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Ni 0.17 céntimos ni gratis: No a una monarquía hija del franquismo y corrupta

Hace unos días, cuando en el Congreso de los Diputados se discutía la propuesta de varios partidos para reducir la asignación de la Casa Real, dentro del debate sobre los Presupuestos Generales del Estado, el PP se opuso a esas enmiendas con un argumento bastante peregrino: el diputado encargado de oponerse a la iniciativa de la oposición, Juan Manuel Albendea, argumentó que la Monarquía solo cuesta 0.17 céntimos a cada ciudadano de este país, por lo que es sumamente barata y fácil de defender.

Ya se sabe que para el PP todo gira en torno al dinero y que todo cuanto hace está encaminado a hacérselo ganar a la oligarquía para que, de paso, algo se quede entre sus manos. Conceptos como la democracia o la dignidad son asuntos que desconoce un partido que, conociendo los escándalos de corrupción que lo rodean, podría decirse que, más que una formación política, es una asociación anónima… o de malhechores. Por eso su argumento para defender la asignación real fue tan economicista, o dicho en lenguaje más popular, tan rastrera.  

Mucho precio a pagar parecen esos 0.17 céntimos de euro para mantener a un rey designado a dedo por un dictador infame y asesino, dictador al que el rey dice admirar y no permitir que se le critique en su presencia. No es de extrañar su agradecimiento al dictador: le permitió solucionar su vida con el momio del trono a cambio de que lo acompañase con deferencia a las manifestaciones de ensalzamiento de su régimen cuando, entre otros sucesos, sus incondicionales quisieron desagraviarle, después de que toda Europa censurase agriamente los últimos asesinatos del dictador. 

El actual rey, que nunca ha pronunciado una sola palabra de censura sobre quien asesinó a cientos de miles de españoles, no tuvo jamás una sola palabra de reconocimiento a los patriotas republicanos, tan españoles como los fascistas a los que tanto apreció suele mostrar.

Durante  los casi cuarenta años de pseudodemocracia, y con la connivencia de una prensa cortesana y cobarde, se ha estado presentando la figura del rey, y de toda su familia, como paradigma de honestidad, y por supuesto, de demócratas. Cuando hayan pasado cien o doscientos años, los ciudadanos de este país podrán conocer el hasta ahora opaco papel del rey en el Golpe de Estado de 1981, pero ya van desvelándose asuntos que dejan claro que la vocación democrática del monarca impuesto a dedo por un dictador es muy cuestionable.

Así, cuando se redactaba la Constitución de 1978, el rey, al que siempre le ha gustado borbonear, como a todos sus ancestros, muy aficionados a meter la cuchara de su injerencia en la política del país, intentó mantener un poder que, gracias a los partidos de oposición, se limitó, bien a su pesar, pero se le garantizó una impunidad absoluta que lo hace inviolable legalmente, cometa las fechorías que cometa.

También intentó mantener su poder a través de órganos de poder obsoletos, como la creación de un Consejo Real, sucesor del Consejo del Reino franquista, mediante el cual, podría contar con un núcleo de personas con la función de generar su propia información para el ejercicio de la función monárquica sin tener que depender de los distintos gobiernos de España.

Quiso mantener los senadores de designación real, con el objeto de conservar un espacio de acción política, al contar con delegados permanentes en las Cortes que dificultarían la consecución de mayorías de la oposición política. De hecho, varios senadores reales fueron aleccionados para presentar enmiendas que mejoraran la posición del monarca en la Constitución, según cuente en sus memorias  Miguel Herrero de Miñón.

Cuando la oposición le cortó parcialmente las alas, el rey Juan Carlos debió pensar que, dado que no le permitían intrigar políticamente, podría dedicarse a asuntos más rentables, de modo que se lanzó al mundo de los negocio que le permitieron amasar una opaca fortuna de la que nadie se atreve a hablar. Pero todo el mundo conoce los enormes ingresos con los que cuenta provenientes de una prebenda obtenida en tiempos del dictador y a la que no ha renunciado el muy democrático rey de España, la de percibir un tanto por ciento de cada barril de petróleo que entra en este país proveniente de Arabia Saudí.

Ahí deben de tener su origen las estrechas amistades que mantiene con el mundo árabe, antidemocrático, feudal y machista, que tanto agrada al monarca. Aunque las amistades poco recomendables del rey no se circunscriben al mundo árabe, allí donde haya posibilidades de negocios, cacerías y lujosos saraos estará presente el monarca.

En los últimos años, la prensa parece haber corrido el velo de los desafueros de un rey que, en ocasiones, actúa como un sátrapa medieval, como cuando utilizó dinero público para acondicionar el palacete de su barragana; en otras dilapida el dinero de su asignación en censurables actos de brutalidad contra los animales a pesar del rechazo que crea en los ciudadanos, sobre todo entre los más jóvenes.

Su papel de supuesto mediador está siempre sesgado de parte de la oligarquía, del poder del dinero y de los negocios poco transparentes. En los últimos días se entrevistó con el promotor de Eurovegas, Donald Aldeson, un tipo señalado como gánster en algunos países, pero que cuenta en este con las bendiciones del PP y de la monarquía, pese al rechazo que suscita en buena parte de la ciudadanía y el modelo económico que representa.

La actividad del monarca se centra siempre en atender y obsequiar a la oligarquía, desatendiendo por completo las necesidades o aspiraciones de la población. Sus viajes de Estado están siempre enfocados a favorecer los negocios de los grandes empresarios, que suma a su séquito, de los banqueros, y algunos de ellos, como Botín, tienen tal familiaridad con él que se permiten recibirle en pantalón corto, sin que nadie encuentre chocante tal actitud.

No se sabe que el rey haya tenido, sin embargo, un solo gesto, un solo comentario, para los colectivos que más están padeciendo la crisis, muy al contrario, en sus discursos siempre jalea el Gobierno de Raxoi en su política de recortes y hurto de derechos de los más débiles.

Y este rey, que dicen desde el PP que es barato mantener, no oculta sus simpatías por la secta católica, incumpliendo la Constitución que señala que el Estado es aconfesional, presume de sus creencias religiosas, asistiendo con fruición a las ceremonias de esa religión.

Su actitud de injerencia en el caso del sinvergüenza de su yerno y su no más honrada esposa, mostrando su placet a que se retirase la imputación a su hija, chantajeando a la Fiscalía, sus malos modos con quienes le sirven, como se pudo ver cuando le armó una bronca a su chófer, su falta de educación y respeto para con los demás, que sus corifeos llaman campechanía, sus juergas, sus cacerías y sus negocios poco transparentes, hacen del rey un personaje poco agradable, poco recomendable como Jefe de Estado, digno hijo de una dinastía que lleva más de trescientos años causando problemas a este país.

De modo que, ni 0.17 céntimos, ni gratis, ni aunque regalase parte de su inmensa fortuna al pueblo. Mantener a este rey y a su familia no es cuestión de dinero. Lo es de dignidad. 

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