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El último episodio del caso Bárcenas: Entre la ficción y la locura

El último episodio del culebrón Bárcenas, el asalto a su casa por parte de un obscuro individuo del que unos dicen es un loco y otros afirman que de loco nada, sino que se trata de un delincuente profesional, pone de nuevo el foco del interés informativo en un suceso extraño, ominoso, absurdo que, bien podría servir de argumento a una novela policiaca de Petros Márkaris o Andreas Camillieri, situándola en los respectivos países sobre los que ambos autores ubican a sus detectives, Kostas Járitos y Salvo Montalbano, uno en la Grecia de la crisis y el otro en una Italia en la que la sombra de la mafia se proyecta tenue, casi invisible, pero persistente. ¡Qué gran novela podrían escribir ambos creadores de tramas policiacas a cuento del enigmático asalto de ese presunto delincuente que responde al nombre de Enrique Olivares García!.

Porque lo acontecido ayer en el domicilio del exsenador del PP, Luis Bárcenas, en el que entró un individuo disfrazado de sacerdote para, después de atar y atemorizar a la mujer y a uno de los hijos del político encarcelado, exigirles la entrega de los famosos pendrives que supuestamente guardan todos los datos de la presunta financiación ilegal del PP, tiene muchos visos de irrealidad y escasos ingredientes para ser tomado en serio.

La trama de esa novela, que bien podría salir de la pluma de un Petros Márkaris o un Andrea Camilleri podría ser la historia de un delincuente que asalta la mansión de un alto cargo procesado por corrupción. Járitos o Montalbano, hijos literarios de Márkaris y Camillieri respectivamente, comienza cuando un detenido aparece como un pobre loco que, con la chaveta perdida, se siente obsesionado con un exsenador acusado de corrupción y pretende, el solo, librar de la  lacra social de la corrupción a todo el país, con tan solo una vieja pistola actualizada y sus ganas de sacar a la luz una disparatada conspiración que nadie toma en serio.

Más Járitos, o Montalbano, avezados investigadores, comienzan a tirar del hilo y, tras diversas pesquisas, acaban descubriendo que el presunto orate no es sino el hombre enviado por un exalto cargo del partido que el encarcelado pretende involucrar en una conspiración de poder y dinero, que llega hasta las más altas esferas de los respectivos estados en los que, de habitual, transcurren sus novelas.

Las primeras investigaciones sobre el sujeto, que dio un pavoroso susto a la familia del presunto corrupto encarcelado, hacen ver claro al comisario Kostas Járitos, o al inspector Montalbano, que no es tan loco como aparenta. A partir de esa averiguación comenzaría a desarrollarse la trama de la novela.

Si no es un loco, con las obsesiones propias de una enfermedad mental: ¿qué llevó al individuo a entrar en la casa del preso reclamando, precisamente un pendrive, el mismo con el que el encarcelado corrupto amenaza con hacer caer a las más altas representaciones del Estado? La incógnita va desvelándose poco a poco, no sin que antes los respetivos superiores de Járitos o Montalbano les adviertan, incómodos, que de persistir en su investigación acabarán por incomodar a sus superiores, incluido el mismísimo Ministro de su ramo.

Indisciplinados como son –todos los policías de las novelas policiacas tienen ese defecto o virtud, según se mire- cualquiera de los protagonistas de la novela iría descubriendo que el presunto orate estuvo fichado por la policía del mismo país y la misma región en la que un exalto cargo del partido, involucrado en la sospechosa trama, cuenta con enormes posesiones cuyo valor excede al que puede pertenecer a un solo individuo.

Entre sobresaltos, amenazas de la superioridad, noches de insomnio, alguna indigestión y sucesivos días de inapetencia, el protagonista de la novela de Márkaris o Camilleri, irá descubriendo las conexiones entre el presunto loco y el pudiente empresario, y, avanzada un poco más la trama, acabaría por dar con quienes en realidad son los propietarios de las inmensas fincas sudamericanas, y no menos crasas cuentas alojadas en paraísos fiscales.

En realidad, según acabaría por averiguar cualquiera de los dos avezados policías, fruto de la imaginación de Márkaris o Camillieri, las enormes posesiones no pertenecen a un individuo en concreto, sino a un red de políticos corruptos, una trama de delincuentes con poder, integrados en un partido político que ostenta una nutrida representación parlamentaria que le permite gobernar a su capricho, y, siempre en defensa de sus intereses.

El protagonista de la novela policiaca terminaría por descubrir que fueron esos políticos poderosos los que, a través del hombre de paja que aparecía como el dueño de una extensa posesión agrícola en un país latinoamericano, enviaron a la casa del exsenador encarcelado al presunto orate para que obtuviese los pendrives que tanto inquietaban, no al pirado que aparentaba ser,  sino al mismísimo presidente del Gobierno cuyos servicios de inteligencia habían reclutado al delincuente sudamericano cuyo historial figuraba en los ficheros de la Interpol, con el fin de que se hiciese de una vez por todas de los pendrives que guardaban la prueba incontestable de las prácticas corruptas de todo un partido político, en cuyas filas militaban un Presidente y un expresidente de la nación.

En la trama de la novela, protagonizada por uno de esos famosos policías de la literatura policiaca europea, se podrían entrecruzar, junto con la investigación sobre quién era el orate y qué razones ocultas le llevaron a tener tal obsesión por un pendrive, historias paralelas sobre venta de centros sanitarios a una de las ramas de la mafia que altos cargos habían organizado para enriquecerse, o las maniobras llevadas a cabo por los propios servicios de inteligencia para acallar las voces de la prensa que informaba con no pocas dificultades de las obscuras maniobras llevadas a cabo por el corrupto poder.

Sería una interesante novela policiaca que, evidentemente, no tiene nada que ver ni con el asalto a la casa del extesorero del PP, ni con político alguno de ese partido. La trama inventada por Márkaris o Camillieri sería, obviamente, el resultado de una mente imaginativa que, en nada, podría tener relación con los sucesos que acontecen en este país.

Al fin y al cabo, España es un país serio... ¿O no?

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