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Marca España: La de la brutalidad e incultura de las mal llamadas fiestas como las del Toro de la Vega

Si los prebostes del PP se ufanan de lo que han dado en llamar la ‘Marca España’, es seguro que piensan que ese eslogan, que creen vende en el exterior un prestigio inexistente, evoca algo importante y respetable. Mas es muy posible que para muchos millones de europeos civilizados la Marca España sea sinónimo de cerrilidad y crueldad, además de una corrupción endémica que señala a este triste país, al igual que a Italia o Grecia, como reductos de putrefacción, de gobernantes impresentables, poco serios y en donde no dimite ‘ni Dios’ que perpetran cualesquiera tropelías, como señalaba hace unas semanas un diario alemán.

Esa imagen de pretendido país civilizado la rompen los gobernantes de este Patio de Monipodio donde impera la inmoralidad y la barbarie a partes iguales, protagonizada, para vergüenza de muchos ciudadanos, por los representantes de los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, enrocados en el mantenimiento de los hábitos más abyectos, que consideran respetables por la única razón de que les proporcionan los votos de unos millares de neandertales sin cerebro, aquellos que defienden a ultranza la salvajada por antonomasia de este vergonzoso país, los mal llamados ‘espectáculos taurinos’ que representan la cara más casposa y brutal de un pueblo que, pese a haber entrado en el siglo XXI, se empeña en seguir celebrando atrocidades en nombre de una mal llamada tradición.  

El paradigma de ese comportamiento se registra en el siniestro y atrasado pueblo de Tordesillas, poblachón de la provincia de Valladolid de menos de diez mil habitantes, malhadadamente conocido en todo el mundo civilizado por ser el escenario de unas mal llamadas fiestas, en las que un grupo de energúmenos ágrafos cifran su miserable hombría y su poquedad en alancear a un desdichado bóvido, causándole una terrible agonía y una cruel muerte en lo que, en su inexistente humanidad, consideran las fiestas mayores de esa localidad que ostenta el título de ‘Muy ilustre, antigua, coronada, leal y nobilísima villa’, aunque, de hacer justicia a la calidad de sus habitantes y su corporación municipal, debería tener la consideración de ‘Muy zafio retrógrado, bestial e innoble villorrio’.

En Tordesillas, cada 17 de septiembre, un grupo de neandertales enfebrecidos carentes de neuronas persigue, alancea y tortura a un desgraciado animal como culmen de unas fiestas mayores que cuentan con el beneplácito de las autoridades locales, autonómicas y nacionales que consideran que la mal llamada celebración es la materialización de una tradición a conservar, vestigio histórico digno de ser perpetuado.

Este año, se registraron ocho heridos, entre ellos un cámara de televisión, porque el desdichado toro, de nombre Vulcano, parece que no se resignó a morir sin defenderse y la emprendió a cornadas con unas cuantas bestias que, con un grado de animalidad muy superior al del desgraciado bóvido, lo alanceaban y torturaban. Aunque tal suceso no sirvió de nada, como no lo hace con otras barbaries iguales, porque cada verano se registran fallecimientos entre quienes participan en encierros y otras brutalidades, sin que ni las autoridades que debieran prohibir semejantes crueldades, ni los imbéciles que en ellas participan, desistan de concurrir a tales ceremonias de brutalidad.

Días antes el Partido Animalista se manifestó y entregó 86.000 firmas en el Congreso solicitando la abolición de lo que, tanto la corporación municipal de Tordesillas como su energúmena población consideran un festejo a mantener, defendiéndolo en nombre de la tradición. A la vez, el PACMA exigió que el Gobierno no tramite la ILP que quiere hacer de la tortura de bóvidos un ‘Bien de Interés Cultural’.

Según una estadística del Instituto Gallud, realizada en 2004, el 72,1% de la población no mostraba el menor interés por esos mal llamados espectáculos, aunque el PP y parte del PSOE, se empeñan en mantenerlo y subvencionarlo, con el fin de lograr el apoyo de un escaso número de sádicos que, aunque no se hayan percatado de ello, nunca les harán ganar unas elecciones si se tiene en cuenta que el colectivo profesional que se hace de oro con esa estúpida crueldad no supera los diez mil individuos que vociferan y se hacen notar, pero que nunca harán ganar o perder unas elecciones. Por el contrario sí se las podrían hacer perder los millones de antitaurinos que, sobre todo entre los jóvenes, constituyen una legión cada día mayor.

Sin embargo, los dos partidos mayoritarios, con la proverbial inteligencia y sensibilidad que caracteriza a sus actuales dirigentes, siguen considerando que es rentable en términos electorales seguir apoyando tamaña salvajada, que lo único que hace es desprestigiar lo que se ha dado en llamar Marca España, porque, a ojos de los europeos, y buena parte del resto del mundo civilizado, se muestran abyectos, cerriles  y miserables tales espectáculos.

El PP hace gala de su defensa de la crueldad echando mano de la tradición obtusa que siempre ha caracterizado a la derecha, empeñada en conservar la sarna, como calificaba Antonio Machado a quienes se obstinan en mantener lo peor de la España ignorante, injusta y montaraz, en nombre de ese sentido casposo de un país beato e ignorante.
Incluso desconocen que esa Iglesia católica que tanto veneran y a la que tanto dinero regalan, condenó hace siglos la barbarie por antonomasia, al castigar con la excomunión a quienes participasen en ella, aunque la Conferencia Episcopal ignore sus propias leyes, por el mismo mal entendido patriotismo de todos los palurdos que identifican a este país con las más misérrimas y condenables tradiciones consistentes en torturar indefensos animales, a los que consideran carne de torturas porque sus imaginarios dioses semíticos les dieron el plácet para que ‘dispusieran de ellos’, como mantienen desde tiempos inmemoriales las religiones judía, cristiana y musulmana.

Lo que no se entiende es que un partido de presunta izquierda como el PSOE no condene tales tradiciones sádicas y se posicione con la voluntad mayoritaria del pueblo que abomina de atrocidades como la perpetrada hoy en Tordesillas, y no solo no llame al orden, o incluso expulse de su organización al alcalde de ese villorrio, por apoyar y promocional tal monstruosidad, sino que lo defienda y en muchos casos sus líderes se muestren partidarios, y aun seguidores de tamañas brutalidades.

Lo sucedido hoy en Tordesillas, al igual que todos los años en la misma aciaga fecha, no es sino un exponente de la cerrilidad de unos gobernantes que se empeñan en mantener lo peor de unas tradiciones, mayoritariamente condenadas por la ciudadanía, que no hacen sino poner un baldón en esa pretendida prestigiosa Marca España que, entre la promoción de espectáculos sangrientos como el de Tordesillas, y la corrupción que esquilma las arcas públicas, no da sino la de un país tercermundista, ignorante, brutal e inmoral, que suscita el desprecio de las personas civilizadas.   

Aunque mirándolo bien, tan culpables son los dirigentes de la UE como las autoridades españolas, porque estos, tan aficionados a inmiscuirse en nuestra economía, miran para otro lado en lo referente a la brutalidad de los espectáculos tauricidas,  pese a las reiteradas peticiones de muchos europeos, españoles incluidos, que han solicitado, hasta la saciedad, que el organismo supranacional prohíba tanto en España como en Francia tales salvajadas.


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