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Reflexiones de futuro y pasado sobre la sociedad del descontento

La sociedad española bulle con efervescencia, raro es el día en el que no se conoce una nueva iniciativa, un comunicado, una reflexión y hasta la aparición de colectivos, unos fiables y otros que levantan sospechas. En los últimos días, un grupo de intelectuales, artistas, exjueces y exfiscales presentaban un proyecto por una alternativa política y social con el objeto de poner fin, según sus propias palabras, a  ‘la actual situación de pérdida de derechos y libertades’. Integrantes del Foro Cívico, Socialismo21, periodistas, sociólogos y economistas presentaron asimismo un manifiesto para ‘salir del Euro’, que ha tenido, incluso, repercusiones internacionales.

Al socaire del descontento, aparecen colectivos como la ‘Asociación contra la Corrupción‘, que ya ha presentado en el País Valencià una denuncia contra el vicepresidente Serafín Castellano, y cuyos promotores permanecen en el anonimato, excepto su portavoz, Enrique Soriano, que dice ser un empresario harto de la descomposición ética de la vida política de todo color, y que se presenta como cercano al pseudosindicato fascista Manos Limpias. Hay quienes piensan que detrás de esta asociación, cuyo portavoz emplea un lenguaje antañón y de tufo facistilla, está ese maestro de itinerancias políticas, recientemente expulsado del PP, Rafael Blasco. Pero habrá ingenuos que se acerquen a ella, cansados de la podredumbre de una política plagada de latrocinios, silencios sospechosos, injusticias y arrogancia.

Sea como fuere, nunca, a lo largo de los treinta y tantos años de pseudodemocracia, surgieron tantos manifiestos, tantas asociaciones con vocación de intervenir en la vida pública, a la vez que huyen de la posibilidad de formar un partido político destinado a plantar cara a lo que hay y no gusta. La política está desprestigiada a causa de la corrupción endémica que parece haber estado instalada en la vida pública desde que comenzó la andadura pseudodemocrática y que ahora, con la crisis, estalla como un virulento absceso purulento.

En ninguno de los grupos que surgen se cuestiona la democracia, lo que se cuestiona es qué clase de democracia se quiere, porque la actual, que parece ser democracia solo de nombre,  permite que los gobernantes apliquen políticas y decisiones contrarias al pueblo, como si en lugar de un régimen democrático se viviera en una autarquía, o mejor, en una plutocracia que, de vez en cuando, hace el paripé de dejar que el pueblo se exprese, para no hacer caso a sus deseos durante cuatro años.  

Nada en la historia se produce por generación espontánea, y lo que sucede ahora tiene mucho que ver con el pasado. Con ese pasado que, tras treinta y tantos años de frustración,  permite verlo como realmente fue, aunque entonces, cegados por el ansia de convertir a este país en uno moderno y democrático nos cegó a muchos, no permitiéndonos ver qué estaba pasando en realidad.

Tendríamos que haber sido conscientes, los que en esos años aceptamos el paripé de la transición, que es imposible pasar de una dictadura a una democracia sin solución de continuidad. El cuento, infantil y mirífico del perdón y el aquí no ha pasado nada, se desvela ahora como el engaño, la argucia de quienes estaban a punto de perderlo todo y, contando con unos políticos temerosos, miserables y hasta traidores - como define García Trevijano a los hombres de la transición-, que se avinieron a aceptar a un Jefe de Estado impuesto por el dictador y unas reglas del juego que solo beneficiaban a quienes, de haber sido el pueblo listo, habrían tenido que salir huyendo, con el rabo entre las piernas y las maletas vacías, dejando el campo expedito para que se construyese una democracia de verdad, donde no valiese más el voto de unos que de otros, y no se adueñase de la voluntad del pueblo una banca manipuladora que fomentó el consumismo y la corrupción de forma pareja, y una Iglesia que, lo vemos en el presente, sigue detentado el poder hasta el extremo de querer que se legisle a la medida de su dogma.

Con la anuencia de un Partido Comunista que aceptó, entre otras cosas, una bandera que para muchos es aún la bandera del régimen fascista, y un PSOE decidido a bajar la cerviz a la hora de redactar una Constitución que, aparte de consagrar una forma de Gobierno con la que, en principio y por historia, habría tenido que rechazar, los partidos de la supuesta izquierda tragaron con la libre economía de mercado sin trabas ni correcciones, lo que permitió a la oligarquía cometer sus abusos de siempre, aceptaron una fórmula inadmisible, propia de épocas previas a la Ilustración, al no haber exigido que el Estado  se calificase no como aconfesional, sino laico, como debiera haber sido.

