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La patética imagen de la ‘Marca España’: flamenco y tapas

El pasado lunes,  el Gobierno de Raxoi celebró, con escaso éxito, una promoción del país –lo que este Ejecutivo ha dado en llamar ‘Marca España’-en la sede del Parlamento Europeo a la que acudieron unos quinientos españoles y ninguna autoridad de la UE. El Ministro, José María García Margallo, paladín de la recuperación de Gibraltar en nombre del orgullo patrio, invitó a superar ‘la imagen de la España de charanga y pandereta’. Sin embargo, a la hora de promocionarlo no recurrió a presentar los trabajos de los investigadores científicos –a los que niega el dinero para seguir investigando- ni a los premios como el del mejor inventor europeo, que este año recayó sobre un ingeniero ferroviario de Burgos; tampoco se preocupó de dar a conocer los proyectos sobre energía solar que el propio Ejecutivo se ha encargado de suprimir dejándola sin subvenciones, ni a las empresas que fabrican trenes de alta velocidad en otros países, ni la gran riqueza artística y literaria de nuestra historia, ni los proyectos de jóvenes inventores. Para el Ejecutivo español la ‘Marca España’ se vende con flamenco y tapas. Ni tan solo se ha preocupado de divulgar la riqueza del castellano, lengua que cada vez tiene más auge en el mundo, no, para el Ejecutivo español la ‘Marca España’ es la del flamenco y las tapas.

Y eso que García Margallo dice querer superar ‘la imagen de charanga y pandereta’, para no dejar de aprovechar la circunstancia para arremeter contra los nacionalismos vasco y catalán, haciendo un canto al nacionalismo centralista al afirmar, con un lenguaje que retrotrae a los cutres años del franquismo landista, de la España del ligón patoso, el carro robado y el viva España de Manolo Escobar, incultivada y cerril, que lo que es preciso hacer es ‘españolear’ en los países en crecimiento.

Da grima y alipori la imagen que de este país que quiere vender un Gobierno de mentalidad antañona y franquista que, al cifrarla en el flamenco y las tapas, con la colaboración de algún modismo del ‘régimen’, no hace sino ahondar en el tópico que se tiene en Europa. Cuando los países del norte acusan a España de ser tierra de gentes poco trabajadoras, muy aficionadas a la fiesta y a la vaguería, en lugar de desmentir ese tópico falso, lo que hace el Ejecutivo, con su proverbial patosería y torpeza, es reafirmar la manida imagen del ocio y la tragonería. Y aún habrá que estarles agradecidos a los factótum de la campaña, que no añadieran la salvajada patria por excelencia, los tauricidios que tanto rechazo provocan en las personas civilizadas, ya sean europeas o del país.

Da la impresión de que con esa campaña, el Gobierno quiere vender a su idea de recuperación económica, basada únicamente en el turismo y, en consecuencia, de insistencia en la fracasada  y peligrosa economía del ladrillo, la construcción a toda costa –si es que queda alguna-que tan buenos resultados económicos reportó al PP, aunque no así a la ciudadanía.

En el colmo de la estupidez, la irresponsabilidad o la torpeza, el sarao, celebrado en unas dependencias del Parlamento Europeo, a las que no se acercó el presidente de esa institución, el socialista Martín Schultz, decoró sus paredes con, entre otras, la fotografía de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de València, edificio sobradamente conocido por los diputados europeos, como exponente y paradigma de la política de derroche en los años del despilfarro.

La triste realidad es que, por mucho que este Gobierno intente promocionar lo que ha dado en llamar estúpidamente ‘Marca España’ –ningún país de nuestro entorno recurre a esas gansadas, porque resulta impensable que Alemania, Francia, Holanda o el Reino Unido recurriesen a tal epíteto, dado que, tan solo el nombre del país, se asocia a una aureola de prestigio- sus acciones desbaratan cualquier intento de vender una imagen moderna y eficiente de un país en el que la ciudadanía tiene que luchar denodadamente para que no la sumerjan en el pasado.

Como ejemplo, cabe recurrir, entre otros muchos asuntos, a la programación de la televisión pública que, de ser vista por un europeo, sacaría la conclusión de que este país es un trasunto mediterráneo y cristiano de un país como Irán o cualquier otro dominado por la teocracia. Porque, al dar los informativos de RTVE, como noticia digna de mención, que un estrambótico psicólogo propone rezar con el fin de combatir las angustias que sufren los seis millones de parados, pone en evidencia la ausencia de profesionalidad e independencia de los responsables de una televisión supuestamente pública, al servicio de la religión que profesa el Ejecutivo.

Anoche mismo, en horario de ‘prime-time’, la televisión pública emitía un programa dedicado a la santificación por parte de las secta católica de personas que, según declaraciones de un caballero con aspecto de seriedad pero que movía risa con sus afirmaciones, habían obrado un ‘fehaciente milagro’ que se comprobaba con la ‘veracidad de la marca del Espíritu Santo’. Emitiendo tales programas, la televisión pública española pone de manifiesto el talante reaccionario y beato de un Gobierno que tomó al asalto ese ente, con el fin de adoctrinar y manipular a los espectadores.

Ese ejemplo, junto con el lenguaje antañón del ministro Margallo, pone en evidencia que, por mucho que la realidad del país sea otra muy diferente, la que acabarán teniendo los europeos será la que está creando un gobierno filofacista y reaccionario que, como mucho, vive anclado en los años sesenta, si no en los cuarenta.



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