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Cuando la salud democrática está corroída por la desigualdad

Publica hoy El País una entrevista con James A. Robinson, un economista y profesor Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard que, junto con el economista Daron Acemo­glu, profesor de Economía en el Massachusetts Institute of Technology, es autor de un libro que ha revolucionado las teorías económicas y en el que mantiene, sintetizando mucho que los países con menos democracia –que el llama ‘inclusividad’- sufren menos crisis económicas, y señala que ‘tanta desigualdad es corrosiva para la sociedad’.

Robinson, al ser informado por el entrevistador de algunas de las cuestiones de actualidad, como los casos de corrupción que protagoniza en la actualidad el PP, partido del Gobierno, y el matrimonio Urdagarin, o la forzada dimisión, hace meses,  del Presidente del Tribunal Supremo y del Poder Judicial, Carlos Dívar por hacer un uso inapropiado del dinero público responde que esta situación “sugiere que la transición a la democracia en los setenta fue menos exitosa en la creación de un sistema político inclusivo de lo que mucha gente pensó. España siempre ha sido vista como una fantástica historia de éxito democrático. En el libro utilizamos el concepto de instituciones políticas inclusivas en vez del de democracia porque lo cierto es que muchos sistemas democráticos son disfuncionales. Para tener instituciones políticas inclusivas necesitas dos cosas: una amplia distribución del poder político y lo que llamamos centralización política. Parte de ello supone no tener un sentido patrimonial del Estado. La corrupción es robar dinero, pero también es un asunto político que depende de cómo está organizado el poder; es como el clientelismo. Para mí, eso es moneda corriente en Grecia o en el sur de Italia. Pero no sé lo suficiente acerca de España”

Las palabras de Robinson explican muy bien lo que viene pasando en este país, precisamente desde el fiasco de la Transición porque, ahora, tras treinta y tres años, se está viendo con prístina claridad, la ausencia de democracia que hemos sufrido desde que una serie de políticos se pusieron de acuerdo para llevar a cabo un cambio de régimen que, cada día de forma más evidente, se constata que no fue sino un falso lavado de cara, la puesta en practica de lo que el escritor Giusseppe Tomasi di Lampedusa puso en boca del protagonista de su novela ‘El Gatopardo’, el Príncipe de Salina, que consideraba necesario ‘que todo cambie para que todo siga igual’.

La llegada al poder del PP, que viene suponiendo una regresión en derechos y libertades, hace ver con toda claridad que las élites dirigentes de la ultraderecha del régimen estuvieron agazapadas esperando su momento, mientras, durante unos años, permitieron que un partido supuestamente de izquierdas como el PSOE nos hiciera creer, sin pasarse demasiado, que todo había cambiado con la Transición.

Mas la realidad es que la ausencia de esa ‘inclusividad’ que menciona Robinson, la ausencia de un tejido social reivindicativo y participativo que hace que la democracia sea votar cada cuatro años a más o menos los mismos perros con diferentes collares. Bien es verdad que gobernado el PSOE nunca se hubiera perpetrado una regresión tan brutal en materia de libertades como la que está protagonizando el PP, ni se hubiera desmantelado la Escuela y la Sanidad Pública del modo que lo está haciendo el actual Gobierno. Sin embargo, si el PSOE no hubiese tenido un, llamémosle temor, a enfadar a la derecha, hubiese desmantelado con efectividad a la oligarquía franquista que ahora campa por sus respetos.

Hoy, el Presidente del Gobierno, Mariano Raxoi, se ha mostrado muy satisfecho con lo que considera como ‘buenas cifras del paro’. Que se consideren buenas unas cifras que, por mucho que las maquillen,  siguen siendo alarmantes, suponen un cinismo impropio de un gobernante democrático, pero es que, además, esos empleos creado son precarios de sueldos de miseria.  A continuación, Raxoi ha proclamado que se propone intensificar las políticas económicas de austeridad, señalando que  “hay que seguir manteniendo el esfuerzo que la sociedad española ha hecho durante todo este tiempo". Dicho en román paladino, lo que hará será seguir aplicando una política económica absolutamente fascista, de depredación de los derechos de los trabajadores y de permisividad con la oligarquía, desoyendo, incluso, las indicaciones de la UE que le aconsejaron que pusiera ‘políticas sociales en su agenda’.

Ante el descontento patente de la sociedad –hoy los informativos daban cuenta del desplante de los estudiantes mejor calificados que no quisieron ni saludar ni mirar al ministro de Educación, José Ignacio Wert, y anoche los actores en un acto público no dejaron ni uno de ellos de criticar la falta de apoyo del Ejecutivo a la Cultura, algo, por cierto, característico en los gobiernos de derechas, enemigos de la educación y la cultura por definición- las manifestaciones y concentraciones, la evidencia de que la mayoría de la ciudadanía está en contra de las decisiones gubernamentales, el actual Gobierno, ignora por completo el sentir general,  gobierna de espaldas al pueblo, y solo satisface las ansias de un empresariado esclavista y una banca codiciosa.

No conforme con sus políticas económicas reaccionarias, el actual Gobierno actúa tal que los caciques, interviniendo desde sus órganos de poder en la Justicia, al, por ejemplo, permitirse rectificar al juez Castro, responsable de la instrucción del caso Urdangarin, al hacerle saber, a través de Hacienda que no tiene motivos para encausar a la Infanta, negarse a dar los datos que solicita el magistrado, e incluso rebatiendo los argumentos del togado, actitud intolerable e inconcebible en una democracia si esto lo fuera.

El escándalo Bárcenas, que ya considera el juez instructor de la causa como una trama del PP y no una trama contra el PP como han mantenido desde ese partido, al que la Audiencia Nacional ha tenido que reafirmar su expulsión como acusación particular sino de defensa de los imputados, pone igualmente en evidencia ese sentido patrimonial del Estado al que alude Robinson y que está en el corazón de la corrupción y, de paso, en el de la ausencia de democracia.

Elites políticas, corrupción, ausencia de tejido social y de participación, políticas económicas que fomentan la desigualdad, desmantelamiento de la Escuela Pública, falta de atención y apoyo a la cultura, represión policial…son características propias de un régimen no democrático. Y es que la democracia nunca ha sido real en este país, sino un espejismo que nos mostraron, tal que oasis de palmeras, en el desierto de una dictadura. Y una vez  desaparecido el espejismo de la bonita democracia que nos vendieron durante la transición, aparece, con claridad y dureza la ausencia de libertad e igualdad.

Una desigualdad que, como considera Robinson, es corrosiva para la sociedad que, víctima de unas políticas reaccionarias y un Gobierno de ultraderecha, no podrá salir nunca de esta crisis.



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Comentarios

  1. Un magnífico artículo, como viene siendo habitual. Qué pena desaprovechar a esta estupenda periodista.Enhorabuena Luisa.

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  2. ¡Estupendo artículo! Gracias por hacernos llegar estas declaraciones que sin un perfecta puesta en escena como has conseguido no habrían tenido el mismo impacto. Gracias por compartir esta "literatura informativa" con nosotros

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  3. Muchas gracias a los dos, no sabéis cuánto me suben el ánimo -y el ego :-)- vuestras amables palabras

    No respondí antes porque este ordenador mío está hecho una patata y cuando le parece no me deja hacer casi nada.

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