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‘Marca España’, marca de vergüenza: Del escándalo Bárcenas a los abusos sexuales de los Sanfermines

La toma de contacto con la realidad de este triste país, que el PP quiere vender allén  nuestras fronteras como “Marca España’,  no supone sino la constatación del bochorno que muchos ciudadanos honestos sienten al pertenecer a un país al que, se mire por donde se mire, lleva adherido a su naturaleza, o a la de sus moradores, un alto grado de incivilidad que abochorna y que hace desear hacerse apátrida o pedir asilo político, al modo un Julian Assange o un Swonden cualquiera, en algún país donde la ética y la estética no esté tan desaparecidas como lo están en este Patio de Monipodio nacional.

A diario, la prensa nos trae nuevos detalles de la más que supuesta financiación ilegal del PP, destapada a raíz del caso Gürtel y el caso Bárcenas. Datos que demuestran que no se trata de una trama ilegal en el seno del partido político del Gobierno, sino de un sistema de financiación ilícito y al margen de los usos legales en los países con democracias asentadas.

Los dirigentes del partido en el Gobierno, sobre el que están puestas todas las miradas, todas las sospechas y ciertamente muchas evidencias, se empeñan en mantener la infantil postura de los alumnos que atribuyen sus malas notas no a su vaguería, sino a la manía que supuestamente los tienen sus profesores. Así andan apareciendo en los medios quejándose del trato que reciben, de la maldad de la oposición o de lo que llaman ‘venganzas’ de exmiembros de su partido, decididos a mancillar una trayectoria, según ellos, impoluta. Que no lo es ni mucho menos si se tiene en cuenta que, aparte de lo que va descubriendo la investigación judicial, militantes o exmilitantes del PP aparecen en la prensa confirmando lo que niega la dirección del PP.

Así, el diario El País, da cuenta de un informe del PP galego emitido en 2006 y 2007, enviado a la dirección nacional del partido, que contenía una larga relación de donaciones presuntamente ilegales de empresas contratistas de la Xunta, por un valor total de dos millones de euros, que no fueron incluidos en la contabilidad oficial de la formación, que reflejó aportaciones sólo por algo más de 700.000 euros. Los datos los ha proporcionado un exgerente del PP gallego, Modesto Fernández. Por otra parte, y también a El País, el diputado del PP de Catalunya, Manuel Millán –Mestre, ha declarado que ‘Todo el mundo sabía que había sobresueldos’, para añadir que ‘la ejecutiva expulsaba a quien intentara investigar los pagos’. Lo que pone en evidencia las miserias éticas de un partido que lleva muchos años recibiendo dinero ilegal que repartía y asignaba de forma no menos ilícita, al tiempo que llevaba a cabo unos alardes de honradez que hacen recordar el viejo refrán ‘dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces’.

La cochambre ética que se desprende de la financiación, más que presuntamente ilegal, del partido en el Gobierno no es divergente con el comportamiento de un pueblo que, cuando se le observa con atención, y a veces con solo echarle una mirada imparcial, deja mucho que desear y hace recordar que, en efecto, los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, en tanto no reaccionan ni a al corrupción, ni a la barbarie, ni a la estulticia de sus dirigentes.

Los valedores de la ‘Marca España’, esos políticos mendaces y desafortunados en sus mensajes y sus hechos, mucho más allá de los supuestos y más que evidenciados asuntos de financiación ilegal y pago de sobresueldos a sus dirigentes, saltándose la ley, dan muestra de una inconsistencia intelectual pareja con el comportamiento descerebrado de algunos españolitos que, con sus acciones, no es que causen vergüenza ajena, sino que dan ganas, o bien de exiliarse o bien de expulsarles del solar patrio, para que acaben yaciendo en las profundidades marinas, como alimento de cualquier voraz animal.

¿Qué educación va a tener ese pueblo cruel, capaz de morir estúpidamente en una mal llamada fiesta, como son los Sanfermines, con gobernantes que hurtan la educación al pueblo, formando a los jóvenes en los infames estereotipos de un pasado de penuria cultural, ética y estética? Lamentan y abominan estos días políticos y periodistas del penoso y machista espectáculo –muy similar al protagonizado por las hordas machistas de la Plaza Tahrir de El Cairo, en el que grupos de malnacidos violaron y abusaron de las mujeres que, al querer estar presentes en el destino político de su país, se manifestaban junto a los hombres, y que sufrieron por ello la brutalidad de sus compañeros- que están dando hordas de híbridos de garrapata y mandril que, al socaire del entusiasmo de ese aquelarre de brutalidad que se celebra cada año en la ciudad de Pamplona, se dedican a abusar de las mujeres que participan, como ellos, en tan degradante espectáculo.

