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Las manifestaciones del 23N y el indignante silencio de los medios.

Una de las escasas fotos de la perspectiva de la manifestación, de Reuters
Antes, y este adverbio puede referirse a los tiempos de la mal llamada transición o la nada pretérita época del Gobierno de Zapatero, cuando se anunciaban manifestaciones los medios daban cuenta de la convocatoria días antes de que se llevara a cabo la concentración que fuese, el día de la manifestación, y después de celebrada, para dar cifras de los participantes. 

Si la manifestación era muy nutrida los medios, ya fueran escritos o televisivos, ofrecían imágenes de la marea humana que protestaba por cualesquiera de las decisiones del gobierno. Incluso se puso de moda una empresa que contabilizaba el número de manifestantes de modo científico, partiendo de la observación de los asistentes por medio de una visión aérea.

Ese modo de cifrar el número de participantes en las manifestaciones desapareció cuando llegó el PP al poder, con el falaz –como casi todos los argumentos de un Gobierno instalado en la mendacidad- razonamiento de que el helicóptero que fotografiaba las concentraciones podría tener un accidente con el de las fuerzas de seguridad que controlan desde el aire las manifestaciones, de modo amenazante, huelga decirlo.

Hoy, día 23, salieron a la calle cientos de miles de personas en setenta ciudades para decirle al Gobierno de Raxoi que están hartas de sus recortes, de la connivencia con la banca, de los latrocinios que perpetran las entidades financieras y el partido que sustenta al Gobierno, de los repagos sanitarios, de la persecución a la Escuela Pública, que se mostraban contrarias a la privatización de la sanidad, a la destrucción de lo público, a lo que el Ejecutivo llama ‘Ley de Seguridad Ciudadana’ que no es sino una Ley de Represión Ciudadana, a que el Estado regale dinero a manos llenas a la secta católica; y lo hicieron, muchos de ellos con banderas republicanas, que representan tanto el rechazo a la monarquía como la nostalgia de un régimen de libertades que primero hurtó el fascismo franquista y en el presente este Gobierno filofascista.

Los medios, que fueron parcos en la información previa a la convocatoria tal vez para no suscitar una persecución legal por convocar en las redes manifestaciones, -aunque estas eran comunicadas y autorizadas-, según la inicua reforma del Código Penal de Gallardón, o tal vez para que los muchos ciudadanos descontentos y hartos de recortes, abusos y planes represivos del Gobierno de Raxoi no se enterasen de que estaban convocadas, no fueran a ser un éxito, mantuvieron la misma parquedad a la hora de informar sobre la afluencia a las manifestaciones convocadas por el Foro Social, el 15M, los sindicatos y partidos políticos.

Llama igualmente la atención que las imágenes captadas por los medios se hayan limitado a fotografiar pancartas y primeros planos, evitando las imágenes de conjunto, las perspectivas que diesen idea de los miles de personas que participaban en la protesta. No cabe atribuirlo a la impericia de los fotógrafos, ni a la falta de objetivos que permiten captar visiones de conjunto, sino, seguramente, a la decisión de los jefes de redacción de no mostrar lo multitudinario de las protestas, obedeciendo, sin duda a las consignas dadas por los editores.

Es una máxima periodística bien conocida que si de algo no se informa ese algo no existe. Reconocieron ese hecho y su culpa los furiosos periodistas de Canal NO-DO cuando se soltaron el pelo ante el anuncio del cierre del canal autonómico valenciano, y dieron cuenta de las muchas protestas registradas en el País Valencià de las que no informaron durante los años en los que ni protestaban ni se rebelaban a las imposiciones del PP y que ellos silenciaban para obedecer a sus amos.

En esta ocasión los amos de los medios, el poder financiero y la oligarquía, junto con el mamporrero Gobierno de Raxoi, puesto todo él al servicio de las grandes fortunas y los especuladores internacionales, siempre de espaldas a los deseos y necesidades de los ciudadanos, volvieron a imponer silencio y la mayoría de ellos dio, si acaso, parcas informaciones sobre las concentraciones. Y es posible que en las ediciones de mañana los más cavernarios busquen una foto en la que se vea a cuatro manifestantes descolgados para ilustrar un inventado fracaso de las convocatorias.

No se silencia el éxito de las manifestaciones ni el número de asistente -que, de haber protagonizado una sola manifestación en una sola ciudad, en lugar de varias en setenta ciudades, hubiese congregado a millones de ciudadanos hartos-, por torpeza informativa, o por no tener la suficiente perspicacia para saber dónde está la noticia y cuál es la más importante para abrir una edición, sino para no molestar al poder.

Si los medios ocultan o relegan a un tercer o cuarto puesto –como hizo El País, entre otros, otorgándole más importancia a una manifestación celebrada en Caracas contra el Presidente Maduro y convocada por su opositor Capriles- la información sobre las manifestaciones que ponen en evidencia el descontento del pueblo por las decisiones de un Gobierno que las toma siempre de espaldas al sentir general, lo hacen para que el Ejecutivo pueda argumentar que tiene de su parte a la mayoría silenciosa que es mucho mayor que la de los que protestan.

Aunque, a pesar de que las manifestaciones hayan sido nutridas y de que los medios afines al Gobierno y al poder del dinero -que lo son casi todos, excepto los marginales que se leen en Internet-hayan minimizado las protestas, también es cierto que no llegaron a congregar la cantidad necesaria de ciudadanos para que el clamor se oyera en todo el país.

Resulta triste y descorazonador que existiendo seis millones de parados, doce millones de personas en el umbral de la pobreza, dos millones de personas sin prestaciones, futuro, vivienda, millones de jóvenes sin trabajo y otros tantos millones de personas afectadas por recortes sanitarios y educativos, y todo el pueblo amenazado por una Ley de Represión que planea el Ejecutivo para callar a la totalidad del pueblo, salgan a protestar diez o doce o quince o doscientas mil personas en Madrid, diez mil en València o unos cuantos cientos en otras ciudades. Dice muy poco de la conciencia colectiva de este pueblo, de su capacidad para la rebelión.

Como igualmente dice muy poco de la dignidad de los ciudadanos que, aún habiéndose constatado por el juez Ruz que el PP se financió ilegalmente a lo largo de cerca de veinte años y que posiblemente lo siga haciendo en el presente, todavía haya un 23% de ciudadanos decididos a votarlos según registran algunas encuestas.

Debe tener que ver esa inanidad de la ciudadanía con el miedo a la represión, instalado en el inconsciente colectivo desde la larga noche del franquismo más la colaboración de los medios para que se perpetúe, haciendo creer a mucho desdichado empobrecido, pero con alma de burgués, que eso de las protestas es cosa de rojos violentos.

Aunque es muy posible que, aunque los seis millones de parados, los doce millones de personas en el umbral de la pobreza, los dos millones que no reciben prestaciones de ningún tipo, los millones de abuelos que están obligados a repagar sus medicamentos, los miles de padres que ven como se hurta calidad a la enseñanza de sus hijos, los miles de universitarios que tienen que abandonar sus estudios por la subida de tasas y la carencia de becas, los miles de ciudadanos que no pueden recurrir a la Justicia porque no pueden pagar las tasas a las que el Gobierno los obliga a pagar, si todos ellos juntos, insisto,  juntos saliesen a la calle, Raxoi y sus ministros seguirían sordos a su clamor.

Mas este Gobierno solo tiene oídos para aquellos que tintinean en sus bolsas el dinero destinado a financiarlo ilegalmente, para poder seguir perpetrando golpes de Estado a través de las urnas.

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