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Crónicas de impunidad: La comparecencia tramposa de Raxoi y la exculpación de Matas

Que este no es un país serio se comprueba con solo ver cómo se comportan políticos y altas instancias judiciales. Hoy se conocía, a la vez, la fecha para la comparecencia de Mariano Raxoi en el Parlamento. Y la exculpación del expresidente balear, Jaume Matas, de los cargos de prevaricación y falsedad documental. Ambas decisiones evidencian que en este país ni la soberanía radica en el pueblo, ni la justicia es igual para todos. La coincidencia da una foto fija de país bananero, de ausencia de seriedad y honestidad, de que el poder siempre se las ingenia y cuenta con instrumentos legales y personas que hacen posible que los corruptos se libren de cuanta responsabilidad legal habría que hacerles asumir, y no digamos ya de las responsabilidades políticas, que nadie asume.

La comparecencia de Raxoi, el día uno de agosto, parece elegida para que parte de la ciudadanía ande pensando en las vacaciones en lugar de en la corrupción. Aunque tal vez no haya contado el PP con los millones de ciudadanos que no pueden ir de vacaciones a causa de sus recortes, de las subidas de matriculas que hace que muchas familias tengan que prescindir del asueto estival para pagar los estudios de sus hijos, o de quienes ni se plantean vacacionar, porque los ahoga la hipoteca, los recibos de la luz, o el copago farmacéutico. En cualquier caso, la comparecencia de Raxoi se prevé tramposa.

Después  de verse obligado a acudir al Parlamento, arrastrado no solo por los reproches y amenazas de la oposición, sino también por un clamor mediático que ha llegado hasta el Palacio de Moncloa no solo por las voces de los profesionales españoles, sino de los europeos –la pregunta que le espetó, nada más comenzar la rueda de prensa con el primer ministro rumano, Víctor Ponta, el corresponsal de la cadena televisiva DIGI 24, Ciprian Baltoiu, descolocó y obligó a Raxoi a aceptar el debate- la gente de Moncloa se ha empleado a fondo para buscar una fórmula trapacera para un debate que, anticipadamente, se puede pronosticar que será un ejercicio de filibusterismo parlamentario.

El debate, que no se ha planteado como una sesión de control al Gobierno, sino como comparecencia a petición propia, constará de una intervención de Mariano Raxoi sin límite de tiempo, quince minutos para los portavoces de la oposición, turno de réplica sin tiempo para el Presidente y cinco escasos minutos de contrarréplica para la oposición. O dicho de otro modo, mucho tiempo para que Raxoi se luzca y escaso para que la oposición pregunte y reproche.

No hace falta ser nigromante, ni contar con una bola de cristal, para saber que el Presidente Raxoi dedicará su discurso a contar, con su habitual costumbre de engañar a la ciudadanía, y a Europa si cuela, lo bien que va la economía, cómo se está reduciendo el paro, y cuán bien lo está haciendo su Gobierno, incluso es posible que, a pesar de las alarmantes cifras del aumento de la deuda pública a causa de la asunción de las deudas de los bancos,  diga que es menor que la que tenía el anterior gobierno. Y lo triste es que algunos descerebrados le creerán. Al tema de Bárcenas, el Innombrable para Raxoi, dedicará un par de minutos, o tal vez menos, para decir algo parecido a ‘todo es falso, excepto algunas cosas’, sin explicar cuáles son las cosas que no son falsas y, desde luego, no aceptará ninguna culpa en el asunto, ni tan siquiera la dejación de vigilar las malas prácticas de su  extesorero, con el que cruzaba correos dándole ánimos, después de que se le hubiesen descubierto los cuarenta y ocho millones guardados en Suiza.

Si este país contara con instrumentos legales como el impeachment -figura del derecho sajón que  literalmente significa "bochorno", y tiene su origen en la Edad Media,  cuando el parlamento inglés lanzó acusaciones contra el rey Eduardo III y sus colaboradores por derrochar caudales públicos, avergonzándolos- Raxoi tendría que dimitir por haber mentido al Parlamento y a la ciudadanía. Mas mucho se guardaron los padres de la patria de instaurar esa figura en nuestra constitución, que de siempre se supo que los políticos de esta nación son poco dados a la verdad y no era cosa de legislar de modo que en el futuro se les pudiera poner en un brete.

Sin instrumentos legales que permitan recusar a un presidente por falaz y tramposo, con la oposición amordazada por la mayoría absoluta del PP, el presidente Raxoi no dará explicaciones de lo sucedido con el Innombrable, ni responderá de quién son realmente las cuentas de Bárcenas, ni entonará un mea culpa porque su partido financiara campaña tras campaña de forma ilegal, ni mucho menos admitirá haber cobrado sobresueldos.

La verdad de cómo se financió el PP desde hace más de veinte años y si Raxoi y otros dirigentes del PP cobraron sobresueldos se podrá saber –si acaso- si los jueces actúan. Y de hacerlo, se agarrarán a las prescripciones y las argucias legales, como ya hicieron con el caso Naseiro, o contarán, en última instancia, con la condescendencia del Supremo. En este país no existen las responsabilidades políticas, y los dirigentes que llegan a la poltrona no dimiten aunque les descubran asesinando a su santa madre.

Enrocado en que a la ciudadanía le interesa el paro y la economía, negando que el paro y los indicadores económicos están mal, entre otras cosas, por el continuado latrocinio de quienes se enriquecieron ilegalmente, con la complicidad de una patronal que prefirió sufragar al PP para que legislase a su gusto antes que invertir en sus empresas, Raxoi eludirá entrar en el asunto de la corrupción, lo negará todo, hasta los SMS cruzados con Bárcenas y, una vez más, se reirá del Parlamento, de la soberanía popular y de todos y cada uno de los ciudadanos. Le costó mucho a Raxoi llegar al poder, y no va a soltarlo de ninguna manera, se descubra lo que se descubra: Siempre lo negará todo.

Cuenta con unas masas indiferentes, pasotas o acobardadas y con una judicatura que siempre sale en defensa de los poderosos. Se ha visto hoy, con la inexplicable exculpación de Matas sobre los delitos de prevaricación y cohecho. Una medida más de una justicia que lleva siglos amparando a quienes detentan el poder.

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