Mucha necesidad de una Educación para la Ciudadanía –eliminada del proceso curricular de los estudiantes de nuestro país por ese necio taurófilo, beato y reaccionario, que es el ministro Wert- tienen esos seres sin cerebro y sin alma que, a la vez que disfrutan, hasta el paroxismo de morir en una fiesta cruel y sin sentido, se dedican a vejar a las mujeres, como una forma de divertimento parejo al de torturar a indefensos bóvidos.

Los descerebrados de las fiestas mayores de Pamplona, a los que, sin lugar a dudas, no les interesa lo más mínimo que sus políticos los vacíen los bolsillos, hagan pagar a sus abuelos las medicinas, y hurten la educación a sus hermanos, son causantes y víctimas de unos gobernantes estultos y desaprensivos que, aprovechándose de la falta de preparación de un pueblo, cometen toda clase de felonías y aún de estupideces que, de ser la ciudadanía sensible a cuanto sucede, tendría que expulsarlos del poder a gorrazos si se terciase.

Porque no es solo que roben el dinero de los ciudadanos, que indicios sobrados de que lo están haciendo hay, sino que se ríen del pueblo y su cultura con la desfachatez de los gamberros. Porque ¿qué es, sino una burla, que el PP del País Valencià ande proclamando, contra las evidencias lingüísticas, pero no solo, sino contra el sentido común, que el idioma valenciano –señalado por todos los lingüistas sin excepción como una variante dialectal del catalán- se habla en esas tierras desde el tiempo de los Iberos?

¿Qué pueblo civilizado toleraría a unos gobernantes que permiten y fomentan la destrucción de su patrimonio histórico y arqueológico, la esencia de su pasado y su ser, por tan solo beneficios crematísticos? La respuesta es innecesaria, solo uno sin cultura y dignidad. Pues bien, la Comunidad de Madrid, con el fin de facilitar la construcción de sus casinos a ese gánster estadounidense llamado Sheldon Adelson, modificó la Ley de Patrimonio, con el propósito de eliminar la obligatoriedad de informes arqueológicos preventivos en los proyectos de construcción, lo que dará luz verde para que se pueda construir encima de yacimientos arqueológicos de los que no hubiera constancia previa.

De ese modo, si en las tierras que se remuevan para construir los casinos de Adelson, se descubre una urbe romana, un cementerio ibero, o cualquier joya arqueológica, se podrá destruir en beneficio de la edificación de un antro de juego, prostitución y drogas. Eso sí, muy rentable según el partido que gobierna en todo el Estado y en la Comunidad de Madrid, que es lo que importa al PP, porque de esas obras, seguramente, saldrán rentables mordidas destinadas a sus opacas cuentas.

La práctica de la ignorancia, del desprecio a la historia –excepto la que escriben sus pseudohistoriadores de plantilla- es la que permite que sucedan verdaderos atentados al patrimonio arqueológico de este triste país, como el detectado hace unos meses en la Comunidad de Castilla-La Mancha –feudo de la señora Cospedal, citada por cierto por el juez Ruz para que declare en el caso Bárcenas- en la que se descubrió una escultura íbero-romana de un animal mitológico -un grifo- y un fragmento de un monumento funerario romano -un pulvino- en el paraje de Las Virtudes, en Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real), la escultura fue usada como material de construcción para un vallado de mampostería construido hace pocos años.

El consuetudinario desdén por la cultura de nuestros gobernantes, y de un pueblo ignorante e impermeable a la ética, que ve con igual indiferencia cómo unos políticos deshonestos le roban, cómo unos salvajes cometen atrocidades, y otros destruyen el patrimonio cultural del país, es consecuencia de la misma miseria que venimos sufriendo en esta desdichada nación, que carga a su espalda siglos de abusos de unos gobernantes y una secta, la católica que, en perfecta comunión, trabajaron siempre para fomentar la ignorancia y el sometimiento de sus pobladores.

Y hasta que la ciudadanía de este país no se libre de tanta miseria intelectual y ética, los de siempre seguirán robando, abusando y destruyendo. Solo depende de nosotros impedirlo.


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