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Confirmación científica de una intuición: Los religiosos son menos inteligentes que los ateos

Podría parecer un aserto tendencioso, la consecuencia de una postura intolerante y tendenciosa, un prejuicio ideológico. Mas no, un estudio realizado a lo largo del siglo pasado, desde 1928 hasta el presente, que confirma que las personas con mayor inteligencia son menos religiosas… y a la inversa. Según una investigación, llevada a cabo por el profesor Miron Zuckerman, de la Universidad de Rochester-EEUU-, un metaestudio realizado sobre otros setenta y tres que se hicieron a lo largo del siglo  pasado y parte del presente, concretamente entre 1928 y 2012, cincuenta y tres de ellos mostraron una correlación negativa entre la inteligencia y la religiosidad, de manera que las personas con mayores coeficientes intelectuales se apartaban de las creencias religiosas mucho más que los que contaban con CI más bajos.

La noticia sobre el trabajo de Zuckerman concitó el interés de numerosos medios de comunicación, hecho constatable en el buscador Google, que cuenta con más de trescientas mil entradas al respecto. Al señalar el autor del metaestudio que los trabajos tenían algo en común: ‘la premisa de que las creencias religiosas son irracionales, sin ninguna base científica, imposibles de comprobar, y por tanto poco atractivas para gente inteligente’, ponía en evidencia una realidad evidente. No descubre nada nuevo el autor del trabajo, pero reafirma científicamente, una idea intuida por quienes no aceptan los mitos religiosos. El estudio de Zuckerman añade que los niños más inteligentes son más propensos a alejarse de la religión. Una conclusión a la que se ha llegado con el permanente análisis de las creencias de 1.500 niños superdotados. Otra obviedad, porque es lógico que esos niños, al igual que los adultos racionales, se aparten de la religión, al tener conocimientos y capacidad de análisis, como para no aceptar los dogmas increíbles que proponen las religiones con el fin de domeñar las mentes de los creyentes. Siempre se ha dicho que la educación hace a las personas libres, y el estudio de Zuckerman lo confirma, del mismo modo que confirma las aviesas intenciones de aquellos gobiernos que ponen la Educación en manos de la religión: de ese modo aseguran la mediocridad intelectual de los educandos, que al hacerse adultos serán personas dóciles y temerosas, como no son los ateos.

Es evidente, que una mente lucida no puede aceptar mitos como el que mujer sea preñada por un ángel, o que la maternidad no afectase a su virginidad, y otras muchas leyendas, con los que las santones de todas las religiones siempre pretendieron entontecer a sus seguidores, como lo es que los ritos de las diversas religiones, con sus popes disfrazados con extraños ropajes, y que hacen extrañas gesticulaciones ajenas a cualquier racionalidad, crean un abismo entre sus seguidores y las mentes lógicas.
Da igual que sea el Papa de las secta católica, un muecín musulmán, un pope ortodoxo, o el brujo de una tribu perdida; las evoluciones rituales, las alharacas gestuales de todos ellos, la imaginería siempre diseñada para crear temor en los fieles, todo el conjunto de ritos, imágenes, supersticiones y disfraces crean rechazo en las mentes racionales que no pueden ver en todas esas manifestaciones sino la puesta en escena de una irracionalidad, muchas veces morbosa, que choca con quien, con lucidez, es capaz de analizar los motivos de esas parafernalias.

Sabido es que, a lo largo de la historia, aquellos que querían dominar a sus pueblos, se sirvieron de supersticiones, una veces institucionalizadas, y otras como rumorología que circulaba entre la plebe. Desde los brujos de las tribus a los actuales clérigos de cualesquiera de las religiones existentes en el mundo actual, el propósito ha sido siempre el de controlar las mentes de quienes se dejaban convencer por sus historias, de las que siempre sacaron rentables beneficios.

Para un ateo no existe ninguna diferencia entre las historias que pueda contar un curandero que vende un brebaje  milagroso que supuestamente curar el cáncer o las que, desde sus púlpitos, narran los sacerdotes de las religiones institucionalizadas. Todos esos mitos, hijos de la superstición que encuentra caldo de cultivo en la ignorancia y el miedo,  valen para justificar lo que no se puede explicar, más en la actualidad hay escasas cuestiones que no se puedan racionalizar con una base científica. Durante siglos, los representantes de las sectas religiosas jugaron a agarrarse a cuestiones que no se podían explicar, y aunque fueron evolucionando con sus leyendas a la par que la ciencia, al final se refugiaron en la idea de que tendría que existir una Mente Suprema, porque no había razones para explicar la creación del universo. Hasta que el profesor Stephen Hawkins dejó claro que el Big-Bang fue una consecuencia inevitable de las leyes de la física, o lo que es lo mismo, que no hacen falta dioses para explicar el nacimiento del universo.

Se dice que los creyentes son más felices, dado que se refugian en la esperanza de una trascendencia vital que no aceptan los ateos, que siempre tendrán claro que el ciclo vital tiene un comienzo y un final, y que cuando este llega el individuo pasa a convertirse en materia física en descomposición, mientras que el creyente piensa que su existencia se prolongará en un mundo paralelo y eterno. Es la argucia que siempre utilizaron los dirigentes religiosos para que, con la esperanza, los pueblos asumiesen la docilidad.

Los ateos, más inteligentes y racionales son, por lo mismo, mucho más difíciles de controlar por el poder, de ahí la obsesión de los dirigentes eclesiásticos y de algunos gobiernos, de imponer practicas religiosas. Mas las mentes libres suelen estar vacunadas contra las imposiciones, son, en suma, y como se ha demostrado científicamente, más inteligentes que aquellos que creen en dioses, ritos y mitos.

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