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La maldición de La Moncloa y la reforma constitucional de Zapatero.

Si esta plumilla tuviese alguna vez, aunque solo fuese por un día, la capacidad de gobernar este país, lo primero que haría sería ordenar el cambio de sede de la presidencia del Gobierno para siempre. No sé a dónde, pero desde luego, fuera de las paredes de ese palacio situado a las afueras de Madrid que parece estar impregnado de un mal fario que hace que todos los que le habitan se vean aquejados de una inclinación irrefrenable hacia el conservadurismo y una no menor e incontenible cobardía.

El Palacio de la Moncloa fue construido en el siglo XVII, en los terrenos de una finca agraria, propiedad de la condesa de Cifuentes. Pasó por varios propietarios, siempre como casa-palacio de aristócratas, hasta que tras la muerte de Cayetana, duquesa de Alba –la famosa duquesa retratada por Goya- sin descendencia pasó a poder de la corona, hasta que Isabel II la donó al Estado.

Desde entonces y hasta que fuera destruido durante la Guerra Civil –estaba en el mismo frente de la Ciudad Universitaria, muy castigado por los bombardeos de los sublevados- fue residencia de jefes de Estado extranjeros que visitaban oficialmente el país. En 1955 la dictadura abordó la restauración del Palacio de La Moncloa, que siguió cumpliendo su papel de hotel de lujo para los mandatarios extranjeros hasta que en la transición, en 1977, se trasladara a él la Presidencia del Gobierno para mayor seguridad del entonces Presidente Adolfo Suárez, por el riesgo de atentados que tenía la sede del Gobierno ubicada en el Palacio de Villamejor, en pleno centro de la capital.  

A diferencia de otros palacios, el de La Moncloa no cuenta con leyendas de fantasmas o extrañas maldiciones exotéricas, sin embargo, esta escribidora está convencida de que alguna presencia espectral condiciona las decisiones de los presidentes, haciendo que olviden el programa con el que llegaron al poder, e incluso su ideología.

No es cosa de aludir a Raxoi y su modo de aplicar medidas diametralmente opuestas a las que ofrecía en su programa, porque bien pensado y tramado tenía los cambios antes de llegar a La Moncloa y no es que el último, hasta el presente, habitante de ese palacio se haya visto influido por presencias fantasmales, sino que su propósito fue, desde que comenzó la campaña de los comicios generales, engañar al electorado.

La sospecha de que son presencias de ultratumba las que interfieren en la ideología de los presidentes, haciéndolos pacatos, conservadores y/o cobardes, se refiere sobre todo a los dos presidentes socialistas, sobre todo al último, a José Luis Rodríguez Zapatero, que llegó a La Moncloa reputándose de rojo, y salió de ella después de haber perpetrado el cambio constitucional más inicuo y contrario a los intereses del pueblo que se registró en toda la historia de esta pseudemocracia, que desde la modificación constitucional es aún más pseudo que antes.

Porque el Presidente Zapatero, que este domingo otoñal concede una entrevista al diario El País, afirma sobre la inicua reforma que permite que se antepongan los intereses financieros de los deudores a las necesidades de los ciudadanos que  ‘defiendo el principio de estabilidad presupuestaria, aunque sé que hay mucha gente en la izquierda que no’. Obvio es que si le parece bien ese principio que la izquierda critica es porque él dejó de ser de izquierdas tras pasar unos años entre los muros del palacio monclovita.

Por esa misma razón y cambio en su ideología, argumenta que no incluiría las relaciones Iglesia-Estado en una reforma constitucional, que considera que no es necesaria, como tampoco aprecia la necesidad de que la Constitución del 78 sea profundamente reformada, o aún derogada, como quieren muchos ciudadanos que no aceptan ni la forma de Estado, ni la posición de privilegio de la secta católica, ni, evidentemente, el artículo 135 que consagra ese principio de estabilidad presupuestaria que tanto daño ha hecho al pueblo.

Asegura Zapatero que no llevó a cabo esa rechazable reforma por presiones internacionales sino para evitar ‘llegar a las elecciones o a la campaña electoral como acabó Italia y Grecia, con Gobiernos técnicos’. Si eso fue así, y no tiene por qué dudarse de que sea cierto, porque esa verdad pone de manifiesto el egoísmo y la torpeza de ZP, con su decisión dio lugar al rechazo del electorado y la llegada al poder de un PP que tanto daño está haciendo a la ciudadanía.

Egoísta porque hizo una reforma constitucional lesiva para la ciudadanía para no enfrentarse a un cambio de Gobierno impuesto por la UE, que le habría retirado a él del poder. Torpeza, porque si se hubiese producido esa imposición, él o su sucesor podrían haber aparecido ante el electorado como los adalides de la independencia y la dignidad política frente a las imposiciones de la UE, y tras ese gobierno de técnicos, el electorado, al apreciar la valentía y la ética de los socialistas, habría votado mayoritariamente a su partido y, al menos, nos estaríamos ahorrando, si no algunos recortes económicos, las medidas filofascistas del Gobierno de Raxoi en cuanto a libertades públicas.

Da la impresión, leyendo sobre su opinión de la monarquía, su apocado concepto de los necesarios cambios constitucionales, o sus moderadas palabras sobre un presidente corrupto y fascistoide como Raxoi, que Zapatero, al igual que González, experimentaron una derechización insoportable tras pasar sus noches en el palacio de La Moncloa, donde los fantasmas de sus primeros aristocráticos propietarios se instalaron en sus cerebros haciéndolos pensar, como a González que es bueno ligar los salarios con la productividad, como hacen los esclavistas dirigentes de la CEOE, o que garantizar la estabilidad presupuestaria, a mayor gloria de los inversores extranjeros, son buenas cosas.  

Debe ser el nefasto influjo de los espectros de La Moncloa el que derechiza a sus moradores, sobre todo, cuanto estos llegan al poder de la mano de un partido presuntamente de izquierdas.


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