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Las inequívocas señales del fascismo del PP: La aprobación de la ley Wert y la negativa a tipificar la apología del franquismo

El Gobierno del PP, y el ministro de Deseducación, José Ignacio Wert, han impuesto hoy la aprobación de una de las leyes de Educación más retrogradas, clasistas y beatas que se han sufrido en este país. Ni Aznar se atrevió a tanto, ni nunca una ley fue aprobada con tanta gente en contra, si se tuviera en cuenta que al sumar los votos reales que obtuvieron los partidos que se han opuesto a su promulgación, aplicando lo de ‘un hombre un voto’, en lugar de la ley D’Hont, jamás habría visto la luz.

Fueron cientos de miles, los afectados por una ley que supone una regresión social, los que se manifestaron contra una legislación redactada por y para las capas más reaccionarias de la sociedad: restringe la educación a los hijos de la oligarquía, haciendo imposible el acceso a una Educación de calidad, a través de Escuelas Públicas libres y laicas, impone las creencias religiosas del Gobierno, segrega por sexos al alumnado y obliga al uso de una determinada lengua en las regiones donde tienen la suya propia.

El propósito del PP, con la ley de Educación de Wert  -ley zombi la ha bautizado la oposición que firmó un documento comprometiéndose a derogarla en cuanto Raxoi salga de La Moncloa –, es retrotraer la educación a los tiempos del fascismo franquista, cuando las escuelas públicas albergaban niños desharrapados y a las niñas pobres las enviaban a colegios de dos entradas, la de las niñas ricas y de pago, y las de las pobres, todas bien adoctrinadas en la fe católica y la asunción de que unos nacen ricos y otros pobres, porque así lo quiso su dios.

En los años de mi infancia yo veía, con no poca sorpresa y sin entender mucho, cómo en el colegio de monjas que había al lado de mi casa, en la calle Ferraz, unas niñas salían por la suntuosa entrada que daba a esa calle, y otras, siempre cabizbajas y con expresión de amargura, lo hacían por una salida, o entrada, de la calle Romero Robledo, mucho más modesta. 

A aquel colegio, al que mis padres tuvieron la inteligencia y sensibilidad de no llevarme–yo lo hacía en el Decroly, lejos de mi casa, pero en el que también se educó mi madre- acudían las nietas del dictador, y cada día, a la hora de las entradas o las salidas de clase, unos tipos mal encarados que calzaban boinas rojas en sus cabezas, cortaban el tráfico y no dejaban cruzar la calle ni a las madres de las ‘niñas pobres’ a las que iban a buscar.

Sin saber muy bien por qué, yo detestaba aquel colegio, a las niñas ricas que en él estudiaban, ignorando que el centro al que yo acudía era también un colegio de niños privilegiados, aunque de un estilo muy distinto, porque las niñas con beca que, con el paso de los años supe que las había, entraban por las mismas puertas que las de ‘pago’ y no había distinciones de uniformes ni de trato, como en aquel siniestro colegio de monjas, cuyo nombre creo que, intencionadamente, siempre olvido.

La enseñanza que quiere imponer el PP, a través de ese desastre de ministro y de ser supuestamente humano que es el Ministro Wert, tiene el mismo tufo clasista y reaccionario que emanaba la entrada de niñas ricas de aquel colegio de monjas por el que yo pasaba casi a diario, y al que miraba, sin saber entonces por qué, con asco y rechazo.

Con la aprobación de la Ley Wert, se abre la veda del clasismo y el machismo, de la escuela beata, en manos de un clero reaccionario que ansia el regreso del nacionalcatolicismo y lo está logrando, al imponer que la educación esté en sus carcas manos, y de las maneras del franquismo, al exigir que el Ejecutivo legisle a la medida de su dogma, ya sea en cuanto a las asignaturas que se imparten en los colegios, al imponer la enseñanza de la religión católica como asignatura curricular, o la prohibición del aborto, obligando a las mujeres a someterse a los criterios machistas del clero, que las hace perder derechos sobre su maternidad y su cuerpo.

El Ejecutivo de Raxoi, en el que hay numerosos miembros del Opus Dei, se ha erigido en la versión pseudodemocrática del nacionalcatolicismo fascista de la dictadura y regala los millones de euros que necesitan dependientes, familias en paro o niños desnutridos, a la secta católica. Una organización religiosa a la que, en cualquier democracia, se habría ya llamado al orden por participar y organizar actos públicos de ensalzamiento de la dictadura, como viene haciendo al cooperar en homenajes al dictador Franco, o en beatificaciones de ‘mártires de la cruzada’, a la que anuncian su asistencia ultraderechistas violentos, que el Presidente de la Conferencia Episcopal, Rouco Varela, estará encantado en recibir.

Se trata del mismo Gobierno que, el mismo día que ha consagrado con su aplastante rodillo de mayoría absoluta una Ley de Educación que rechazan la mayoría de los ciudadanos, se quedó solo para rechazar una moción de CiU pactada con PSOE, Izquierda Plural, UPyD y UPN y apoyada por el resto de la oposición, en la que se reclamaba tipificar como delito la apología o enaltecimiento del franquismo, junto con el fascismo, el nazismo y el totalitarismo.

Son señales inequívocas, junto con su política económica planeada para arrasar con el Estado del Bienestar, o la reforma laboral que ha dejado a los trabajadores sin derechos, de que el PP también mintió en la campaña electoral en cuanto a su ideología, no se trata de un partido de derechas, ni mucho menos de centro, como decía ser, es un partido fascista, razón por la que persigue a los trabajadores, a los enfermos, a los estudiantes, a los sindicalistas, deja sin voz a los periodistas que no le son afines, impone una enseñanza clasista y beata y hurta sus derechos a las mujeres.

El evangelio de la religión que imponen dice ‘por sus obras los conoceréis’. Pues eso.

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