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Solo Europa podrá con la barbarie española por antonomasia

Manuel Vicent, autor de novelas como Tranvía a la Malvarrosa, Balada de Caín o Son de mar y numerosos artículos, todos de perfecta factura y gran ingenio, tiene por costumbre, cuando llega la temporada estival, y la geografía de este país de cafres se tiñe de la sangre de mil inocentes bóvidos torturados y masacrados, escribir un artículo en contra de tan nefasta como sádica mal llamada tradición que, algunos, en el colmo de la estulticia llaman, también, cultura.

Esta periodista, devenida en bloguera, no alcanzará nunca la calidad de Vicent, mas me propongo seguir su costumbre, y escribir cada verano algo en contra de esas bárbaras ceremonias de crueldad que jalonan toda la geografía cada verano, hasta que un milagro, o la legislación europea, pongan coto a la desmesura cruel de quienes no encuentran otra forma de divertirse que la de causar dolor, sin duda, arrastrados por alguna dolencia mental que les incapacita para el ocio creativo.

Los informativos televisivos y los medios escritos contribuyen a dar carta de naturaleza a la salvajada,  dando como noticias lo que no es sino una vergüenza, lucrativa para algunos sectores, y bochornosa para la mayoría de una sociedad que abomina de espectáculos tan crueles como esperpénticos.

Dan cuenta los medios de las Fiestas de San Fermín, mostrando a una serie de monos borrachos, disfrazados con pañuelos rojos al cuello, y que hablan con entusiasmo del sadismo de la persecución de unos animales desorientados, y aterrorizados por las calles de Pamplona, como si de un acontecimiento cultural se tratase.

Con todo lujo de de detalles, informan las televisiones igualmente de esa brutal costumbre que se practica en algunos pueblos de la costa levantina, llamada ‘bous a la mar,’ consistente en perseguir y acosar a un cachorro de toro hasta que el animal, aterrorizado, cae en un hábitat tan antinatural para su condición de hervívoro como son las aguas. Entonces, los participantes de la salvajada, se entusiasman y enardecen. No es la primera vez que una de esas pobres bestias ha muerto ahogada en un elemento tan poco natural para su ser como es el agua marina.

Escudándose en la creencia, imbuida por las religiones semíticas que hicieron, desde el comienzo de su historia, del antropocentrismo una justificación de la crueldad contra las pobres buenas bestias, en este país se jalea la barbarie perpetrada contra seres indefensos, escudándose en argumentos mezquinos como que son tradicionales celebraciones, con cientos de años de historia, como si ese argumento pudiera dar validez a la cochambre moral que conlleva la violencia ejercida contra un ser vivo e indefenso por pura diversión.

Sin embargo, empiezan a vislumbrarse algunas luces de esperanza en que esas salvajadas que tanto divierten a algunos españolitos, puedan algún día ser erradicadas de este país y del resto de los de Europa donde se llevan a cabo con igual desmesura, porque ya hay países civilizados que están poniendo los medios para que se ponga fin a tales atrocidades. 
Europa se revela ante la promoción española de la tortura animal con dinero público y la pasada semana el Parlamento holandés aprobó, por unanimidad, una resolución contra los subsidios de la Unión Europea, que sufragan la industria taurina española. El acuerdo, promovido por el Partido de los Animales Holandés, es una bofetada a la Iniciativa Legislativa Popular presentada en las Cortes con un escaso número de firmas, para que la barbarie española por antonomasia, reciba la consideración legal de "Bien de Interés Cultural".

Un grupo de parlamentarios europeos, también contrarios a la crueldad de los mal llamados espectáculos taurinos, realizaron hace unos meses un estudio para calibrar el dinero europeo que se destina a tales atrocidades, llegando a la conclusión de que la mal llamada ‘Fiesta’, recibe alrededor de ciento treinta millones de euros anuales de los contribuyentes de la UE. De manera, se quejan, que se obliga a ciudadanos europeos que son contrarios a tales brutalidades a sufragar los caprichos de unos cuantos sádicos que se reúnen periódicamente en España, Portugal y el sur de Francia, a berrear de placer viendo como agoniza entre terribles sufrimientos un indefenso bóvido.

Deberían esos parlamentarios europeos poner pie en pared y acabar, mediante una directiva, con la permisividad y la tolerancia  hacia la tortura y el sadismo mal llamado tradición. Solo si la UE se pone firme y prohíbe, sin dejar resquicios a los países donde se celebran tales aquelarres de crueldad, su celebración se acabará tanto sadismo.

Porque esperar de los políticos españoles que tengan un rasgo de sentido común y sensibilidad sería como pretender que esos nobles brutos, torturados y asustados, reprochasen con sentidas palabras el mal que les hacen.


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