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Sentencia del TEDH, o el uso de la desmesura mediática para agitar la visceralidad.

“El tribunal europeo permite excarcelar al asesino de las niñas de Alcàsser y a decenas de etarras’: es el titular de portada del diario Levante EMV, uno de los que, a propósito del fallo del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, apuesta por calentar la visceralidad de la ciudadanía en general y de las víctimas en particular. No ha sido el único, porque si Levante recurría a un suceso nunca aclarado del todo y que alarmó e indignó a los valencianos, La Razón optó por la palabra "injusticia" sobre fondo negro, mientras que ABC, lo considera una "afrenta a las víctimas". La Gaceta, el diario más cavernario de los que se editan en la actualidad, opta por dar las gracias a Europa "por nada" sobre un fondo azul con las estrellas de la Unión Europea en la que en una de ellas se enrosca la serpiente de  ETA. Por su parte El Mundo aparecía en los quioscos con el titular a cinco columnas en el que se informa de que "79 criminales múltiples saldrán en libertad en sólo unos meses" y El Correo vasco considera que el fallo "da aire a la izquierda abertzale e indigna a las víctimas".

Desde que ayer se conociera la sentencia del alto tribunal, que invalida la doctrina Parot –que permitía prolongar los años de prisión de etarras, violadores o asesinos con efecto retroactivo, aplicando la reducción de penas a sentencias consecutivas en lugar de a los treinta años de límite que impone la Constitución-, los medios y algunos políticos se han dedicado a agitar la irracionalidad de este pueblo visceral, creando auténtica alarma social, en lugar de poner un poco de mesura y, sobre todo, de información para evitar declaraciones como las escuchadas a diversos periodistas y algunas víctimas clamando para que el Gobierno y los legisladores incumplan la sentencia del organismo europeo, con el argumento, azuzado por algunos tertulianos, de que no es vinculante, o que se trata de injerencia de un tribunal ‘extranjero’ que no tenía por qué dictaminar nada en este país.

Esa última afirmación resulta una absoluta falsedad, como explicaba muy bien, en un artículo publicado en El País y que, desgraciadamente, desapareció pronto de su portada digital, de Luis R. Aizpiolea que, después de recordar que el Tribunal de Estrasburgo forma parte del sistema judicial español, precisa a los indignados por el fallo que los excarcelados de ETA no volverán a atentar porque hoy esa banda “ha cesado definitivamente, tras cuatro años sin cometer un asesinato, por lo que no hay peligro de que los presuntos excarcelados reincidan”. (http://politica.elpais.com/politica/2013/10/21/actualidad/1382353858_807015.html )

El artículo de Aizpiolea es uno de los pocos que ponen un poco de sentido común y mesura en las desmesuras mediáticas que, en tromba, y en tertulias televisivas, redes sociales y radios, se lanzaron a cubrir de imprecaciones al TEDH. Incluso algunos políticos han dado muestras de su falta de sentido de la moderación, o simplemente de lo que es Justicia, como la Defensora del Pueblo, Soledad Becerril, que, a propósito de la sentencia reprochaba al alto tribunal, y a las instituciones europeas en general que "algunos organismos internacionales ven todo lo relacionado con el terrorismo con mucha distancia y con mucha frialdad".

Claro, señora Becerril, eso es la Justicia, lo otro, las reclamaciones de que los delincuentes se pudran en la cárcel no es justicia, es visceralidad y afán de venganza, comprensible en quienes han sufrido en sus carnes el zarpazo de un atentado o un asesinato, pero que la Justicia no tiene por qué escuchar, porque en ese caso dejaría de serlo.

Llevar al convencimiento a una víctima de cualquier delito sangriento, ya sea un atentado etarra o un crimen sexual, de que las leyes han de cumplirse, gusten o no,  tendría que ser la obligación de los medios, en lugar de, como están haciendo, azuzar su visceralidad.

Y aunque no todas las víctimas reaccionan igual, los medios se lanzaron, cámara y micrófono en mano, a la búsqueda de quienes reclaman el incumplimiento de la sentencia del TEDH, principalmente la de la Presidenta de la AVT, asociación que ya ha anunciado una manifestación contra el Gobierno de Raxoi por acatar la ineludible sentencia del alto tribunal.

Por el contrario Bárbara Durkop, esposa del senador socialista Enrique Casas igualmente asesinado por ETA, aunque pareciera que la derecha se confirió siempre la exclusividad del dolor, aseguraba ante las cámaras de La Sexta que es ineludible cumplir la sentencia, aunque a ella, víctima de ETA, le cause amargura y rabia.

La de la viuda de Casas fue la única voz que ha mostrado una mesura de la que no han hecho gala otras víctimas o la prensa más cavernaria, quizá porque Durkop fue eurodiputada. Tampoco han faltado voces, de las que se hacen eco muchos medios, de quienes siguen culpando a Zapatero de todos los males relacionados con ETA. A pesar de que, cuando la historia proporcione la suficiente perspectiva, es posible que el presidente socialista figure en los libros de historia como el político que acabó con el drama del terrorismo.

Aunque hoy por hoy, la prensa cavernaria, la visceralidad de quienes no aceptan que la Justicia ha de poner un punto de mesura y de frialdad ante asuntos que el corazón de las victimas no entienden, lo que se hacen, no se sabe si por vender más o por el prurito de subir las audiencias, es remover las heridas de quienes sufrieron actos sangrientos injustificables e imperdonables moralmente, pero respecto a los cuales la Justicia dictamina que los culpables no han de permanecer más de treinta años en una cárcel, porque así lo señalan las leyes de este país, incluida la propia Constitución.

Mas la labor pedagógica de la prensa parece que vende menos que las portadas alarmistas o los circos mediáticos que organizan algunos programas televisivos dando voz a dolidas personas, muy respetables por haber sufrido el dolor de la pérdida violenta de un familiar pero que, por dolor, por visceralidad o inclusive por desconocimiento absoluto de la legalidad, reclaman de la justicia lo que la justicia no puede dar si quiere serlo.

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