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El Papa Francisco, la beatería partidaria del Gobierno y la Memoria Histórica

Para muchos millones de personas en el mundo el Papa Francisco no es el representante de ningún dios en la tierra, sino el jefe de un Estado diminuto pero poderosísimo, con una gran influencia política en las naciones occidentales. Su nombramiento concitó interés por parte no solo de los creyentes, sino de mucha gente que creyó, ingenuamente, que su figura supondría una bocanada de aire fresco en el enrarecido ambiente de la iglesia católica. Craso error, porque si algún ingenuo bienintencionado creyó que el nombramiento del Papa Francisco fue algo más que una operación de marketing del Estado vaticano que iba a cambiar el modo de actuar de la secta católica, tendrá que reconocer que no se trató más que de una manera de promocionar su negocio, en la actualidad en retroceso, a pesar de los pingües beneficios que sigue acumulando con sus empresas.

La macrobeatificación, celebrada el pasado sábado en Tarragona, supuso la escenificación, una vez más, de una afrenta a las victimas de la dictadura franquista que padecieron millones de españoles entre los que también hubo religiosos, como los 16 sacerdotes vascos, ligados al sindicalismo y el nacionalismo y fusilados por Franco, o los cientos de curas encarcelados a lo largo de la dictadura en la cárcel de Zamora, donde existió durante toda la dictadura, un módulo especial destinado a aquellos curas que incurrían en actos de rebeldía, según el régimen fascista.

El sonriente y amable Papa Francisco, del que dicen que es muy progresista y cercano al sufrimiento de la gente, dio, con su mensaje a los congregados en la beatificación de Tarragona, una muestra fehaciente de que es uno más en la larga serie de Jefes de Estado del Vaticano, siempre en connivencia con los poderosos y la derecha, de espaldas al pueblo y a quienes no comparten su credo, como demostró el enviado papal, cardenal Amato, al calificar a sus mártires como ‘víctimas de la niebla diabólica de una ideología’, la de la izquierda, obviamente.  

Si realmente ese Papa, cuyo comportamiento no es sino una operación de marketing para atraer a muchos de los que se vienen alejando de una Iglesia intolerante y reaccionaria, fuese de verdad, como dicen, habría escuchado la petición de numerosas asociaciones de cristianos de base y de La Comisión de la Verdad, formada por asociaciones de la de Memoria Histórica, que le solicitaron que aprovechara la ocasión para pedir perdón por el apoyo de la iglesia católica al golpe de Estado fascista contra la República y a la dictadura franquista.

En lugar de hacerlo, como esperaban algunos ingenuos, lo que hizo fue aludir al ‘periodo obscuro de la hostilidad anticatólica’ de la República, sin analizar las razones por las que el pueblo estaba enfrentado a una secta integrista, siempre aliada con un poder prácticamente feudal, como el que existía en los años previos a la República.

No ha de extrañar la reacción del gran pope de la secta católica, muy aficionado a operaciones de imagen pero que, si se rasca en su biografía, no se encuentran datos que avalen ningún tipo de protesta ante la dictadura de Videla, ni que actúe en consecuencia cuando lamenta la pobreza o la injusticia, porque, que se sepa, no se desprende de los muchos bienes vaticanos de toda índole – empresas, acciones, tesoros, bancos- para ayudar a los desfavorecidos.

El ‘simpático’ Papa Francisco actuó en relación con las beatificaciones programadas por la reaccionaria Conferencia Episcopal Española, y apoyada por el Gobierno del PP, como lo que es, un reaccionario de derechas, convencido de que toda la atención la merecen los adeptos a la ‘cruzada’ fascista de Franco y sus generales, y que las víctimas de esa dictadura merecieron su sufrimiento por rojos y descreídos. Nada nuevo en el papado y en la secta católica.

El aquelarre, convocado por la Conferencia Episcopal, al que asistieron el Presidente de las Cortes, Jesús Posada, el Ministro del Interior Jorge Fernández, el de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón y el President de la Generalitat Artur Mas –que ideológicamente y pese a sus veleidades nacionalistas, está muy cercano al PP- avaló una afrenta a la Memoria Histórica y a las víctimas del fascismo, al poner de manifiesto lo que supone para la derecha la tan cacareada reconciliación:  lo que siempre impusieron los vencedores sobre los vencidos, al considerar que tienen la obligación del olvidar los crímenes franquistas en bien de la paz y la armonía, mientras ellos alardean homenajeando a los vencedores a la vez que tienden una ominosa nube de olvido sobre las muchas víctimas de la dictadura.

En tanto que el Gobierno de Raxoi asiste y da su beneplácito a ceremonias como la de Tarragona, anula de facto la Ley de Memoria Histórica que ya dejó sin presupuesto para poder buscar e identificar a las más de 90.000 personas que yacen en fosas anónimas de numerosas cunetas y bosques de este país, más de dos mil, de las que más de mil ochocientas permanecen aún ocultas, o saber qué fue de más de los 114.000 desaparecidos forzosos de la guerra y la dictadura, convirtiendo a este triste país en el segundo del mundo, tras Camboya, con mayor número de personas víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido recuperados ni identificados, según denunció la asociación de Jueces para la Democracia.

La ceremonia de beatificación celebrada en Tarragona, en la que se elevó a los altares a 522 mártires de lo que las fuerzas fascistas conocen como ‘cruzada’, supone una bofetada a los cientos de miles de españoles que yacen en fosas sin identificar, una situación que confirma el desprecio de las instituciones por quienes sufrieron la represión franquista y que siguen, al cabo de casi cuarenta años de pseudodemocracia, sin recibir reparación alguna.

La tímida ley de Memoria Histórica, aprobada por el Gobierno de Zapatero, quedó en nada al llegar al poder los herederos ideológicos del franquismo, los mismos que hicieron uso de una argucia legal sobre unas escuchas en otro caso para inhabilitar al juez Garzón por intentar juzgar los crímenes del franquismo y los mismos que, en la actualidad y pese a los exhortos de la ONU, incumplen sus resoluciones, se niegan a derogar la ignominiosa Ley de Amnistía de 1977 e inventan mil excusas, para no entregar a la jueza Servini a los policías torturadores del franquismo sobre los que pesa una orden de búsqueda y captura de la Interpol.

La masiva beatificación de Tarragona no fue un acto de reconciliación, como proclamó con desfachatez el Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, ni un acto meramente religioso como argumentaron los organizadores del evento, fue un acto político, una ceremonia para decirle a los vencidos que siguen siéndolo, que sus muertos seguirán ignorados en las cunetas, mientras que los suyos reciben loas y admiraciones, con el dinero de todos, vencidos, laicos y ateos.

El Gobierno del PP, la secta católica y el Papa Francisco son así. Pero que no pretendan engañarnos con falaces mensajes de amor o reconciliación.  

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