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El naufragio de Lampedusa: Un crimen más del capitalismo

La prensa nos tiene acostumbrados a horrorizarnos con noticias e imágenes que, por breves momentos, agitan las conciencias, pero, para evitar que esa agitación lleve a más, hacen desaparecer el hecho y lo diluyen entre un mar de otras noticias, para que olvidemos el espanto que se nos mostró fugazmente y, sobre el que tienden la cortina del olvido, no sea que nos pongamos a analizar quiénes son los culpables de sucesos que no se producen por una mera mala suerte, o por, como se dice con frecuencia de accidentes de tren o de avión, por ‘un fallo humano’, sino por la maldad intrínseca de un sistema económico que causa la muerte de millones de personas cada año.

La tragedia del naufragio de Lampedusa, en el que murieron posiblemente cerca de trescientas personas, entre ellas muchos niños –hasta el presente se han rescatado doscientos treinta y cinco cadáveres- no es un ‘accidente’ causado por la mala suerte o un fallo humano. O tal vez sí, el fallo de miles de humanos que, con su avaricia, propician que millones de personas intenten huir del famélico continente africano en busca de una vida mejor, la que el capitalismo feroz les niega.

Los culpables de la tragedia ocurrida en aguas próximas a la isla italiana de Lampedusa, situada a doscientos cinco kilómetros de Sicilia y 113km de Túnez. No son los marineros sin alma que no socorrieron al barco que ardía, aunque pusieron la nota de la insolidaridad y el egoísmo de unos seres que poco merecen ser llamados humanos, la culpa es, sin duda, de las autoridades italianas y las europeas, y sobre todo, de esos malditos especuladores que, a costa del hambre del continente africano, se enriquecen criminalmente especulando con alimentos como el trigo y otras materias primas destinadas al sustento de millones de personas.

En marzo de 2011, los precios de cereales habían aumentado 70% respecto al año anterior por las políticas neoliberales de países ricos, el Banco Mundial y FMI, que presionaron a los países pobres para cambiar su modelo agrícola y cultivar productos para la exportación. Así, ahogaron la agricultura para alimentar al país y convirtieron los alimentos exportables en productos financieros.

Olivier De Schutter, relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación, acusó a los especuladores financieros y a los de tierras como responsables de que no acabe el hambre. Sequía y variaciones de oferta y demanda no explican la volatilidad de precios de los alimentos. Pero la burbuja especulativa de los alimentos, sí. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que los productos lácteos aumentaran un 157% en 2007 para caer considerablemente en 2008 sin causa objetiva aparente? Pura especulación financiera.

De Schutter denunció que la compraventa especulativa de grandes extensiones de tierras de países empobrecidos por empresas privadas también contribuye a la plaga del hambre. Según estudios de Land Matrix Partnership y Oxfam, desde hace unos años, en África se compran tierras, la suma de cuyas superficies es como toda Europa del Este. Y los fondos de inversión y de alto riesgo especulan con esa compraventa.

Esos especuladores venden cosechas íntegras al extranjero, dejando muchos países del África subsahariana y del cuerno de África  sin alimentos suficientes. Mas no solo los especuladores internacionales contribuyen a ese crimen de lesa humanidad, porque también entra en juego una segunda especulación: Comerciantes locales con poder económico acaparan alimentos y los retiran del mercado, a la espera de que suban los precios para venderlos.

Según "Acción contra el Hambre", así ocurrió, y ocurre, en Nigeria y Níger. Nigeria compra a Níger gran parte de producción agrícola y espera a que Níger agote sus reservas. Entonces vende a Níger los alimentos que le compró, pero más caros. Que la especulación tiene todo que ver con el hambre en el continente africano lo muestra que los fondos de inversión en alimentos apenas sumaban 13.000 millones de dólares en 2003. Pero en 2008 ya eran 317.000 millones y las cifras han ido aumentando exponencialmente en los últimos años.

¿Cuál fue la razón?: Pura cuestión de mercado, al explotar la burbuja inmobiliaria, los buitres de la especulación se lanzaron sobre los alimentos para sustituir, como oscuro objeto de sus negocios, viviendas por alimentos. Todo para lograr grandes beneficios en tiempo breve.  

Esas maniobras especulativas son la razón de que cientos de miles de africanos busquen en Europa un mundo un poco menos inhóspito, donde al menos, no morir de hambre. Aunque luego, en la rica Europa, se produzcan casos como el del joven de 23 años, de nacionalidad polaca, que falleció por desnutrición porque los médicos que le atendieron en un centro sanitario de Sevilla le enviaron a la casa que no tenía, ya que a los inmigrantes no hay que dispensarles más atención que la de Urgencias, como decidió la ministra Ana Mato.

Ingresado en un hospital y con los cuidados necesarios, el desdichado joven, con un buen chute de suero y una alimentación suave y adecuada posteriormente, habría salvado la vida. El fallecido no era subsahariano sino polaco, pero tuvo la desdicha de ser inmigrante en su propio continente. Si eso sucedió con un ciudadano de un país de la UE, qué trato no se dará a quienes vienen de tierras más lejanas, y tienen otro color de piel.

Es el hambre lo que lleva a cientos de miles de subsaharianos a cruzar el Mediterráneo en busca de una vida menos mísera, a la que ponen toda clase de impedimentos los dueños de la orilla privilegiada de ese charco que otrora fue vehículo de culturas y en el presente se ha convertido en una muralla que separa a los ricos de los miserables. Esas gentes que huyen de sus casas, de sus tierras, que dejan a sus familias y entorno, no lo hacen por capricho. Realmente el hambre es el arma de destrucción masiva más letal que existe, y que empuña con impunidad el sistema capitalista, sin que nadie lo condene.

La tragedia acaecida en aguas de la isla de Lampedusa –en una ocasión un dirigente del partido de Berlusconi dijo que a los inmigrantes que llegaban con pateras había que dispararlos con cañones para que no siguieran arribando a las costas italianas- no es la primera, ni desgraciadamente será la última. El número de personas fallecidas en el aciago naufragio ha removido conciencias, y alarmado a los políticos, que se echan unos a otros la culpa, cuando todos ellos son los responsables,  los italianos, o los dirigentes de la UE, y también la iglesia católica, cuyo máximo dirigente, el papa Francisco, se mostró muy compungido diciendo que el suceso era una vergüenza.

Aunque a pesar de la vergüenza, o la indignación que le pudiese haber causado el suceso al máximo dirigente del Vaticano, quedó en eso, porque la secta católica siempre recurre a palabras grandilocuentes y gestos compungidos, pero no obra en consecuencia. Porque si, en lugar de mostrar tanta indignación condenar al criminal capitalismo, lo que jamás hará la secta católica, como si hizo reiteradamente a lo largo de la historia con el comunismo o el socialismo, y destinara parte de su enorme fortuna a paliar el hambre en África, o a excomulgar a los especuladores que acuden a los fastos religiosos, a la vez que matan a las clases desfavorecidas, de los que los pobladores del África negra son los más desfavorecidos. Entonces sí creeríamos que el Papa Francisco llegó con una hermosa nueva bajo el brazo.

Volverán a morir ahogados decenas o centenares de desesperados pobladores de países que sufren hambrunas, les otorgarán la ciudadanía después de muertos, como acaba de ocurrir en Lampedusa, la prensa mostrarán fotos tremendas y el Papa se compungirá nuevamente ante su grey y ante las cámaras televisivas de medio mundo. A continuación, los políticos seguirán poniendo trabas a quienes huyen de la miseria, y los especuladores seguirán enriqueciéndose con el drama de países donde la vida vale menos que los cereales con los que especulan. Malditos sean.

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