En lugar de una decente ruptura con una dictadura inaceptable, que costó, además de millones de vidas, el retraso de cuarenta años respecto a los países de nuestro entorno, una pobreza cultural humillante, y una ausencia total de cultura democrática, se asumió una transición que fue como un monumento a las palabras del protagonista de ‘El Gatopardo’, ‘que nada cambie para que todo siga igual’. Y así la familia del dictador siguió detentado la propiedad de lo robado al pueblo, la policía, incluida la política, siguió en sus despachos y sus puestos, los jueces, incluidos los del Tribunal del Orden Público, siguieron vistiendo la toga y aplicando a su criterio las tímidas leyes pseudodemocráticas que siguieron beneficiando a los mismos.

Cegados por el miedo a unos espadones que no hubieran tenido nada que hacer en una Europa moderna, y que, de haber triunfado en alguna intentona, hubiesen durado lo que un caramelo a la puerta de un colegio, los partidos que se decían de izquierdas, de acuerdo con los hijos del régimen, metieron el miedo en el cuerpo de unos ciudadanos ingenuos y apocados, que consentimos toda clase de componendas que son ahora las que permiten el actual estado de cosas.

A estas alturas, cuando los políticos hijos de los de la transición, muestran su verdadera faz de herederos de la dictadura, cuando el pueblo pierde derechos a una velocidad propia de golpe de Estado, cuando nadie sabe defender los derechos de los ciudadanos, porque los partidos establecidos están, entre otras cosas, hipotecados al poder de la banca y de lo que dejó de nombrarse hace décadas, aunque no se marchara jamás, los ‘poderes fácticos’, el pueblo se muestra desorientado y ansioso, surgen iniciativas y colectivos de protesta incapaces de cuajar y aglutinar alternativas porque, en un país con nula formación democrática y política, se anteponen los personalismos al bien común.

Sin darse cuenta de que de esta no se sale hasta que todos esos colectivos, todos los descontentos y hartos con la actual situación, cansados de tanta pseudodemocracia, pseudolibertad y pseudoderechos, se unan en un proyecto común, donde el objetivo sea la construcción de un régimen verdaderamente democrático, donde la participación del pueblo no se limite a meter un papelito en una urna, y luego permanecer sumisamente callado, so pena de multa o, incluso, de prisión, si sale a la calle a protestar.

Son muchos los descontentos por mil y un motivos, todos razonables y todos con causa. Habría que aunar fuerzas, salir a la calle un día todos juntos, millones y millones de personas clamando que hasta aquí hemos llegado y que no aguantamos más pseudodemocracia, más corruptos, más hijos de la transición del franquismo a algo que es cualquier cosa menos un régimen de libertades.

Porque, mientras el descontento se canalice en mil y una iniciativa, mil y un proyectos, bienintencionados y democráticos, pero sin fuerza, el pueblo seguirá recibiendo bofetadas, se verá privado de derechos y de libertades hasta que, en una transición en sentido contrario a la que hubo, se imponga de nuevo un régimen dictatorial. Y esa no será ‘pseudo’ como la democracia que trajo, sino que lo será con toda  la fuerza de una oligarquía, de unos poderes fácticos que no se fueron nunca. Y que no se irán a menos que se les eche.

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Comentarios

  1. En algún escrito mío, escribí que la Transición fue un remedo en un momento nerviosao y ambiciosao para recuperar un estado de derecho con forma democrática, pero lo que ocurrió es que la Transición en si no fue transitada. No nos dejaron elegir un sistema de Estado; nos angañaron sólo con la palabra democracia, pero nunca ha existido de verdad esa democracia, ya que se hizo con todos los cachorros de Franco y por tanto, por desgracia, sí que dejó todo atado y bien atado. Ahora es el momento, como dices Luisa de unir todas las inquietudes y cambiar el sistema. Un abrazo.

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  2. gran post luisa te debo comentarios pero te leo siempre gracias amiga por tan buena entrada solo descontento, desesperacion diria besos

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