien del feto que, en la mayoría de los casos, no progresará. Pero es igual, porque a los antiabortistas a los que se les llena la boca de amor por células fecundadas, la piedad y la consideración, el amor al prójimo, mejor dicho, a la prójima, es algo que desconocen.

Cuando los medios preguntan a los antiabortistas en esas manifestaciones en las que muestran iracundos su intolerancia, mostrando siempre un total desprecio por las ideas de los demás -aunque esperar que respeten las ideas ajenas, aquellos que no respetan ni la vida ni los derechos de los otros sería de ingenuos- los manifestantes hacen alarde de su falta de cultura, solo pareja con su intransigencia.

Es curioso, además, que sea raro ver en esas manifestaciones a mujeres jóvenes que puedan tener que enfrentarse a las dificultades que plantea una ley intolerante y brutal contra ellas. La mayoría de quienes participan en tales aquelarres suelen ser hombres o bien mujeres de provecta edad, a las que la posibilidad de quedarse preñadas las abandonó decenios atrás.

Una de ellas comentaba, iracunda y categórica, desmelenada y gritona ante la presencia de cámaras televisivas que ‘el feto no es propiedad de la mujer, no es su cuerpo, y ella lo tiene que respetar’. El argumento, distante de la realidad científica tanto como si alguien tuviese la ocurrencia de atribuir vida propia a un apéndice o un riñón, e invocando una ley supuestamente dictada por un dios imaginario, condenase al infierno a quien intentase prescindir de esos órganos internos, lo expresaba la dama con de forma categórica, cual si fuese una verdad incontrovertible. Ya se sabe que la estupidez afirma y la ciencia duda.

Además de las gorgonas de provecta edad, con aspecto de no haber conocido en sus tristes vidas el sexo como gozo y divertimento, participan en esas manifestaciones hombrecitos con aspecto talibán, que proclaman que las mujeres no son dueñas de sus cuerpos, seguramente porque son ellos los que se consideran sus amos. Uno de esos individuos, cuyo aspecto no era precisamente el de un ser beatífico y tolerante, afirmaba ante la cámara de una televisión que ‘a los que dicen que se legalice el aborto ¿qué les parecería que se pidiera que se legalizase la violación?

La pregunta del exaltado homínido revelaba el concepto de las mujeres que tendrá él y posiblemente todos quienes comparten esas ideas; las mujeres no somos dueñas de nuestros cuerpos ni de nuestras decisiones, y por lo tanto si reclamamos disponer de nuestras vidas, ellos pueden disponer de nuestros cuerpos. Ya lo dijo hace unos meses el Arzobispo de Sevilla: aseguró que de la mujer que aborta podía disponer de ella cualquier hombre, puesto que a ojos de su dios no merece respeto ni consideración. Y luego dicen de la Sharía.  

Pervertidos de esa laya son los que se oponen a los derechos de las mujeres. Como hace a través de su blog el impresentable Juan Cotino, obscuro personaje de la vida política valenciana, presidente de Les Corts que obligó a los diputados a jurar su cargo ante un crucifijo, olvidando la supuesta condición aconfesional de este reaccionario Estado, envuelto en varios de los escándalos de corrupción que afectan a su partido, el PP, y al que también atribuyen comportamientos inconfesables de los que se murmura sotto voce en València, que se osa expresar que "la matanza de inocentes fue una aberración entonces, y lo es ahora, aunque en cada momento se intente vestir con diferentes excusas" a propósito del aborto.

 

El inhumano Cotino, que se rió literalmente de las víctimas del accidente de metro más grave de la historia de España, sucedido en València en 2006, y en el que murieron 43 personas y 47 sufrieron graves heridas, siniestro del que por orden del Consell del que él formaba parte, la manipulada y ya extinta televisión pública valenciana apenas informó porque todo el interés tenía que dedicarse a la visita del Papa Natzinger.

 

Resultaría cómico, si no resultase tan dramático el problema al que se enfrentarán muchas mujeres con la ley de Gallardón, el amor que muestran los extremistas católicos por las células fecundadas cuando dan muestra de una brutal indiferencia por los problemas de los seres vivos que sufren las consecuencias de su sectarismo, maldad y, en buena medida, de su corrupción que al arruinar las arcas públicas, impide las prestaciones imprescindibles en un país civilizado.

 

Que en el siglo XXI existan individuos que pretenden decidir sobre la vida y decisiones de otros seres humanos resulta estrambótico y absurdo, fuera del tiempo y del sentido común. Que los miembros de una secta fanática, como la católica, imponga a toda la sociedad y a personas que no comparten en absoluto sus creencias, sus dogmas no es propio de una sociedad civilizada, sino el desafuero de unos dementes que, en lugar de ser escuchados por políticos que debieran ser serios y demócratas, tendrían que ponerse en manos de esos psiquiatras a los que quieren otorgar la capacidad de decidir sobre el destino de las mujeres, aunque ellos mismos rechacen tal misión.

 

A modo de resumen, nada más adecuado que el grito de las mujeres que reclaman su libertad ante el fanatismo de la secta católica: ¡Quitar vuestros rosarios de nuestros ovarios!

 

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